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Piñas estampadas y 9 razones más por las que la ropa de verano mola infinito

¿Quién quiere un buen abrigo cuando puede ponerse sombreros de paja y camisetas multifruta sin que le miren raro?

Por mucho que los entendidos digan que, en cuestiones de armario, no hay nada más bonito que un buen abrigo. Por mucho que los diseñadores se pasen por el forro las estaciones y últimamente saquen jerséis y gabardinas en sus colecciones de primavera/verano. Por mucho que nos recuerden que el color negro es siempre una apuesta segura... preferimos la ropa de verano.

Y no lo dice únicamente la prensa, que bombardea con fotos de bikinis y sandalias diariamente desde el mes de abril; lo dice la calle, que con el primer rayo de sol ya se planta los shorts con medias, la camiseta de tirantes debajo de la cazadora y las bailarinas para saltar charcos.

Los expertos pueden decir lo que quieran, pero la moda en verano es más moda que nunca. Ahí van un puñado de razones populares:

1. Es más barata: por lo que te cuesta un abrigo, puedes comprarte diez camisetas de tirantes con estampados de palmeras, flamencos, ponis o piruletas. O un par de shorts de tela que transparenta, unas sandalias de polipiel y unas gafas de sol sin protección ultravioleta.

2. Y, por lo tanto, más democrática: en invierno sólo un puñado de afortunados pueden permitirse el lujo de cambiar de abrigo y botas cada día. El resto de los mortales nos cubrimos durante toda la estación casi con la misma ropa. Las gangas estivales nos permiten cambiar de modelito cada día. A veces, hasta nos obligan a hacerlo, porque ni esas camisetas estampadas, ni esa minifalda vaporosa ni esas sandalias de polipiel que has comprado en las segundas rebajas te durarán más de tres puestas.

3. Es colorida: si usted entra una tienda buscando una camiseta básica a mediados de julio, es posible que la encuentre en color naranja, verde pistacho, magenta y azul celeste. Es también bastante probable que la encuentre con todos esos colores mezclados formando un curioso y psicodélico estampado de rayas. La moda veraniega no sólo es optimista, mide el grado de felicidad en función del número de colores que una sola prenda es capaz de juntar. En estas fechas, el negro sólo existe si lleva estampadas flores fucsias encima.

4. Y, cuando no es colorida, es blanca: el mundo se tomó muy a pecho eso de que el blanco repele los rayos solares. Raro es el día de verano en que no nos cruzamos con varias personas que van vestidas de blanco de pies a cabeza. Pantalones, sandalias, gorras y tops acromáticos. Hasta la montura de las gafas es blanca.

5. Es capaz de fusionar opuestos: los híbridos más inconcebibles se diseñan, se venden y, lo que es aún más increíble, se compran, en esta época. Al listo que se le ocurrió crear la falda pantalón, triunfó en verano. Lo mismo le ocurrió al que tiró de ingenio para crear botas con la puntera abierta. No digamos al que, presa de la experimentación, empezó a atar cabos y a enganchar argollas y le salió un trikini.

6. Y de convertir cualquier objeto ordinario en un icono de culto: margaritas, calaveras, arcoiris o cruces góticas. Cualquier cosa puede convertirse, potencialmente, en el estampado que se repite en todas las tiendas. Este año las piñas condensan toda la carga simbólica de la estación. Conviven, obviamente, con el estampado intempestivo de cada verano: se lleve lo que se lleve y se lleve como se lleve, ahí estarán, por los siglos de los siglos, las rayas marineras.

7. Lo que no cubren las prendas, lo cubren los accesorios: enseñamos las piernas, los brazos y la espalda. Pero nos cubrimos la cara con gorra y gafas de sol, llevamos un fular al cuello, tobilleras, cinturones y brazaletes. Dicen que los complementos son la clave de un buen estilismo, y en verano esta máxima se cumple. En bucle.

8. Es anarquista: cada julio, se enciende una hoguera metafórica para quemar manuales de estilo, códigos indumentarios y cualquier regla no táctica del vestir. Los colores incombinables pueden combinarse, las camisetas de rayas se llevan con bermudas de cuadros, los microshorts con botas, las flores del pelo se enganchan con la patilla de las gafas. Esta tamporada, la tendencia pasa por llevar el top y la falda con el mismo estampado. Lo que hace años habría sido un sacrilegio para los gurús del buen gusto, este verano puebla revistas y escaparates.

9. Y, sobre todo, es nihilista: ¿qué es, si no, esa moda que consiste en mezclar vestidos sofisticados con chanclas de piscina? ¿Y la de encumbrar al turista de sandalias y calcetines a icono de la modernidad? ¿Y esas pamelas de varios metros de diámetro que venden todas las grandes cadenas? ¿La redecilla es un tejido respetable y la riñonera tiene la categoría de un bolso? Es la señal inequívoca de que, en verano, nada importa nada y las marcas aprovechan la coyuntura para colar tendencias que serían intolerables en días de manta y calefacción.

10. Solo en verano es aceptable disfrazarse a diario: de guiri visitante de museo, de hippie trasnochado, de surfero en los noventa, de pin up, de Miley Cyrus, de explorador en la selva, de jefe de una tribu africana... y que levante la mano el que nunca haya intentado emular a ninguno de estos personajes durante los meses estivales.

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