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Clientes: el gran tabú de la prostitución

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Se publica El putero español, un estudio sobre los consumidores de sexo de pago y sus motivaciones

Ignacio Pato

28 Abril 2015 06:00

"Está muy mal visto, pero todo el mundo lo hace".

"Mucha gente busca ahí lo que no encuentra en casa."

"¡Más los casados que los solteros!"

"Voy con amigos, para reírnos."

"La más guapa es la más guarra."

"Si quieres echar el mejor polvo, tienes que ir a la mejor puta."

"Mientras ellas lo hagan de forma voluntaria, no hay problema."

"Yo pago y haces lo que yo quiera."

"Mi amigo se gasta una media de 400 euros por noche. Yo lo acompaño y hablo con las chicas."

"¡La carne es débil!"

"Tengo necesidades afectivas y puedo cubrirlas temporalmente de esta manera"

"Me resulta difícil relacionarme con chicas por la noche."

"Una vez me llevó un cliente de mi negocio."

"Si te sientes inferior, ahí tienes una oportunidad para sentirte superior."

Estas frases pertenecen a clientes de prostitución y están recogidas en el libro El putero español, recientemente publicado por Catarata. La obra tiene su base en la investigación Consumo de prostitución en España: clientes y mujeres, que tres sociólogas han realizado durante entre los años 2011 y 2013. ¿Su mayor atractivo? Centrarse en aquello que constituye quizá el gran tabú del consumo de servicios sexuales. O sea, el hombre. El cliente.


¿Quién consume prostitución?


Águeda Gómez, Silvia Pérez y Rosa María Verdugo, mediante información estadística y 30 entrevistas a consumidores, han establecido 4 tipos de cliente de prostitución:

1. Cliente misógino: para esta persona, la prostitución no presenta problema de ningún tipo. Su consumo es lógico y generalizado. Todas las mujeres son "putas" en mayor o menor medida, ya que sus relaciones afectivas o sexuales están mediadas por algún tipo de interés material. La mujer, en general, es un ser perverso, la eterna Eva del pecado original. Alguno de estos clientes llega a asegurar que es mucho más barato el consumo de prostitución que el matrimonio mismo. El hombre está, para este perfil, mucho más necesitado de sexo que la mujer. Algunos llegan a poner en duda que a determinadas mujeres les guste el sexo y mantienen que las prostitutas se dedican a ello porque les gusta y es un trabajo cómodo. Alimenta su fantasía de que ellos hacen gozar sexualmente a la prostituta.

2. Cliente consumidor: este perfil es en su gran mayoría joven y con deseo de diversión. Intuye el problema de la trata de mujeres e intenta mantener un discurso teórico no machista. Sin embargo, su libertad para adquirir sexo de pago con una mujer está por encima de cualquier consideración moral al respecto. Manifiesta una contradicción entre la búsqueda de una pareja a la que aseguran respetar y tratar como una igual, mientras que aíslan mentalmente a las prostitutas como mera mercancía, a la manera de un McSexo. El cliente consumidor con pareja cuestiona que consumir sexo de pago constituya una infidelidad. En definitiva, la prostitución es una opción de ocio más, encuadrada dentro de la ley de la oferta y la demanda.


Para el cliente misógino, todas las mujeres son putas en mayor o menor medida



3. Cliente amigo: es amable con la prostituta. Trata de empatizar con ellas y establecer una relación de alguna manera afectiva. También intenta escenificar un cierto cortejo obviando el hecho de que se trate de una relación mercantil. Se distingue a sí mismo de otros clientes más agresivos. Alguno ha mantenido, de hecho, relación de pareja con alguna de estas chicas. La búsqueda de calidez, compañía y amistad aparece como protagonista. El cliente amigo no acaba de sentirse orgulloso de su consumo de sexo de pago y considera a la prostituta como víctima de un sistema injusto.

4. Cliente crítico: esta es la tipología menos común. Siente que las prostitutas viven en un escenario de injusticia debido a su procedencia y situación legal y lo encuadran dentro de un sistema capitalista socialmente desigual y machista. El cliente crítico suele responder al perfil de cliente arrepentido. Reconocen haberse sentido presionados por círculos de amistades o laborales para consumir prostitución. Para él, la prostituta es claramente una víctima.

En cada una de estas tipologías se puede establecer una relación gradual entre conductas machistas. De esta forma, el cliente misógino y el cliente crítico serían los extremos de actitudes sexistas entre consumidores de sexo de pago. Todos coinciden en que por razones económicas o sanitarias (de ellos mismos y/o de las mujeres) la prostitución debería legalizarse.


El misógino. El consumidor. El amigo. El crítico



Sexo. Dinero. Ley



Prostitución. Considerado el oficio más antiguo del mundo, el más indigno, el más necesario. No suele ofrecer medias tintas ni dejar sin opinión a nadie. Se ofrece, se demanda, se argumenta a favor de su legalización o se busca su abolición. Entretanto, cada año unas 40 millones de personas venden su cuerpo, voluntariamente o no, por dinero. El 80% de ellas son mujeres o niñas. Un 75% tienen solo entre 13 y 25 años.

Se trata de una actividad que, bajo explotación sexual de caracter esclavo, factura 99.000 millones de dólares anuales, según la OIT. Es el tercer negocio más lucrativo del mundo. Solo le superan el tráfico de armas y el de drogas.

En España, una Comisión del Congreso de los Diputados de 2007 cifró en unas 400.000 las personas que se prostituyen para una clientela en un 99,7% masculina. Según el documento, esta clientela gasta 50 millones de euros cada día en prostitución. El informe habla de 15 millones de clientes potenciales. Es decir, habría una una prostituta por cada 38 hombres. Según Interior el tráfico sexual mueve 5 millones de euros al día.


400.000 prostitutas. Una por cada 38 clientes potenciales.



El debate sobre el tema se suele articular entre aspectos económicos y legales. Por un lado, se reconoce como actividad lucrativa que genera riqueza, lo que ya ha llevado a incluirla dentro del cálculo del Producto Interior Bruto, haciéndolo aumentar, junto con el tráfico de drogas, un 1,7%. Por otro, su posible legalización se convierte en el caballo de batalla de profesionales y asociaciones en busca de una mayor seguridad sanitaria y material.

Hasta la fecha se han probado políticas de criminalización del cliente encaminadas a disminuir el consumo. Ni prostitutas ni clientes las encuentran justas ni beneficiosas para una actividad laboral en perpetua sombra. Mientras, el estigma social del hombre consumidor no ha cuajado legalmente, y en determinadas zonas de prostitución, la persecución física de las profesionales implica un constante acoso policial que pone en peligro su supervivencia. 


¿Por qué se consume sexo de pago?



Pero, ¿qué lleva a un hombre a consumir servicios de prostitución? ¿Qué siente él al respecto de sí mismo y de las mujeres que se prostituyen? ¿Es el consumo de prostitución causa de una búsqueda de dominio del hombre sobre la mujer, o simplemente es producto del deseo de obtener relaciones físicas rápidas y sin compromiso?

Los testimonios del estudio de las autoras de El putero español extraen de sus entrevistados diversos motivos: desde la mera necesidad fisiológica, la rutina en pareja, búsqueda de experiencias nuevas, necesidad de relax, sociabilidad entre amistades masculinas o la imposibilidad de conseguir de una pareja.

El macho perdido



Sin embargo, según las investigadoras, las razones de los clientes no remiten siempre al sexo. A ello le dedican el capítulo Cómo ser un hombre.


¿Más que sexo?



Así, un rol social clásico del hombre podría encontrarse detrás del consumo de sexo de pago. Algunos hombres perciben el avance en la igualdad de género como una amenaza a su masculinidad, en lo que que el médico forense Miguel Lorente identifica como posmachismo.

En ocasiones, la prostitución se convierte en el terreno que diversos consumidores utilizan para reafirmar su virilidad, especialmente si el cliente acude en compañía de otros hombres a un club. Gran parte de los testimonios coinciden en asegurar que la intimidación por no responder ante sus pares condicionan su conducta.

El género actúa como el componente social del sexo. Hombre y mujer no suelen gozar de un reparto de poder equitativo, y el modelo hegemónico de género, en tanto que construcción sociocultural, puede perpetuarse o debilitarse. Gran parte de los hombres, por su propia (in)seguridad, prefieren lo primero. Y temen a lo segundo.



La mayoría de hombres teme a la debilitación del modelo masculino clásico



La pérdida del rol de proveedor de seguridad material del hombre es, desde un tiempo a esta parte, un hecho. Cada vez más hombres se encuentran con más mujeres fuertes que, lejos de intimidarse por el modelo hegemónico masculino, muestran su oposición. La prostitución se erige así en una especie de isla de poder, un espacio en el que el hombre puede descargar frustraciones y dominar durante unos minutos a una mujer.

Aunque tenga que pagar por ello.

¿Existe el sexo sin poder?




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