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Maduro: entre "el Mugabe americano" y la posible víctima de una intervención

Una parte importante de la izquierda rechaza las políticas de Maduro, pero del lado de la oposición lo que está ocurriendo en Venezuela allana el camino para una intervención dirigida desde Washington como ocurrió en Chile, Irak o la propia Venezuela. Panorámica de dos relatos venezolanos

La votación de la asamblea constituyente el pasado domingo en Venezuela provocó la represión más dura en el país desde que el Nicolás Maduro está en el poder. Al menos doce manifestantes de la oposición murieron en pocas horas a manos de la Guardia Nacional Bolivariana.

Las duras imágenes de violencia en las calles de las ciudades del país han intensificado —más aún si cabe— las críticas al régimen. Por ejemplo, los medios españoles vieron en la jornada del domingo una razón más para ampliar su guerra mediática contra el régimen bolivariano, con el que llevan enzarzados casi desde su inicio y, especialmente, desde que Maduro asumiera el poder en 2013.

M ás allá de los sospechosos habituales, los últimos sucesos han provocado que otros medios como The Guardian hayan cargado duramente contra el régimen y contra Maduro.

El periódico británico, a diferencia de las principales cabeceras españolas, ha sido un firme defensor de la fórmula del chavismo, el conocido como socialismo del siglo XXI. Sin embargo, el domingo Rory Carroll firmaba un perfil del presidente venezolano titulado “Nicolás Maduro: will Venezuela’s president drag his people to the edge?” (Nicolás Maduro: arrastrará el presidente de Venezuela a su gente al abismo), en el que comparaba al mandatario con el dictador Robert Mugabe, presidente de Zimbabue durante los últimos 37 años, como expresión de un liderazgo caciquil.

Mugabe de América

La movilización de 370.000 militares para reprimir las protestas y el centenar de muertos de los últimos tres meses han dejado ya pocas razones para legitimar al gobierno. Quienes desde la izquierda continúan apoyando al oficialismo lo hacen reconociendo una alineación ideológica frente a una oposición de derechas que pretende romper el proyecto revolucionario y social que inició Hugo Chávez. En pocos casos justifican la represión y los tintes autoritarios del gobierno.

Dentro de la izquierda hay también voces directamente críticas con el oficialismo. La culpa de la fractura social en Venezuela puede achacarse temporalmente a las intenciones —también golpistas— de la oposición. Pero en el chavismo hay responsabilidad por lo que ha sucedido: del proyecto que inició en 1998 se dice que solo ha perpetuado un "régimen burgués”, y también que Maduro ha roto con el legado de Chávez.

Con la votación de la constituyente, Maduro solo ha dado continuidad a un proyecto de una fuerte democracia presidencialista que resulta difícilmente comprensible desde la perspectiva de las democracias europeas o de Norteamérica. Por ese razonamiento, criticar a Maduro por sus tintes autoritarios es incoherente con no hacer lo propio con Chávez en los años previos. La diferencia es que entonces había paz social, mientras que ahora, con Maduro, no.

Víctima de un intento de golpe

Como recordaba el periodista Seumas Milne, el proyecto chavista nació como respuesta a una ola de privatizaciones y desregulaciones que tuvieron graves consecuencias en forma de desigualdad. La empobrecida población de Venezuela salió a las calles de forma parecida a como lo hace hoy, protestando, sin embargo, contra el régimen neoliberal que se había extendido en el continente siguiendo las instrucciones de los Chicago Boys. 

Más de 1.000 personas murieron en la represión del Caracazo en 1989. En 1992, como consecuencia tardía de aquellos sucesos, un grupo de oficiales de segunda línea, entre los que estaba Chávez, intentaron dar un golpe de estado. El golpe fracasó, pero terminaría legitimado en 1998 con un apoyo popular aplastante cuando el chavismo ganó sus primeras elecciones. Este gesto de rebeldía inspiró al resto de países latinoamericanos a seguir un proyecto socialista en contra de la tutela de Washington.

Desde entonces, Washington y quienes persiguen una agenda neoliberal en Latinoamérica han intentado desestabilizar estos regímenes, desacreditándolos desde su raíz ideológica y amparándose en sus derivas autoritarias —y más con muertos en las calles— o corruptas para justificar su desaparición. También en forma de golpe de Estado, o de intervención militar extranjera.

Saddam, al-Assad, Pinochet y… Maduro

Un paralelismo histórico reciente: la resistencia de Saddam Hussein al dominio colonial en Oriente Medio no justificaba sus ataques con gas mostaza a la población kurda, pero nada de esto daba derecho a Estados Unidos a una invasión militar.

Tampoco la resistencia de Bachar al-Assad a la ola de primaveras árabes impulsadas por Washington legitima sus cámaras de tortura ni las bombas-barril lanzadas desde helicópeteros sobre la población civil, pero tampoco esto daba paso a que Obama y sus aliados se planteasen el bombardeo del país en verano de 2013, o que diesen armas a rebeldes que, en muchos casos, eran extremistas islámicos.

En ambos casos, Washington allanó el camino y construyó un relato con que justificar la intervención y ampliar sus dominios. Es lo mismo que ocurrió con uno de los peores episodios en la historia moderna de América Latina, cuando Nixon y Kissinger gobernaban EE UU: el golpe a Allende y el posterior Chile de Pinochet.

En el caso de Venezuela, el cerco de la oposición heredera del neoliberalismo de Carlos Andrés Pérez no hace defendible una respuesta policial armada contra estudiantes universitarios, ni la supresión paulatina de los mecanismos democráticos, pero nada de esto debería servir para preparar el terreno hacia una intervención en Venezuela.

Por eso, la crisis venezolana es el cúmulo de los errores y abusos cometidos por el régimen bolivariano, junto a las intentonas aislacionistas en lo económico y golpistas en lo político impulsadas por Washington. Tanto el autoritarismo de los primeros como el golpismo de los segundos deben marcar las líneas rojas para hablar de esta crisis.

Dentro de ese marco, Venezuela y la comunidad internacional deberían apostar por una vía en la que el régimen reconozca sus problemas, y en la que se garantice que las voces pacíficas de la oposición sean escuchadas.

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pd.: Poco después de publicarse este artículo, EEUU anunciaba sanciones contra Venezuela.

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