PlayGround utiliza cookies para que tengas la mejor experiencia de navegación. Si sigues navegando entendemos que aceptas nuestra política de cookies.

C
left
left

Now

Oda al vello púbico

H

 

La joven poeta Annie Costello escribe sobre la experiencia de depilarse el sexo

Luna Miguel

26 Enero 2014 11:48

Pocas veces la poesía ha estado de tanta actualidad como hoy. No sólo porque la red esté cada vez más llena de jóvenes escribiendo y compartiendo versos, sino porque parece que de un tiempo a esta parte los escritores, y sobre todo las escritoras, han tomado definitivamente las armas para mostrar y denunciar el mundo que nos ha tocado vivir.

Porque la intimidad también puede ser política, hemos seleccionado este poema de la escritora Annie Costello, en el que la autora habla de la experiencia de la depilación púbica. Una oda a lo natural y a la belleza del cuerpo femenino. Solemne, pero también irónica y fresca, su voz es una denuncia ante los esfuerzos que muchas veces nos imponemos para lograr complacer a nuestros hombres, o a esa sociedad que continuamente nos culpabiliza por estar más o menos gordas, tener más o menos pelos o llevar más o menos maquillaje en nuestros rostros.

A continuación el poema, titulado La cosecha. Aquí podéis ver más trabajos de la autora.

LA COSECHA

Conocí a un hombre,

me rasuré.

Mi madre entró por casualidad en el baño

vio las cuchillas

me dijo:

niña,

todo lo que Dios nos da

está ahí

por alguna causa.

Mencionó hongos

infecciones,

yo la eché

acabé la tarea

me acaricié satisfecha:

era suave

y me era ajeno.

No parecía sino una niña

yo, que mi deseo

era del todo adulto

yo, que me descuidaba

y me convertía en otra persona

de dientes más largos e hirientes

uñas de hierro

piel paquidérmica.

Pensé: he decrecido años.

Pensé: prefiero

lo salvaje.

Pero él lo vio y amó cada pliegue

al descubierto,

lo probó

y yo olvidé la misión divina

de cada parte de mi cuerpo.

Olvidé el sino que Dios me traza

cuando le cuesta dormir

y me usa para matar el rato.

Olvidé los bosques que tienen sentido

sólo por los árboles que los pueblan

sólo por el musgo sobre sus troncos

y los hongos –sí, también los hongos–

colonizando sus cimientos.

Pero un día, él se marchó

tal vez cansado

dijo adiós sin despedirse

de la desnudez que inventé

por su cumpleaños

por su culpa.

Y yo me dejé invadir

por lo que antes

arrancaba de cuajo

para quién, si no, exponer lo sucio

de mí misma.

Para quién el sacrificio de todos los griegos en todos los altares

para quién el culto sin garantías

de paraíso

o sin ambrosía goteando de mis labios

como arroyos ligeros de un pasado sueño.

Para nadie.

Me levanté, me dije

que era bueno

conservar el cuerpo que Dios me hizo

aunque yo no crea en Dios, y piense en la manzana

a la hora de evocar el origen.

Mas si él volviera, después de otros puertos,

convencido quizá de que no debió irse

sé que mi puño se cerraría

en torno a la hoja

y la empujaría de nuevo a la siega

de todo lo que me protege

por mucho que me resguarde

de atacantes invisibles;

y ahora entiendo lo que me dicen

quienes son más sabios, y han visto mucho

eso de que por amor renunciamos

a todo aquello que nos custodia

aquello que nace con nosotros

y nos define,

y

que

a pesar del láser

–y otras trampas de la técnica–

volverá a crecer

con nuestro permiso.

share