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"Practiqué la eutanasia a ocho personas. A continuación, me suicidé"

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Esta es la carta de despedida de alguien que ayudó a morir a 8 personas

Juan Carlos Saloz

03 Marzo 2016 16:56

Una carta de suicidio ha hecho saltar las alarmas de todo el mundo. Se trata de un texto publicado en Toronto Life. En él, el autor ha reconocido haber matado a ocho personas.

Pero no es lo que os pensáis. John Hofsess, autor del texto, no es un asesino. O, como mínimo, no es un asesino como los que estamos acostumbrados. Todas las personas que murieron por su mano querían acabar con su vida. Él solo cumplía sus deseos: el suicidio asistido.

Desde 1999 hasta el año 2001, Hofsess acabó con la vida de ocho personas que pidieron su muerte. Pero, tal y como explica, se negó en más de una ocasión a hacerlo. Solo estaría dispuesto en el caso de que alguien tuviera alguna enfermedad terminal que no le permitiera vivir con una mínima comodidad.


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Hofsess solo acababa con la vida de personas que tuvieran una enfermedad terminal

Para llevar a cabo estos procesos, utilizaba un refugio oculto. “Creé un servicio ilegal de muerte asistida subterráneo que ofrece métodos innovadores para garantizar una muerte digna”, explica. Además, no pedía dinero para hacerlo. “Usábamos el principio de Robin Hood, quienes podían permitirse cubrir los costes de las operaciones ilegales ayudaban a quienes no podían”.

Antes de dedicarse a esto, Hofsess fue un enérgico activista de la Royal Society of Canada. Durante años estuvo defendiendo la muerte asistida como un derecho indispensable para los ciudadanos canadienses. Pero sucedió algo que le hizo pasar de la palabra a los hechos.

El 5 de noviembre de 1986, Claude Jutra se suicidió saltando desde un puente de Montreal. “Le habían diagnosticado un Alzheimer temprano y quería ayuda para acabar con su vida, pero yo me negué”, relata en su carta de despedida.

Hofsess y Jutra habían sido amigos durante mucho tiempo y en los últimos años habían estado debatiendo sobre la muerte asistida. Sin embargo, cuando llegó el momento dejó que muriera de una forma “indigna” al no verse capaz de ayudarlo.


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"Sin pelos en la lengua: Maté a quienes querían morir”

En un principio, Hofness no se planteó seriamente ayudar a quienes necesitaran una muerte asistida. Pero en 1999 una nueva muerte cambió su perspectiva para siempre. “Me horroricé cuando el piloto Georg Tintner, que estaba muriendo por un extraño melanoma, saltó desde el balcón de su apartamento, una planta 11, para poner fin a su agonía”, describe.

Así que Hofsess decidió no permitir nunca más una muerte de este tipo. Quien lo deseara, podría morir cuando y como quisiera, sin necesidad de tener que suicidarse por voluntad propia. “Ese año pasé de defender a los suicidios asistidos a facilitarlos. Sin pelos en la lengua: Maté a quienes querían morir”, reconoce.

Para ello utilizaba dos técnicas, a través de diferentes químicos, que no dañaban a sus “clientes”. Les anestesiaban antes de caer muertos. El caso que más recuerda en su carta es el de Al Purdy, un poeta muy famoso en Canadá que fue a buscarle para que acabara con él.


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Al Purdy

Purdy tenía 81 años y cáncer de pulmón. Su esposa quería que sobreviviera, pero él estaba harto de la vida que le había tocado, así que se decantó por la eutanasia. “Cuando Al se acercó a mi, me había pasado dos años investigando cómo poner fin a la vida de una persona de una manera rápida, sin dolor y espiritualmente agradable. A Al le recomendé utilizar Rohypnol con su copa de vino favorita. Era una potente benzodiacepina unas diez veces más potente que el Valium. El medicamento perfecto para una muerte asistida”, explica Hofsess, describiendo así una de las muertes más misteriosas en Canadá de los últimos años.


"La muerte de Al Purdy fue perfecta: tomando vino mientras escuchaba Ol' Man River"



“Era 20 de abril de 2000 cuando Al Purdy bebió un vaso de vino chileno con Rohypnol. Tomó un sorbo en compañía de su amor, con el que estuvo durante 60 años. La última canción que escuchó fue la mejor versión de 'Ol' Man River', de Paul Robeson. Fue su muerte perfecta”, defiende, según lo que le contó la mujer de Purdy.

Hofsess, no obstante, reconoce haber pasado miedo. Podía enfrentarse a un delito de 14 años de prisión. Tenía miedo de ser encarcelado, pues el mínimo indicio incluso le podía llevar a la cadena perpetua según la Ley Penal de Canadá. Además, un doctor llamado Martens acababa de ser detenido por una circunstancia similar. Podía ocurrir cualquier cosa.


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"El 23 de febrero voy a volar a Suiza para morir"

De este modo, no tardó mucho más en dejar la práctica. Había acabado con hasta siete vidas más a quien presume de “haber salvado”. Pero aún quedaba una más.

“El 23 de febrero voy a volar a Suiza para morir. Allí podrán cumplir mi deseo de morir en compañía de la gente a la que quiero. Cuando esto esté publicado, yo ya estaré muerto. Poco más tarde se publicará mi último libro El futuro de la muerte: Historias reales sobre la muerte asistida”.

Tal y como relató, John Hofses murió el 23 de febrero. Durante sus últimos años, había sufrido grandes problemas en el corazón. Había pasado por dos ablaciones y se enfrentaba a la tercera. Solo quería morir en paz, y lo consiguió gracias a la legislación suiza.

Pero sabía que tenía que contar su historia, o sus esfuerzos en la lucha a favor de la eutanasia no habrían servido para nada.


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Algún día, los médicos ofrecerán servicios de muerte asistida mucho más sofisticados que cualquier cosa que haya probado. Proporcionar la muerte a las personas que la quieran será un servicio público. Imagino un futuro en el que las características de la muerte de Al Purdy se convertirán en una opción para todos los canadienses. Mis acciones no serán condenadas”, sentencia.

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