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Paisaje de un final: el destino turístico de los que quieren morir

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La cifra de extranjeros que viajan a Suiza para recibir el suicidio asistido crece notablemente en los últimos años

Luna Miguel

02 Septiembre 2014 14:45

Imagina: tu madre está tumbada en su cama y los médicos aseguran que su muerte es inminente. En una hora, en veinticuatro, quizá en dos días. Parece que aquí la palabra inminente sólo tenga un significado: sufrimiento. "¡Pero no sufrirá!", te aseguran las enfermeras, porque a pesar de ese rostro sumido la tierna blancura del adiós, el sistema sanitario de nuestro país nos ha asegurado que los terminales de cáncer siempre pasarán a otra vida de una manera digna gracias a la morfina.

Cuánta confusión. O cuántas ganas de alargar lo que ya tiene punto y final y que a veces sólo mantenemos en nuestro mundo por puro fanatismo. “El resto lo hará la Naturaleza”, repiten los médicos. ¿Pero si eso es así, por qué no ayudar a lo inevitable, dar el empujón, y ahorrar al moribundo y a sus seres queridos tantas horas de depresión y de dolor?

Bienvenidos al paraíso de la eutanasia

Que el enfermo de cáncer o cualquier enfermo grave pueda decidir marcharse de este planeta debería ser un derecho que, sin embargo, a menudo nos cuesta reivindicar. No es raro que los dolientes de la enfermedad más temida de nuestra sociedad sean de los primeros en decidir marcharse a esa especie de paraíso del suicidio asistido que es Suiza. Según un estudio de la Universidad de Zurich publicado en Journal of Medical Ethics, su conocido “turismo de eutanasia” se ha duplicado en los últimos cuatro años.

Según los datos del estudio, entre 2008 y 2012 más de 600 pacientes extranjeros se decidieron a iniciar sus últimas vacaciones en el país alpino. Pero es partir de 2009 cuando la cifra crece notablemente y se duplica. Así, viajar a Suiza” ha acabado convirtiéndose en eufemismo de dejarse morir. Además, si antes de 2008 lo más común era encontrarse con enfermos de Alemania o Gran Bretaña, ahora los pacientes se han extendido a toda Europa y también a los Estados Unidos, país en el que en algunos estados la “ayuda a la muerte” también está permitida, pero bajo unas condiciones más estrictas.

Enfermos de cáncer de todo el mundo, sí, pero también paralíticos, pacientes con ELA, o con parkinson o con artritis, o con distintos tipos de enfermedades neurológicas y vasculares han tenido la oportunidad de ir al país más verde de Europa y no tener así que enfrentarse a la vergüenza, a la decrepitud o al mal que sus estados terminales pudieran provocarles.

Una cuestión de egoísmo

La Universidad de Zurich tiene previstos próximos estudios en los que quiere profundizar en los motivos que llevan a estos turistas a querer detener sus vidas: causas más personales, religiosas, sociales e incluso económicas. Sólo estudiando estos factores la sociedad estará más cerca de prepararse para el debate y de encontrar una respuesta a una de las decisiones que más pavor levanta en la comunidad médica y en el seno familiar de los propios enfermos.

Porque quizá tenga sentido dejar decidir de una vez por todas a aquellos a los que la terrible enfermedad les ha sido impuesta. Ocultemos el egoísmo de los vivos, y comprendamos el egoísmo de los que van a morir. Sus rostros de blanco adiós mirarán entonces al cielo descansados, hermosos, tan agradecidos; quizá con la impresión de que después de tanto, ellos son quienes han tomado las verdaderas riendas de la batalla.

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