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Pollaviejas: cuando los amos del mundo se arrugan

Hablamos con Ignacio Pato, Marta G. Franco y Miguel Lorente para saber más sobre la gerontocracia (ya no tan) invisible

Ahí están, siempre a nuestro alrededor, nunca a nuestro alcance: detrás de un biombo infranqueable, de la puerta de un despacho o en las últimas plantas de los rascacielos. Traje, canas y un vientre retenido por una camisa impoluta. Si te cruzas con ellos en la calle, automáticamente saben quiénes son. Ellos son los amos, los señores de las empresas, de la política, de los bancos, de todo. Unos con otros se reúnen y deciden el mundo. A medida, claro.

Hace años que las políticas de igualdad, los movimientos feministas y antirracistas trabajan sobre un objetivo: romper el techo de cristal que impide a todos aquellos que no se ajustan a los requisitos (tener polla, ser blanco y ser viejo) acceder al último pero decisivo eslabón de nuestra sociedad: los llamados puestos de responsabilidad. Pero más allá de los casos de éxito aislados, y de la emancipación evidente en derechos del resto de habitantes del planeta, la gerontocracia sigue funcionando estupendamente. Sin fallos.

Como una alegoría del aparato reproductor masculino: hasta el día de su muerte, nunca deja de fabricar herederos.

Señalar no está feo

Es más difícil de lo que parece imaginar un mundo sin patriarcas, sin hombres con experiencia que lleven el timón y te acaricien la cabeza —o te den, eventualmente, un cachete en el culo—. Precisamente porque siempre han estado ahí, su poder es latente, invisible como una fuerza todopoderosa. Tan amplio que no se ve.

Sin embargo los signos de los tiempos están cambiando, y no desde el frente que ellos esperan: más allá de las reivindicaciones que intentan dar protagonismo a los expulsados del sistema (mujeres, jóvenes, migrantes), protagonizadas por ellos mismos, se ha producido un cambio de paradigma.

En Internet han aparecido los términos “cuñadismo” y “pollaviejas”. Su función es identificar y burlar a los gerontócratas como el grupo homogéneo que son: “La primera vez que leí el término fue a @maldehartura, hará más de un año. Enseguida se convirtió en uno de esos pequeños conceptos que se comparten sin necesidad de ir más allá en la definición. Diría que el término se ha ido haciendo un hueco mediante el ejemplo y no la teoría”, explica Ignacio Pato, periodista.

Según Pato ya existen textos de referencia sobre el cuñadismo, como este de Irene G. Rubio y Diego S. Paratcha. No obstante, la diferencia entre el cuñao y el pollaviejas sería de poder: “ El cuñao es un enterado de calle, de bar. El pollavieja lo suele hacer desde una posición de poder mucho más vertical y amplificada, siempre a favor del estado de las cosas, con una incidencia política muchísimo mayor: el cuñao te dice que no tienes ni puta idea y no va más allá. El pollavieja es el alcalde de Valladolid diciendo que las mujeres te pueden denunciar por violación por compartir ascensor”.

El término pollaviejas implica señalar a la gerontocracia, forzar a que abandone el terreno de la abstracción. A falta de que la Real Academia de la Lengua incorpore una entrada que refleje el ADN de la misma institución, Ignacio Pato sintetiza una definición: “ Hombre en posición de poder, o al menos en ventaja política, social y cultural, que se vale de ese estatus para perpetuar el discurso dominante, conservador, clasista, machista, racista y/o homófobo. Alguien que dispara políticamente hacia abajo”.

La burbuja de la testosterona

manopause time

A mediados de agosto Time publicaba en su portada la imagen de un hombre mayor en calzoncillos bajo el titular: Manopause?!. Allí el escritor David Von Drehle ofrecía todos los detalles sobre un negocio que ha crecido de una forma espectacular, y casi de forma oculta, hasta alcanzar los 2 mil millones de dólares en Estados Unidos: se trata de la comercialización de dosis de testosterona, la hormona de la virilidad, entre los miles de hombres maduros que, con la edad, ven reducidos sus niveles de forma natural. El éxito de la terapia T es tal que están empezando a registrarse muchos problemas cardíacos entre sus clientes. Incluso existe la posibilidad de que derive en un problema de salud nacional.

La testosterona es también una industria cargada de simbolismo. La respuesta contra el declive de la gerontocracia estaba, cómo no, en ella misma: la hormona de la virilidad como elixir social. Sin embargo la investigación de Von Drehle va más allá de las características del negocio y pone el acento en la inseguridad de los hombres maduros como mercado virgen: la presión estética, pero sobre todo el miedo a envejecer, están alcanzando al sexo masculino. ¿Están los pollaviejas empezando a aceptar su fragilidad?

Miguel Lorente, médico forense, profesor en la universidad de Granada y ex delegado del gobierno para la Violencia de Género en el Ministerio de Igualdad, opina que aunque la gerontocracia sigue intacta, ya no es un club para todos: “ Antes el senado, los mayores, el clan, el patriarca era reconocido solamente por su edad, y ahora los años se han convertido en un lastre. En el poder empresarial, llegado el momento, se cambia al trabajador experimentado por otro más joven, con más capacidad de trabajo y más sumiso”.

También la independencia femenina ha hecho mella en los hombres: “Antes sólo por ser el médico del pueblo había una atracción femenina debido a tu posición. Ahora las mujeres ya no están tan pendientes de ellos. Se buscan elementos para seguir resultando interesantes en circunstancias distintas”.

Crédito y elixir

Uno de los rasgos de esta gerontocracia actual, reservada para una élite, no es la testosterona, sino el dinero con el que se compra la perpetuación del poder. El éxito, la atención mediática, la compañía femenina, puede comprarse. Berlusconi sería el ejemplo viviente: “El político, el banquero, el empresario gerontócrata se define por una vocación de poder acumulativa: siente el poder y siempre quiere más porque tener más poder significa quitárselo a alguien. Un gerontócrata no es un tío al que le ha tocado la Bonoloto, son hombres que llegan a los 60 y siguen queriendo más”.

Lorente no cree que la testosterona sea la clave, sino un rasgo de quien ejerce el poder. Así, la perfecta armonía entre el modelo económico con el reconocimiento social del poder se debe, sencillamente, a que ha sido diseñado por pollaviejas: “ todo está pensado para que se valoren ciertos símbolos de poder —la casa, el coche, el reloj, la acompañante—, no que seas cariñoso o estés en una ONG. Si ves a uno, te dices: no se quién es pero es alguien”.

Los pollaviejas ya no se retiran con la humildad de antaño para dar paso a las nuevas generaciones. Los pollaviejas de la actualidad tienen línea de crédito para seguir librando batalla. Como explica Von Drehle en Time, “se irán haciendo ruido”.

Mercenarios 3

“Pollavieja es sistema, es status quo. La Constitución de 1978 fue diseñada, escrita y es ejecutada por pollaviejas. En un estado como este, en el que nos han hecho odiar la palabra consenso, derrocar el discurso pollavieja es pegarle un viaje al conformismo, los límites políticos y de expresión, lo aceptable en tanto que productivo bajo la lógica de lo esperable”, explica Pato, que identifica los adalides del bipartidismo como soldados pollaviejas. “Cuando a una ministra de defensa se le escriben varios artículos sobre la ropa que llevaba en un desfile militar, o cuando el PSOE trata de rentabilizar —mercantilizando una situación impuesta a miles de mujeres— la ley del aborto —porque eso es lo único en lo que mínimamente le diferencia del PP—, se están levantando sendas tapas de alcantarilla de los privilegios patriarcales”.

El pollavieja puede considerarse progresista o de izquierdas, incluso marxista-leninista: “Ejemplos recientes: Juan Echanove sacando una foto a una trabajadora de un bar, escribiendo que vaya mal servicio y colgándola para que lo vean sus 48.000 seguidores, Pedro Sánchez haciendo del Ken de Barbie o sin ir más lejos los chistes progres de la revista Mongolia o El Jueves”, explica Pato.

Marta G. Franco, periodista y miembro del colectivo Catorce CC, añade algunos ejemplos de pollaviejismo en la cultura actual: “Los organizadores del Primavera Sound, con Gabi Ruiz al frente, y el técnico de sonido que trata a las mujeres como inexpertas por defecto; Santi Carrillo dirigiendo Rockdelux y Diego Manrique defendiendo la industria discográfica; los tuiteros que se mofan de las fans de One Direction pero tumbaron TicketMaster comprando entradas de los Rolling Stones; la discografía de Los Planetas y la de Joaquín Sabina mucho más, claro”.

El delfín: posmachismo

rollingstones

Mientras que la decrepitud y la caspa, la casta, son fácilmente identificables para las nuevas generaciones, los herederos de los pollaviejas perpetúan sus privilegios de una forma moderna, actualizada y difícil de identificar: “El posmachismo, como la gerontocracia, juega con la idea de normalidad. La crítica a sus postulados se vive como una agitación, una desestabilización en contra la familia y en contra de los hombres, cuando en realidad es armonía, justicia e igualdad”, explica Miguel Lorente.

Los posmachistas rechazan la imagen de Jesús Gil en el jacuzzi y a Miguel Arias Cañete afirmando que la mujer es intelectualmente inferior, pero tampoco plantean ninguna alternativa al sistema. Por eso, según Lorente, tienen tanto éxito: “ Su mensaje es que la igualdad es un problema porque beneficia sólo a las mujeres. Esto genera una confusión y una duda que al final se convierten en distancia y pasividad ante la desigualdad de género. Consigue que la gente identifique el patriarcado como un elemento común. Como algo bueno para todos”.

Los posmachistas han evolucionado para seguir igual: “Asumen más tareas domésticas, en los cuidados y afectos, pero sin renunciar a esa posición de poder. Un hombre de hoy no tiene nada que ver con uno de hace veinte años, pero sigue teniendo privilegios en la resolución de conflictos. Suya es la ultima palabra y el reconocimiento social”. Los posmachistas defienden la igualdad de derechos y libertades, pero ven “natural” una diferenciación por características biológicas. Ahí está el ejemplo en la crianza: “Aunque en posiciones visibles haya más jóvenes, mujeres u otras razas, quienes mandan siguen siendo los mismos. La gerontocracia es un poder que está por encima de todo”.

Quién dijo miedo

“A un pollavieja le sienta muy mal ver a un hombre que defiende argumentos feministas”, explica Marta G. Franco. En su opinión, los pollaviejas empiezan a tener miedo:

“Vivimos en una sociedad cada vez menos machista, tanto entre las mujeres como entre los hombres, donde muchas certezas que han sido hegemónicas durante décadas se están resquebrajando (la Cultura de la Transición, la burbuja individualista, la vieja izquierda). Hace algunos años parecía impensable que tantos medios de comunicación hablaran de acoso a las mujeres en los Sanfermines, que alguno se cuestionara el archivo de la violación de Málaga, que el concepto micromachismo se haya extendido… Creo que hemos pasado a un análisis de género mucho más fino en el que, por decirlo a lo bruto, ya no vale con no pegar a tu mujer: hay muchas prácticas macho más sutiles que están mal vistas”.

Los pollaviejas están siendo cuestionados por una opinión pública generalista, y cada vez son más los hombres que, como Ignacio Pato o Miguel Lorente, que aun siendo feministas, reconocen su posición de privilegio en la sociedad por el simple hecho de ser hombres. Fragilidad, miedo a envejecer, hombres que empiezan a no seguirles la corriente… ¿hasta qué punto se está agrietando la gerontocracia? ¿empieza a desvanecerse el sistema en el que siempre hemos vivido? ¿cuál es su talón de Aquiles?

Miguel Lorente explica que el punto débil de la gerontocracia es la imposibilidad de renovación, la infertilidad: “Me preocupa que se confunda la igualdad con la igualación. Que las mujeres reproduzcan los esquemas de poder masculino para alcanzar un poder es el fracaso de la igualdad, es darles la razón. Si la sociedad cambia, llegará un momento en que serán cada vez menos y no habrá herederos con la misma capacidad de influencia”. No sabemos si Emilio Botín tenía miedo, pero quizá quienes le sucedan ya sientan el leve susurro de un vértigo, un pedestal que se desgasta.

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