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4 prostitutas, 4 vidas opuestas

Samanta Villar nos acerca a la intimidad de varias prostitutas muy distintas entre sí

Puta. Una palabra única y concreta que, si empieza a bajarse los tirantes, a desnudarse, tiene tantos rostros como la palabra mujer.

Samanta Villar lo sabe. Esta periodista televisiva pensó en prostituirse para elaborar un reportaje, pero temió el estigma, el hecho de tener que justificarse para siempre, como les ocurre a las putas que admiten en público que lo son.

Villar acaba de publicar su primer libro, Nadie Avisa a una Puta (Los Libros del K.O.), en el que acompaña a 7 prostitutas que sólo tienen en común la venta de un servicio sexual, el dinero. Sus motivaciones, condicionantes, tarifas y sentimientos son distintos e incluso opuestos. 

Esta es una breve síntesis de 4 de ellos.  

1. Sexoterapia

Montse es alta, morena, tiene 50 años. Después de dos décadas dedicándose a la prostitución, ahora también se dedica a asistir sexualmente a hombres con discapacidades físicas y psíquicas. Fue de las primeras en aceptar este tipo de clientes y ahora es una especialista en algo que podría llamarse sexoterapia.

Carlos, su cliente, no puede moverse ni hablar con claridad. Es "prácticamente como un bebé", pero mantiene el impulso sexual. Es su hermana quien llama a Montse para que le asista. 

"Una caricia cura más que una medicina. A una persona que no recibe caricias, que no sabe lo que es el contacto sexual, le falta algo. La gente ve el morbo en la prostitución, pero no las emociones", explicó Montse a Villar.

Una caricia cura más que una medicina

Cada vez son más los psicólogos que defienden que no se puede ignorar la necesidad sexual de las personas que no pueden satisfacerla. Sin ir más lejos en Suiza, Dinamarca o los Países Bajos se da cobertura pública a discapacitados y también a ancianos. 

Villar descubre que, en España, este servicio depende únicamente de la iniciativa y recursos de los propios familiares, por eso acompaña a la "sexoterapeuta" a la pérdida de la virginidad de Carlos. 

"Sobre todo tienes que quitarte el chip de la compasión [...] Tienes que ser igual de sexy que con otros clientes y ser mujer. A lo mejor no se puede hacer penetración, pero sí caricias, una masturbación o una felación".

2. Lujo

"Si cobras muy poco, tienes unos clientes de mierda". Así da inicio el capítulo protagonizado por Brenda, una escort de lujo que permite que Samanta Villar la acompañe en una noche de ventas. 

Tiene 33 años y adora su trabajo. No sólo por los 2.000 euros por noche que puede llegar a facturar, sino porque disfruta. Afirma, orgullosa, que se ha acostado con 1.500 hombres: "Yo soy muy sexual". 

El salto a la prostitución lo dio desde la esclavitud de trabajos precarios: camarera, recepcionista, dependienta. Vender sus servicios sexuales por primera vez no le dio miedo: "No voy a estar 10 horas trabajando de dependienta por 1.000 euros. Ya me explotaron y no lo volverán a hacer. Porque ahora hago un trabajo digno y gano mucho dinero"

Los clientes piensan que cuando el servicio es caro, la calidad es alta

Brenda ni quiere ni puede parar el ritmo que lleva, y ha llegado a convertirse en una experta del marketing sexual entre clientes ricos de Madrid. Sabe cómo coquetear y subir su tarifa sin hablar de dinero siquiera, es sensual y elegante: "Los clientes piensan que cuando el servicio es caro, la calidad es alta. Las escorts fijan el precio donde quieren porque pueden". 

Brenda tiene poder en un mercado de élite que le hace sentirse orgullosa, y lo utiliza para enriquecerse. Ella impone sus reglas: "Es lo que tiene cobrar bien, que te hace dueña. Si no te comportas, me voy [...] si pretendes doblegarme, me voy". 

3. Libertad

La Maña tiene 74 años y aún ejerce, o eso intenta, en su territorio: el barrio del Raval de Barcelona, antes conocido como el Barrio Chino. Ella representa una generación de prostitutas nacida desde las ansias de libertad de la España franquista. 

Huyendo de su asfixiante pueblo natal, la Maña llegó a Barcelona con 23 años. Villar explica: "A esa edad no podía abandonar el domicilio paterno a no ser que fuese para contraer matrimonio o entrar en un convento".

Por eso, al aterrizar en el ambiente  pecaminoso del Barrio Chino en los 60, La Maña se deslumbró: en las calles del Barrio Chino había  hombres arreglados, bohemios, con posibles, también marineros norteamericanos que atracaban en el puerto.

Por 10 euros no me quito ni un zapato

Un día, uno de aquellos hombres le puso dinero encima de la mesa y ella lo aceptó. Desde entonces, el alterne ha sido su trabajo y también su modo de vida: pagaba en carne cenas, joyas, sesiones de cine. Era feliz.

En la actualidad la Maña se pasa los días en el bar Alegría, tratando de no perder a los 3 únicos clientes mensuales que le quedan (hombres mayores que últimamente también fallan). También esquivando borrachos.

A su edad, esta prostituta anciana tiene que seguir en activo, pues nunca en su vida ha cotizado por su trabajo. La libertad la ha abandonado y el olvido ha ocupado su lugar. Ahora, además, decenas de chicas extranjeras, jóvenes y "baratas", son su competencia.

"Antes sí venían hombres y gastaban dinero [...] Ahora regatean, quieren un completo por 20 euros. Si pago diez por habitación, ¿por cuánto me muevo?. Por 10 euros no me quito ni un zapato".

4. Escapatoria

¿Qué porcentaje de mujeres se prostituye por voluntad propia y cuántas lo hacen de forma forzada por las redes de trata de personas? El debate sobre esta pregunta es encarnizado. 

Mientras algunas asociaciones hablan de que el 80% de mujeres son obligadas a vender su cuerpo, otras sostienen que el 95% lo hace de forma voluntaria. Las cifras son tan extremas porque, cuando se habla de prostitución, la frontera entre libertad y obligación son difusas:

¿Una mujer migrante que se prostituye debido su situación irregular y pobreza crónica, lo hace por voluntad propia? Perseguir el trabajo y vía de sustento de aquellas que trabajan por su cuenta, ¿supone una ayuda para ellas? ¿acaso no coarta su libertad?

Samanta Villar dedica uno de los 7 capítulos de su libro a una víctima de la trata ya que, según la ONU, 1 de cada 7 mujeres lo es. Allí narra el periplo de Doris, una mujer nigeriana, hasta España.

Me dejaron elegir horario y escogí la noche

Engañada con la promesa de un empleo común, incluso con la posibilidad de llegar a tener su propia peluquería, la protagonista se lanza a recorrer África a través del desierto del Sáhara y después en patera: "En Benin City, incluso con lo que ganaban mis hermanos, no había manera de salir de pobres".

En una furgoneta de 5 plazas viajan 65 personas. Algunos se convierten en cadáveres. Mientras ella viaja, los traficantes visitan su casa en Benin City, e informan a sus familiares de que Doris ha contraído una deuda de 25.000 dólares. Ha caído en misma trampa que decenas de esclavas sexuales procedentes de su país.

Después de pasar por un Centro de Internamiento para Inmigrantes de Algeciras, Doris termina en Barcelona, donde todas sus compatriotas afirman trabajar de camareras. En realidad, hacen la calle, ofreciéndose a los hombres para pagar su "deuda" a los traficantes. Si no lo hacen, sus captores amenazan con asesinar a sus familiares en Nigeria. 

"Mi primer día como prostituta me puse unos vaqueros y una sudadera oscura abrochada hasta el cuello. Llevaba el bolso de diario. Me dejaron elegir horario y escogí la noche". Doris empieza su tragedia cerca del Bar Alegría, donde La Maña trata de resistir en el mercado a sus 74 años. 

Así pues, el de Samanta Villar se convierte en un libro  corto y punzante sobre uno de los temas clave para las mujeres en la actualidad, por su complejidad: hablar de prostitución es hablar de sueños, de tristeza, de poder y esclavitud, de opresión y libertad. 

'Puta' es un espejo de mil caras

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