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¿Nuevos cambios en el tablero de juego? Venecia amaga con la independencia

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Dos millones de habitantes del Véneto votan en referendum para irse de Italia. ¿Pero en qué condiciones? Recuperar el viejo imperio marítimo, por supuesto, es algo imposible

Javier Blánquez

28 Marzo 2014 09:03

Siglos atrás, reyes y papas temblaban ante el poder de Venecia. La Serenísima República era la gran potencia marítima y económica de un Mediterráneo que por entonces -hablamos del siglo XII al XVI- era el ombligo del mundo conocido. No fue hasta la apertura de nuevas rutas comerciales hacia Asia, consolidadas a partir de las expediciones portuguesas que doblaron el cabo de Buena Esperanza en el extremo meridional de África, y sobre todo hacia América con el primer viaje de Colón, cuando el poder de Venecia empezó a menguar y poco a poco a apagarse como un sol moribundo. Hasta entonces, los Dogos habían tenido el monopolio de la ruta de la seda, consolidada por las vías comerciales trabajadas por Marco Polo y por los dominios militares en todo el Adriático y el Egeo hasta Constantinopla que facilitaban la puerta de las Indias. La historia de Venecia es sorprendente, porque la más improbable de las ciudades del mundo, erigida a golpe de estaca en el cieno de una laguna caprichosa, tuvo al mundo entero comiendo de la palma de su mano durante décadas y centurias. Pero aquellos esplendores se esfumaron y de ellos sólo queda una nostalgia irrecuperable.

¿Hay alguna posibilidad de resucitar la vieja república de Venecia? Evidentemente no: implicaría recuperar posesiones en Dalmacia (la actual Croacia), las islas griegas, Candia (la actual Creta) y Estambul, además de una amplia extensión de terreno peninsular -la llamada Terra Ferma- que alcanzaba desde el Friuli, en las faldas de los Alpes, hasta más allá de Padua y Ferrara. Pero la región del Véneto, orgullosa como pocas en la Italia unificada, nunca ha abandonado del todo su deseo. Hace unos días, unos 3 millones de habitantes de la región -que no es únicamente la Venecia lacustre (otrora dicha ‘la Dominante’) y sus suburbios en la tierra peninsular, Mestre y Marghera, sino un segmento completo de Italia donde caben ciudades como Trieste y Verona- votaron en un referéndum no aprobado por Roma, y sin ningún poder vinculante, para sondear la opinión sobre si el Véneto debería recuperar su independencia. El resultado no sirve para nada a efectos jurídicos, pero el resultado es interesante: más de dos millones de votos verificados a partir del censo optaron por la secesión -en el marco de la OTAN y la Eurozona-; alrededor del 66% de la población de la región nororiental de Italia. Detrás del movimiento está Luca Zaia, presidente regional del Véneto y alto dirigente de la Lega Nord, el partido fundado por Umberto Bossi a mediados de los 90 que radicalizaba la división entre el sur pobre de Italia y el norte industrializado, defendiendo incluso la secesión. Es la primera vez que el partido -en un momento débil a nivel parlamentario, con sólo 18 escaños en el congreso, 15 en el Senado y 7 en el Europarlamento- va tan lejos en sus aspiraciones soberanistas.

 Luca Zaia

El movimiento de Zaia alcanza incluso más allá de la hoja de ruta de la Lega Nord -que persigue una Italia norte única, no una división en pequeños trozos-, y es que lo que se pretende es abrir el debate de la separación del Véneto con la idea romántica de resucitar la Serenísima -¿implicaría eso que Zaia aceptaría el birrete de Dogo y sufragaría con su fortuna personal su vinculación política al servicio de Venecia de por vida, como antaño hicieran los Contarini, los Mocenigo, los Dandolo y los Foscari? Eso ya entraría dentro del terreno de la política-ficción-. Lo que ocurre es que el malestar de la ciudadanía véneta, como en buena parte ocurre con el conflicto catalán, tiene una base histórica, pues no hay zona más distinta dentro de Italia que Venecia, donde se habla todavía un dialecto propio y se vive a diario con el peso de las piedras del pasado, sin sentir por ello la tensión del poder como sí ocurre en Roma o Florencia. Pero la raíz del problema es fundamentalmente económico, como es fácil de entender en una zona que es potencia mundial del turismo, generadora de una riqueza inmensa -repartida entre una población menguante y envejecida; no más de 60.000 personas viven censadas en Venecia- y de una base impositiva alta que, como contrapartida recibe, según los datos del sector crítico, cinco euros en infraestructuras y presupuestos por cada siete que cede al erario central.

Venecia amaga con la independencia

El pueblo veneciano lleva el dinero en su genoma. Por dinero aceptaron los viejos patricios apoyar al Papa y al rey de Francia en las cruzadas, y por dinero traicionaron a la cristiandad para detenerse en Bizancio a saquear por orden del dux ciego Enrico Dandolo. Los venecianos fueron célebres por sus prácticas usureras -una costumbre que está en la base de la célebre obra de Shakespeare, “El Mercader de Venecia”-, y el dinero fue el combustible que mantuvo en funcionamiento la decadente República del siglo XVIII, cuando se convirtió en parada obligada del Grand Tour para jugadores de cartas, libertinos, licenciosos y haraganes, algo así como Las Vegas de la época: por entonces, Venecia tenía la mayor concentración de prostíbulos (y a la puta más cara de Europa, Veronica Franco), días de fiesta -el Carnaval podía durar seis meses-, tabernas y lugares de esparcimiento -el primer café de Europa, Florian, se abrió en la Piazza de San Marco-; no es casualidad tampoco que la palabra casino provenga de las pequeñas dependencias en pisos de patricios venecianos en los que se organizaban timbas irregulares de faraón y otros juegos de cartas y ruleta. Por no hablar de la enorme cantidad de teatros de ópera y variedades que daban solaz a nativos y visitantes de paso; fue en Venecia donde la música de pago se convirtió en negocio rampante.

Venecia fue próspera y obscenamente rica hasta el siglo XVII, e independiente y odiada por el resto de estados del continente hasta finales del XVIII: en 1797, al otro lado de la costa, Napoleón prometió ser ‘un Atila para el pueblo veneciano’ -que, curiosamente, se empezó a formar en el siglo V precisamente cuando las invasiones bárbaras que no dejaron ni las raspas del Imperio Romano obligaron a diversas aldeas costeras del Adriático a buscar refugio en los islotes de la laguna-, y así organizó el asalto final que obligó al último dux, Ludovico Manin, a doblar la rodilla, entregar las llaves y el birrete, y firmar la rendición de la que había sido la nación más altanera de Europa; las plumas y la tinta con las que se firmó tan nefando documento se pueden ver en el Museo Historico Navale, a cuatro pasos del Arsenale. Napoleón, como gesto de desprecio, entregó Venecia como un despojo de guerra a los austriacos -los más enconados rivales de la Venecia de entonces-, de los que se independizaron fugazmente durante la revolución de 1848, cuando los nacionalistas del Florian, encabezados por Manin, conspiraban contra los unionistas del café Quadri, en el lado opuesto de la Piazza. Devuelta a Austria, en 1868 finalmente Garibaldi consiguió la anexión de Venecia al proyecto de Italia.

¿Se podrá separar Venecia y refundar su República serenísima? Hay un latido popular que defiende esa medida, aunque pesan más las razones del bolsillo que las del corazón (por no decir las de la razón). Pero en este caso la nostalgia es mala consejera: una Venecia independiente tendría que ser -parafraseando el dicho que hicieron populares los venecianos cuando cayó sobre sus cimientos el Campanile original de San Marcos- “com’era, dov’era” (como era y donde estaba): una república marítima con sus tradicionales símbolos de poder, el Bucentauro reflotado (lo hundió Napoleón en las aguas) y el Consejo de los Diez, implacable con sus traidores y repleta de espías, esotérica y crematística, con el Arsenal armando barcos de guerra a centenares cada año, con banderas orgullosas del león alado ondeando en la Piazzetta, donde siglos atrás se ejecutaba públicamente en la horca o por desmembramiento a los delincuentes, espectáculo altamente gratificante en una época en la que no se había inventado aún el fútbol. Mientras Venecia no quiera eso -y reforzar así el aura de verosimilitud histórica que ha perdido en el parque temático en que se ha convertido la ciudad, casi una colonia fenicia donde sólo se persigue sangrar al turista-, se podrá hablar de separación, pero no de reverdecimiento de los viejos laureles del pasado. Aquella Venecia murió. La Venecia actual vive -y esto los venecianos lo saben- de su derrota, de su tristeza, de sus recuerdos de imposibilidad. Porque eso es lo que les da dinero. Cuando se habla de Venecia, el dinero siempre lo explica todo.

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