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"Odio ese chándal": 8 objetos cotidianos que producen auténtico pavor

Convivimos con ellos sin pensar, pero a veces no podemos evitar mirarlos, pensar en lo que significan y sentir un escalofrío

Vivimos en un mar de objetos. Muchas veces ni siquiera pensamos lo que significan. Están ahí y los usamos como si existieran por arte de magia. De alguna manera, ellos también nos usan a nosotros. De vez en cuando compras algunos para reemplazar los anteriores. Hasta ahí todo normal. Ocurre sin embargo que con el paso de los días te vas dando cuenta de que a tu alrededor siempre hay algunos objetos que destacan por encima de los demás. Y no porque te hagan sentir especialmente bien. Más bien por todo lo contrario.

Hay a nuestro alrededor algunos artilugios cotidianos que se han cargado de significado, y es un significado un poco maligno a la manera que lo era el Mini Yo de Austin Powers. Cuando te das cuenta de esto, ya no puedes dejar de verlos, de darles vueltas. Están allí detrás de cada esquina, en tu salón, en tu mismo bolsillo. Tan cerca están que más te vale empezar a entenderlos. Recuerda: no es lo que son, sino lo que hacemos de ellos.

1. Teléfonos. El gran consumidor de tiempo y energía de nuestra era. Los queremos más rápidos, con más artilugios y en lugar de más pequeños, como ocurría antes, ahora los queremos cada vez más grandes, hasta el punto que a veces vas por la calle y te preguntas qué hace esa persona hablando con una caja de pizza. Todo ello para al final acabar comentando videos de youtubers cuando vas al baño. Por no hablar de que por su culpa puede que acabes odiando a tu familia cuando te agreguen a su infernal grupo de whatsapp, o la parálisis que te genera cuando te lo dejas olvidado en cualquier sitio. Esto con los beepers no pasaba.

2. El chándal. La ciencia de la publicidad primero te dice “¡disfruta!”, y luego te contesta “¡esfuérzate!”. Primero te da el helado con sirope y luego las pastillas para adelgazar. Y así funcionamos: el domingo te comes una paella descomunal, con su postre y su carajillo y sus copazos, y el lunes te juras que irás al gimnasio. El chándal que descansa al fondo del armario junto a las zapatillas de running no lo tiene tan claro, y mirarlos es como enfrentarte a un monstruo peludo llamado culpa. Lo mismo pasa con la bicicleta estática que tu madre compró en 1997 y que ahora se utiliza para colgar ropa sucia.

3. La verdura. En realidad el brócoli es una verdura deliciosa, pero tienes que aprender a quererla. Hasta el momento en que el amor te inunda, es algo así como la quintaesencia de la comida sana pero insípida. La típica cosa que te obligan a comer porque es buena para ti pero que ni siquiera entiendes. “ ¿Qué es esta especie de árbol canijo?”, te preguntas. “¿Le puedo poner ketchup?”, y tu padre te mira como si fueras el demonio. El brócoli es sólo la avanzadilla de todas las verduras, esos alimentos que necesitamos pero que al no tener forma de hamburguesa nos caen un poco gordos.

4. La tarjeta del banco. Cuando eres pequeño y ves a alguien mayor sacar dinero, te imaginas que ese pedazo de plástico es mágico. Cuando creces, te das cuenta de que lo mágico es cómo sobrevivir teniendo la maldita tarjeta sistemáticamente en números rojos, sin que nadie haya venido a partirte las piernas todavía. El crédito es algo así como el maná del que brota toda fiebre consumista. Es la meca de los cubatas a deshora, cuando ya te has gastado mucho más de lo que deberías pero tu dignidad todavía no está lo suficientemente maltratada. En tus días de resaca desearás no haber tenido nunca una.

5. Los relojes. Como decía Cortázar en su famoso cuento corto, cuando te regalan un reloj es él quien realmente te posee. En el momento en que se engancha a ti empiezas a comportarte como el conejo de Alicia, siempre llegando tarde a todas partes. Ahora que todo el mundo anda con móviles y tablets a cuestas, el reloj ha perdido un poco su razón original de ser (dar la hora) y se ha convertido más en un símbolo de estatus económico o de “fashionismo”. Aún así su esencia permanece inalterable: ser algo que llevas en la muñeca para recordarte constantemente cosas que probablemente no necesitas saber.

6. El pase del metro. El metro es caro, húmedo y claustrofóbico. Si encima vives en una ciudad turística, el metro es el lugar en el que puedes ver más sandalias con calcetines apretujadas por metro cuadrado. Pero por encima todo, el metro es esa cueva en la que te metes para ir a trabajar. En esa tesitura, el pequeño abono que te permite entrar a los andenes sin miedo a que te algún revisor sudoroso te acose y que encima te ha costado un ojo de la cara es un recordatorio cotidiano de tu condición de hormiga obrera. Es en esos momentos en los que deseas que ese cartón fuera la llave de un helipuerto privado o al menos que tus vecinos de vagón se duchasen de vez en cuando.

7. El microondas. ¿Alguien ha pensado alguna vez seriamente en los principios activos de los microondas? Hay uno en cada cocina de cada ciudad de cada país. Lo usamos para calentar cualquier cosa porque nos da pereza usar el fuego y así es más rápido. Pero por lo que sabemos, las ondas que manejan esos cacharros podrían estar mutando las células de nuestras albóndigas en pequeños monstruitos asesinos. O a alguien se le podría olvidar quitarle el metal a sus canelones congelados y provocar una fusión en el núcleo que nos convierta a todos en seres de tres ojos. Son tan pequeños y discretos y te salvan tantas veces de cocinar que nadie les presta atención, pero ahí están, y en cualquier momento podrían empezar su revolución.

8. El periódico. Hubo un tiempo en que los periódicos formaban parte de la vida cotidiana de todo el mundo. Había algo tranquilizador en ellos, la certeza de que las noticias iban a oscilar entre lo bueno y lo malo, que uno iba a encontrar en ellos ciertos datos fiables sobre el mundo que le rodeaba y que la vida, a pesar de todo, seguía. Uno podía irse a pasear el domingo por la mañana con cierta tranquilidad ritual. Hoy los medios de comunicación ya no son lo que eran y toda una generación nos hemos tenido que acostumbrar a la idea de que los periódicos mienten. Ahora los miramos y no sabemos cómo sentirnos. Suerte que también hemos descubierto que existen muchas otras manera de comunicarse y compartir, aunque seguramente no estén en los kioskos.

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