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Pobre como una rata en una ciudad asquerosamente pija

Eres joven, habitas una gran ciudad y te rodeas de estímulos que te recuerdan la alegría de vivir. Sin embargo, vives con lo puesto y en consecuencia te sientes fatal, cabreado. Recién llegadas desde Francia, estas autoras aniquilan todos los tópicos del país de la moda y el amor

*En portada, Camille Rowe. Con el lema “Liberté, Egalité, Sensualité”, podría decirse que el feed de la modelo francesa representa los valores totalmente contrario a los personajes de este artículo… de no ser, eso sí, porque apoyó a Bernie. Fuente: Instagram.

Lo decía Simon Kuper cuando pasó lo de Bataclan: «Uno vive en París para salir por ahí, para quedar con amigos en cafés, para hablar con gente inteligente de todo el mundo, para ir a partidos de fútbol o al Louvre. París va de espacios públicos. Ninguna ciudad la supera en esto».

Y efectivamente, París son todos esos entretenimientos y también un montón de fotografías indeseables para su patronato de turismo: Nuit Debout, los suburbios, las huelgas por la reforma laboral y ahora también algunas escritoras de éxito tremendo que están dibujando las ciudades de Francia como espacios donde un montón de gente joven vive desilusionada, cabreada y en la mierda.

Si hace poco hablábamos por aquí de Vernon Subutex I, el novelón de Virginie Despentes donde el lector experimenta igual de bien el subidón cocaínico y adictivo del capitalismo frenético en la ciudad de la luz y también la pobreza extrema de quienes se niegan a verse a sí mismos pobres como ratas (porque son jóvenes, porque son modernos y porque nunca contemplaron la indigencia como una opción real, ya que eso es algo que aparentemente no les puede pasar a ellos), ahora Sophie Divry hace algo bastante parecido en Cuando el diablo salió del baño, que acaba de editar Malpaso.

Para la nueva literatura francesa, las ciudades del país vecino esconden más que muestran. Imagen vía.

La publi dice que el libro de Despentes despachó más de 150.000 ejemplares y que el de Divry superó los 250.000, dos cifras bastante brutas que tal vez están dando cuenta del estado mental de Francia.

Cuando el diablo salió del baño relata la historia de una narradora que malvive con el subsidio en Lyon —a pesar de que la contraportada española anuncia que la historia pasa en París, no es así—, sin nada que hacer más que proteger hasta el último céntimo del desempleo. Su peripecia está contada a través de un montón de jueguecitos de estilo, algunos más divertidos y afortunados que otros.  

La paradoja de esto es que si alguien espera aquí un manifiesto a partir del cual pegarle fuego al Eliseo desde la sensibiliad de una juventud cabreada, se equivoca: Cuando el diablo salió del baño se parece más bien al monólogo febril de alguien que está a punto de perder la cabeza antes que a ninguna soflama política.

Sophie Divry, autora de Cuando el diablo salió del baño

La precariedad es tristeza, depresión y grisura. El de Sophie Livry es un texto cachondo, delirante y a ratos hasta alegre. Si no es lo primero, deducimos, es porque a veces la gente vive o vivimos dentro de alucinaciones desmesuradas como forma de supervivencia. De lo contrario… mejor ni pensarlo.

O como muy bien leemos en el libro:

‬«Ser pobre un año es difícil, pero te amoldas. Te sientes incluso orgulloso de demostrar que puedes salir del paso. Ser pobre dos años se traduce en arresto domiciliario, pero te haces a la situación y te encuentras incluso bien en tu pequeño reducto. Ser pobre tres años y todos los años siguientes es ver cómo tu guardarropa se deteriora, es perder amigos, olvidar lo que es divertirse, dejar de ir a votar, dejar de discernir qué puede ayudarte».‪

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