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“Odio esta ciudad”: por qué vivimos en lugares que nos hacen infelices

Un reciente estudio señala a Nueva York como la ciudad más infeliz de los Estados Unidos. ¿Qué nos dice esto?

Cambiar de aires, encontrar nuevas amistades, caer en la bancarrota, huir de un lugar que nos asfixia, construir una familia, labrarse un futuro... Estas son algunas de las razones por las que dejaríamos nuestro hogar para instalarnos en una ciudad desconocida. ¿Estaríamos buscando la felicidad o, simplemente, huyendo de un entorno hostil?, ¿ qué esperamos encontrar en las ciudades que nos acogen?

Estos últimos días, los medios estadounidenses se han hecho eco de un estudio de la University of British Columbia, en el que trataban de hacer un ranking con las ciudades más felices e infelices del país. Se basaban en los datos de una reciente encuesta del CDC (la organización que vela por el control de enfermedades en el país), que cada año pregunta a 300.000 ciudadanos una cosa aparentemente muy sencilla: “En general, ¿cómo de satisfecho está usted con su vida?”.

Los resultados, sin embargo, no son tan fáciles de interpretar. Las ciudades más felices (curiosamente las cinco primeras se encuentran en el estado de Lousiana) comparten algunas características en común: buen clima, oportunidades de trabajo aceptables, mayores facilidades para conseguir una vivienda, y comunidades sólidas y vivas. Pero entre los puntos negros de la tabla, las respuestas se vuelven más turbias.

Aunque algunas de las ciudades más infelices, como Detroit, Akron o Pittsburgh se sitúan en áreas en declive como el “Cinturón del Óxido” del Medio Oeste, la que se alza con el trofeo a la ciudad más infeliz es Nueva York, uno de los núcleos de actividad económica y crecimiento más potentes del mundo. Sin embargo, curiosamente, la gente se sigue mudando a estos lugares, pese a que el bienestar no está garantizado.

Economía, felicidad y paradojas

La explicación a este fenómeno aparentemente ilógico podría estar en cuestiones puramente económicas. Si la gente se muda a regiones deprimidas como Detroit, o a lugares hostiles pero de gran crecimiento como Nueva York, lo hace sobre todo por alquileres bajos, en un caso, o por oportunidades de negocio, en otro. En otras palabras, sacrifican su felicidad por dinero. Entramos aquí en un círculo vicioso, que es común a muchas grandes ciudades: se busca dinero para llevar una vida feliz, pero, para ello, tenemos que establecernos en lugares que nos impiden serlo.

La “economía de la felicidad” es un término que fue ganando popularidad lo largo del siglo XX y que trata de medir los niveles de bienestar de la población y su relación con los factores económicos de un lugar. Una mezcla de economía, psicología y sociología. La herramienta más poderosa de los profesionales de esta rama ha sido, tradicionalmente, el Producto Interior Bruto. La teoría clásica suele afirmar que a mayor crecimiento económico, mayor crecimiento en la felicidad media de la población. Pero como vemos, las decisiones de las personas obedecen a razones más complejas. La economía funciona en muchas direcciones, y no todo el mundo parece buscar lo mismo.

Por contradicciones como estas, muchos acusan a estas corrientes de reduccionistas. Ya en 1974, el economista Richard Easterlin proponía la paradoja que lleva su nombre. Comparando datos estadísticos, el autor señaló que en realidad ganar más no significa necesariamente ser más feliz. Por ello, una vez cubiertas las necesidades básicas de la población, las políticas del Estado deberían enfocarse a un concepto mucho más complejo que definió como “Felicidad Interna Bruta”.

El sentido de la felicidad

Entonces, ¿cómo pueden hacerse políticas que potencien la felicidad del ciudadano si parece que muchos juegan en su propia contra? En 1996 el economista Andrew Oswald afirmaba en el Financial Times algo que parece evidente pero que somos muy reticentes a aceptar como especie: que muchas veces somos muy malos eligiendo lo que más nos conviene. “Los seres humanos no somos buenos a la hora de prever qué nos hará felices. En condiciones de laboratorio, la gente elige sistemáticamente lo incorrecto para ellos.”

Pero, ¿es realmente así? Un reciente artículo en Aeon introduce en el ruedo el concepto de “significado”. Para muchas personas, una vida feliz está ligada a una vida “con significado”. El autor del artículo afirmaba que una buena definición de este concepto sería una vida en la cual se pueden establecer conexiones entre pasado, presente y futuro. Mientras que la felicidad tiene que ver con el aquí y ahora, el significado tiene que ver con una “felicidad prolongada en el tiempo”. ¿Y si esta gente que sacrifica su felicidad a corto plazo para instalarse en lugares poco amables busca, consciente o inconscientemente crear un relato de felicidad a largo plazo?

Siendo seres mutantes y complejos como somos, las ciencias sobre la felicidad y el comportamiento humano van a ser siempre un terreno lleno de lagunas. Especialmente en la vida urbana, siempre cambiante. Las críticas contra las economías de la felicidad resuenan aquí con fuerza: nuestra intuición nos dice que no todo es mesurable. Aún así, a pesar de su volatilidad, preguntarnos por todos estos conceptos siempre será fundamental a la hora de pensar en políticas y actitudes que determinen nuestro bienestar futuro; que formen una sociedad más justa, formada por ciudadanos más felices en ciudades mejores, más vivibles.

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