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“Los que no apoyamos a Erdogan somos víctimas de un genocidio intelectual”

Acusaciones sin fundamentos, despidos improcedentes, arrestos, torturas y exiliados que no pueden volver a su país: así es como la oleada de represión está acabando con los intelectuales turcos desde el fallido golpe de estado

La mayor parte de las fuentes de este reportaje han preferido que no se publique su verdadero nombre por temor a sufrir represalias.

Cuando el periodista Arslan Ayan fue a la redacción del Today's Zaman un día después del frustrado golpe de estado de julio, sus puertas estaban cerradas.

Las autoridades habían irrumpido en sus instalaciones para llevarse los ordenadores, toda clase de documentos, televisores y cualquier objeto que anunciara la existencia de un medio de comunicación con agallas para desafiarles.

Durante años, Ayan y otros de sus compañeros habían sido autores de artículos muy críticos con el presidente del país, Recep Tayyip Erdogan, y con la corrupción que habitaba en las entrañas de su partido, Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Ahora, contra los que un día escribieron les acusaban de terrorismo prohibiéndoles publicar una letra más.

Se emitieron órdenes de detención contra la mitad de la plantilla. Pero nunca encontraron a Ayan. Huyó a Norteamérica, dejando atrás una vida para empezar una nueva en Canadá, donde reside actualmente.

                                                                                                                                                                              Getty Images

"Lo dejé todo: mis amigos, mi familia y mi casa. Si ahora vuelvo a Turquía me meterán entre rejas. Ni siquiera sé si podré volver algún día", cuenta a PlayGround. El periodista vive inmerso en una condena que refleja la sombría realidad de un país que será mucho peor si las elecciones de 2019 dan a Erdogan la victoria con la cual conseguirá los poderes absolutos que le permitirán crear casi un sultanato. "A partir de entonces será más fuerte que nunca. Podrá nombrar jueces e implantará la pena de muerte. Nadie podrá arrebatarle el poder, será presidente hasta que muera".

I. El principio de una oleada de represión sin precedentes

El intento de golpe de estado perpetrado por facciones de las Fuerzas Armadas turcas la noche del 15 de julio de 2016 marcó el inicio de una era de represión contra los intelectuales del país sin precedentes. Una madrugada sangrienta que dejó como resultado a al menos 264 muertos, más de 2.000 heridos y una purga que silenciaría a cualquier intelectual que manifestara una idea contra Erdogan.

El Gobierno turco acusó a Fethullah Gülen, el líder de la corriente islámica Movimiento Gülen o Hizmet, de haber planeado el golpe de estado. Algo que él, desde su actual residencia en Pensilvania, ha rechazado en todo momento.

Después de que las autoridades acabaran con el Today's Zaman, Ayan fue acusado de terrorismo y se vio obligado a abandonar su país para no ser detenido

Señalar a Gülen no era más que añadir un cargo más a uno de los mayores enemigos de Erdogan. Su odio se remonta a 2013. Al estallar un escándalo de corrupción que salpicó a parte del entorno del presidente, éste señaló que los policías que lo habían destapado eran gülenistas que pretendían "acabar con el Gobierno". Fue entonces cuando les tachó de ser una amenaza para la seguridad nacional alegando que todos los gülenistas eran terroristas.

"Se había saltado las leyes, y todos lo sabíamos. Creo que ese fue el verdadero momento en el que empezó la represión, aunque de forma mucho menos alarmante. Fue cuando Erdogan se dio cuenta de que para no perder el poder tendría que destruir el sistema judicial y los medios de comunicación", recuerda a PlayGround Elif –nombre ficticio–, una periodista que hoy vive exiliada en Alemania.

Turkish people stand on tank

                                                                                                                                                                                       Reuters

Desde aquella noche de julio, la vida de un número incontable de turcos ha sufrido un vuelco que podría ser irreversible dejando a muchos el exilio como única opción para sobrevivir. De acuerdo con el informe de Amnistía Internacional, No end in sight purged public sector workers denied future in Turkey, se han despedido masivamente a unos 100.000 empleados del sector público, se han cerrado cientos de asociaciones, fundaciones y otras instituciones y 375 ONGs. Según dijo recientemente a The Guardian un miembro de la oposición del Partido Republicano del Pueblo (CHP), el Gobierno ha eliminado 173 medios de comunicación y, de acuerdo con declaraciones de observadores a The New York Times, 15 universidades y 1.200 escuelas.

"Gülenistas, personas de izquierdas, liberales o kurdos que discrepamos con la corrupción y con el AKP estamos siendo víctimas de un genocidio intelectual. No es una historia de represión contra los gülen, sino contra toda la gente que no está de acuerdo con el presidente", explica a PlayGround Dersin –nombre ficticio–, un exfuncionario que también se vio obligado a fugarse a Alemania.

II. Renegados de su profesión por creer en otros ideales

Sahin –nombre ficticio– fue desde 1994 un valorado funcionario del Ministerio de Interior hasta que en 2013 se atrevió a mostrar su oposición sobre el escándalo de corrupción. A partir de entonces, su vida laboral se convirtió en un periplo que consistía en ser trasladado regularmente a puestos de trabajo que estaban a más de 600 kilómetros de su hogar y de su familia.

"No es una historia de represión contra los gulen, sino contra toda la gente que no está de acuerdo con el presidente"

Después del intento de golpe de estado le despidieron, y como ocurrió con la inmensa mayoría que estaba en la misma situación, le privaron de encontrar otro empleo en el sector público amparándose en la excusa de pertenecer a Hizmet. A pesar de que inicialmente no ordenaron su encarcelamiento, optó por volver a casa esperando que la situación se apaciguara. Nunca ocurrió.

La paranoia se apoderó progresivamente de parte de su entorno. "Primero llegaron las preguntas de vecinos que no entendían por qué estaba desempleado. Más tarde llegaron las sospechas que les hicieron creer que mi condición laboral indicaba que era un potencial terrorista", explica ahora desde Europa, donde ha conseguido asilo.

Tenía que abandonar su país. Aunque después de que las autoridades hubiesen cancelado su pasaporte, salir triunfante de aquella odisea no sería fácil. Pero no le importó. A golpe de remó cruzó en una pequeña barca hinchable el río Maritsa hasta alcanzar Grecia y se plantó en el aeropuerto con la esperanza de que los controladores no se percataran de que pretendía subir al avión con su antiguo pasaporte de funcionario caducado. Lo consiguió. "Los nervios podían conmigo. Pensaba que no lo conseguiría. Pero finalmente me encontraba rumbo a un lugar mucho más seguro".

                                                                                                                                                                                        Reuters

III. Las razones que convierten a un ciudadano turco en terrorista

Para que las autoridades puedan perseguir a un ciudadano crítico con Erdogan, les resulta más fácil que pertenezca al Movimiento Gülen. Pero en el caso contrario, tienen múltiples excusas para incluirles en el grupo de los presuntos terroristas.

Como explica Sahin y como consta en el informe de Amnistía Internacional, las personas que tienen cuentas bancarias en el banco vinculado a Hizmet, Bank Asya, son terroristas. Las que tienen libros o periódicos que hacen referencia al movimiento islámico, son terroristas. Las que llevan a sus hijos a escuelas gülenistas, también son terroristas. Y una batería más de ideas que se escapan de cualquier atisbo de razón.

"No llevé a mis hijos a un colegio de Hizmet porque me identificara con el movimiento, sino porque tienen un excelente sistema educativo. Los hijos de Erdogan se graduaron en esta clase de institutos y nunca hubo ningún problema. Es increíble", lamenta Sahin

En el caso de E.U., que ha pedido que solo se nombren las siglas de su nombre, no necesitaron ninguna excusa. Él y su esposa pertenecen al Movimiento Gülen y después del 15 de julio de 2016 fueron obligados a huir de Turquía por las amenazas. Su esposa consiguió alcanzar Europa con sus hijas pero él fue detenido en el aeropuerto, acusado de pertenecer a Hizmet y encarcelado en un calabozo.

Los vecinos de Sahin pensaban que era un terrorista porque había perdido su empleo

IV. El infierno carcelario turco

E.U. se convirtió en una de las 110.000 personas detenidas tras el comienzo de la purga. Pasó los días en una celda que estaba bajo suelo, encerrado junto a doce personas en una habitación con capacidad para seis. No podía ducharse, no disponía de agua caliente y solo había dos inodoros para los 100 presos que había en el complejo.

"Más allá de los barrotes que me mantenían preso escuchaba las voces y los gritos de una mujer embarazada, de otra que estaba junto a su bebé y de una anciana. Todas estaban tan asustadas como yo".  

A los 27 días habló con un fiscal que le salvó al rehusar todas las acusaciones por las cuales le habían encerrado.

Resultado de imagen de turkey human rights violations

                                                                                                                                                                                              AFP

A pesar de las penurias por las que pasó entre rejas, no le tocó vivir la peor parte del infierno carcelario turco. Varias de las fuentes con las que ha hablado PlayGround aseguran que decenas de personas han muerto en circunstancias sospechosas sin que nadie haya dado explicaciones al respecto.

Un expolicía llamado Orhon –nombre ficticio–, que actualmente vive bajo condición de asilo en Suecia, recordó a PlayGround el caso de un amigo cuya muerte las autoridades aseguran que fue fruto de un suicidio. Él no les cree. "No es verdad. Desafortunadamente le mataron. Lo conozco y nunca se hubiese atrevido a hacer algo así".

Según Elif y Dersin, las torturas son una política estatal sistemática. Él conoce casos de víctimas que han firmado bajo tortura documentos en los que reconocían que eran terroristas. Ella cuenta el de un hombre al que maltrataron durante seis meses porque no creían que hubiese renunciado a sus vacaciones, que empezaban el 15 de julio, por estar enfermo. "Ahora ya está fuera. Pero siempre acompañado por graves problemas físicos y psicológicos".

Desde que empezó la purga decenas de personas han muerto en prisión en circunstancias sospechosas

V. El miedo: compañero de los que desafían al presidente

Elif era conocida por haber sido siempre una periodista muy crítica con el gobierno, pero cuando el golpe de estado fracasó su familia le rogó que no volviera a escribir ni una sola palabra en su contra para evitar problemas. Cumplió con su promesa pero había dejado mucho escrito.

"Tenía miedo. No podía dormir por las noches porque pensaba que los agentes allanarían mi casa para arrestarme. Así que me marché. Nunca olvidaré como la primera madrugada que pasé en el extranjero dormí con una tranquilidad que no sentía desde meses atrás".

Ahora Elif observa desde la distancia como su país se deteriora y consume en una era de purgas y silencio. Y recuerda sin cesar la pregunta que hizo no hace mucho a unos ancianos turcos:

"¿Alguna vez habéis presenciado un período tan terrible como este?"

"Nunca".

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