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Publicidad emocional, ¿distopía o todo lo contrario?

O como la nueva frontera del márketing está en las técnicas de detección de emociones

La invasión publicitaria del espacio personal sigue su curso. Y esta vez no hablamos de sistemas de reconocimiento facial instalados en los puntos de venta que se quedan con tu cara, o de papeleras inteligentes que rastrean tus rutas diarias, sino de algo bastante más complejo y serio (aún más). Las grandes corporaciones quieren jugar con tu cabeza, entender tus emociones, encontrar tus vulnerabilidades.

Las nuevas vías de exploración pretenden ir mucho más allá de lo que ya se conoce como la "Burbuja del Filtro", ese efecto que sucede cuando un usuario empieza a ser atrapado por la publicidad automática que reconoce sus búsquedas por internet, sus e-mails y sus interacciones en redes sociales. La frontera se sitúa ahora en tecnologías que permitan el reconocimiento de expresiones faciales y otros parámetros del cuerpo que denotan reacciones emocionales, con la finalidad de controlar en qué momentos un usuario o consumidor se muestra más receptivo a ciertos mensajes publicitarios específicos. Hablamos de anuncios con capacidad de detección emocional. Casi nada.

Ejemplos de tecnología que apunta en esta dirección ya los hay corriendo por el mundo y son tan reales como la pantalla en la que lees esta noticia. Desde las patentes de Samsung para la transmisión de emociones por redes sociales, a Microsoft intentando inventar técnicas de márketing basadas en emociones sobre la base tecnológica de su propia interface Kinect. O, sin ir más lejos, las Google Glass, que integran la mismísima percepción del usuario con los anuncios a los que pueda acceder. Añádele a estas gafas un par de sensores corporales, y empezarás a entender por dónde van los tiros.

Diversos medios norteamericanos recogen también el ejemplo de una nueva empresa llamada Mediabrix, especializada en "targeting propietario", que está desarrollando aparatos que, por ejemplo, serían capaces de detectar cuándo un jugador es más vulnerable en mitad de un juego para lanzarle en ese momento su bombardeo publicitario.

Estas nuevas vías de experimentación vuelven a hacer resonar viejas alertas, que han rodeado al mundo de la publicidad desde los tiempos de la infame -y ya suficientemente refutada- publicidad subliminal. Ese viejo miedo de que no hay una manera fiable de controlar lo que se nos vende y cuándo se nos vende. Terreno que ha sido campo de batalla de legisladores y empresas desde que existe algo llamado "industria del entretenimiento". Pronto las máquinas que nos rodean, las que utilizamos en nuestro día a día, estarán registrando una por una todas nuestra emociones. Lo que aún no está claro es de qué manera van a interferir esas tecnologías en nuestra vida. De nuevo, la ciencia ficción casi es materia de risa ante una nueva realidad tecnológica que, parece, tenemos a la vuelta de la esquina.

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