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Pesadillas en blanco y negro: la cara oculta de los sueños

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Recordamos la obra del fotógrafo norteamericano Arthur Tress en el cuadragésimo aniversario de la publicación de 'The Dream Collector'

Cristina Ortiz

26 Junio 2014 18:05

Bécquer escribió una vez que los sueños son el espíritu de la realidad con las formas de la mentira. Y esa reflexión metafísica bien podría servir para explicar el universo fotográfico de Arthur Tress en su faceta de “coleccionista de sueños” ajenos.

Nacido en Brooklyn en 1940, Tress comenzó a hacer sus primeros pinitos con la cámara cuando tenía 12 años. Primero en el entorno de Sands Point, el suburbio acomodado y tedioso en el que vivió durante un tiempo con su padre, pero pronto se mudó de vuelta al hogar materno, en Brighton Beach, cerca de Coney Island. Fue allí, entre puestos de feria, personajes extraños y viejas atracciones desvencijadas, donde nuestro hombre empezó a desarrollar una sensibilidad fotográfica que pronto se fue decantando por lo ominoso que habita en las zonas grises.

Los recuerdos de una infancia humilde pasada entre las cuatro paredes de un lúgubre piso bajo en Brooklyn, la atmósfera de gueto que se respiraba en algunos barrios cercanos a Brighton Beach, sus paseos entre los restos quemados del viejo Luna Park y la decadencia galopante del parque de atracciones de Steeplechase contribuyeron a que en el joven Arthur se instalara un sentimiento de alienación y soledad melancólica que no dudó en explorar en sus primeras fotos. Unas imágenes que, de alguna manera, nos recuerdan constantemente la naturaleza transitoria de la vida, que reflejan los peligros, físicos y psicológicos, que se derivan de cualquier viaje, de cualquier búsqueda de aventuras, experiencias y sentidos.

A finales de los anos 60, Tress comenzó a trabajar en una serie fotográfica inspirada en el mundo de los sueños infantiles, combinando su interés por las escenificaciones rituales, la exploración de los arquetipos jungianos y la alegoría social. El fotógrafo se acercaba a niños y les pedía que le contaran algún sueño real que hubieran tenido. Luego, con su ayuda, reinterpretaba esas escenas de una manera dramática. Trees suele hablar de “realismo mágico” para referirse a esta etapa de su obra.

Aquellas fotografías, siempre disparadas en blanco y negro, reflejan la cara oscura del subconsciente infantil más inquietante. Son escenas oníricas que funcionan como metáforas de miedos universales, de aprensiones, de esa tensión inevitable que nace cuando la timidez o la cobardía más tiernas se encuentran de cara con la más viva curiosidad, con las ganas ineludibles de entregarnos a lo desconocido, de explorar aquello que nos intriga.

Arthur Tress

Arthur Tress

Arthur Tress

Arthur Tress

Arthur Tress

Arthur Tress

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