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“Regulación algorítmica”: no quieras saber para qué sirven tus datos en la red

Algunos gurús de la tecnología hablan de la "regulación algorítmica" como forma de crear normas sociales más justas, actuales y eficaces. ¿Seguro?

“Es cierto eso que dicen de que el mejor gobierno es el que tiene poco que gobernar. Pero el secreto para el 'gobierno mínimo’ es identificar los asuntos clave que preocupan a la sociedad —seguridad, salud, justicia, oportunidades—, codificarlos en leyes y después crear un equipo de mecanismos que los regulen y estén en constante evolución"

El autor de este párrafo es Tom O'Reilly, fundador y presidente de la compañía O´Reilly Media, además uno de los teóricos principales de lo que él mismo ha dado en llamar "regulación algorítmica". Es decir, el gobierno ejercido a través del tratamiento de los datos personales que cada día vamos dejando en Internet.

En su ensayo "Open Data and algorithmic regulation", O'Reilly cita las aplicaciones basadas en puntuar la experiencia del consumidor como ejemplo de herramientas efectivas que deberían implementarse en las instituciones públicas. Air Bnb, Uber o Yelp son, en su opinión, sistemas de reputación que, llevados al territorio de la ley, podrían mejorar los servicios al ciudadano.

Pero O’Reilly no es el único. Son muchos los gurús de la tecnología quienes creen en la aplicación del big data para mejorar las necesidades sociales y lidiar mejor con las infracciones, de las más leves a las más graves. En su opinión, trasladar Silicon Valley al Parlamento sería una estrategia más que eficaz.

Igualmente, la recolección de datos personales, tratados con un poco de psicología conductual y procesados mediante los algoritmos pertinentes no sólo harían leyes y normas más precisas y eficaces: también podrían anticiparse a las demandas sociales antes incluso de que la propia sociedad sea consciente de ellas.

De la teoría a la práctica

Sin embargo, la regulación algorítmica no es sólo una alternativa de futuro, sino una realidad cada vez más plausible. A estas alturas, todos sabemos que muchas grandes corporaciones manejan los datos que vamos dejando esparcidos en aplicaciones, redes sociales o tiendas online.

El famoso caso del gigante americano Target, que supo predecir el embarazo de una de sus clientas por su historial de compra antes incluso de que la susodicha hubiera informado a sus familiares, es sólo un caso entre decenas: las empresas que triunfan son, en gran medida, las que más y mejores datos tienen de su clientela potencial y las que mejor saben predecir su conducta en base a algoritmos.

"En esencia, las democracias ricas en información han llegado al punto en que quieren intentar resolver los problemas públicos sin tener que justificarse ante los ciudadanos. En lugar de ello, pueden simplemente apelar a nuestros intereses personales. Saben tanto de nosotros como para idear una herramienta perfecta, irresistible y altamente personalizada", escribía días atrás Evgeny Morozov en The Guardian. En la política regulada tecnológicamente, el fin justifica los medios.

¿El Internet de las cosas?

Se llama la atención sobre la seguridad y el bienestar en el ámbito privado a través de gadgets que, en teoría, nos facilitan la vida: desde radares para medir la velocidad, gps, frigoríficos inteligentes, aplicaciones para medir nuestra salud… y se espera que ese discurso nos anime a vivir conectados a dichos aparatos que, a su vez, están interconectados entre sí y procuran un informe detallado sobre nuestros hábitos. Es lo que los expertos llaman el Internet de las cosas, es decir, la conexión a Internet de todos los objetos de uso diario.

Ellos son los soportes materiales que aportarían información a las instituciones con el supuesto fin de ajustarse a nuestras demandas, comprobar qué leyes se están infringiendo y, a largo plazo, ver cómo evoluciona cada una de ellas, cuáles han quedado obsoletas y cuáles han de refomularse. Algo así como los modelos que utiliza Google para filtrar el spam o adaptar nuestras preferencias de búsqueda pero extrapolados al Código Penal y a la Constitución. No habría redacción de enmiendas, sólo lavadoras, televisores, automóviles y prendas con conexión a la red.

"La publicidad se ha convertido en el modelo de negocio nativo de Internet. Creo que las compañías de seguros serán el verdadero negocio del Internet de las cosas", afirmaba O' Reilly en una conferencia reciente.

Y aunque es discutible que este argumento deba ser esgrimido desde el optimismo, lo cierto es que O'Reilly sabe muy bien de lo que habla: según informa The Guardian, Microsoft ha firmado un contrato reciente con la compañía American Family Insurance para implantar sensores en casas y automóviles en busca de la "protección proactiva".

El debate sobre hasta dónde puede llegar la invasión de la privacidad con el fin de velar por nuestra seguridad lleva teniendo lugar desde hace muchas décadas. De hecho, nosotros somos los primeros que utilizamos aplicaciones tecnológicas para sentirnos más cómodos y seguros. Por eso el bienestar personal es la motivación más potente para que el Internet de las cosas se expanda en cada casa y acabe llegando al Parlamento.

No tan deprisa

Pero incluso en circunstancias en las que dicha regulación algorítmica acabara teniendo éxito y garantizando una especie de Estado de Bienestar automatizado, las cuestiones relacionadas con la igualdad y la justicia adquirirían una nueva dimensión, no precisamente positiva:

O'Reilly habla en su ensayo de transparencia, de auditorías periódicas y manejables, de la necesidad de que cualquiera pudiera consultar los datos relevantes en juego como un modo de paliar el fraude económico, de pararle los pies a los bancos y de prever catástrofes sociales. Sin embargo, hasta él mismo sabe que su visión es demasiado benevolente.

El periodista Andrew Leonard se preguntaba en Salon sobre los efectos a largo plazo de esta nueva forma de gobierno. Para ello, ponía el ejemplo de Adam J. Manley, un artista que subió a Youtube su última pieza de videoarte y fue denunciado por tres discográficas distintas por haber utilizado "Noche de Paz" como hilo musical, una canción cuya antigüedad la hace estar libre de derechos.

Es demasiado utópico pensar que el sistema de recolección de datos y tratamiento algorítmico no se realizará para favorecer a las corporaciones sino a los ciudadanos. Pero incluso en el caso de que dichos programas, en su lucha por velar por nuestra seguridad, acabaran denunciándonos por error, poniéndonos multas equivocadas o dándonos informaciones equivocadas, ¿a quién habría que reclamar? La burocracia se agilizaría y sería infinitamente más eficaz, pero perdería su rostro. Reclamar a las instituciones sería como reclamarle algo a Facebook o a Google. Una tarea deshumanizada e imposible.

"El capital escribe las normas. Y cuanto más apartemos a los humanos de la foto, más duro será para la gente real combatir el poder", concluía Leonard en su reportaje. Quizá las máquinas puedan facilitar nuestras luchas cotidianas, pero para lidiar con las grandes cuestiones sociales hacen falta personas a cada lado de la balanza.

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