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Es la artista más popular del mundo y nadie la conoce

Lunares, falos y trastornos mentales: una mirada a la obsesión infinita de Yayoi Kusama

Si salieras a la calle para elaborar un ranking de popularidad de las 'estrellas vivas del arte' a partir de la opinión de transeúntes, ¿qué crees que pasaría?

Seguro que se repetirían algunos de esos nombres que están "en boca de todos". ¿Jeff Koons? ¿Damien Hirst? ¿Gerhard Richter? ¿David Hockney? ¿Anish Kapoor? ¿Banksy?

Si hubiera que hacer apuestas, apostaríamos por alguno de ellos. Y perderíamos. Porque el artista más popular de la actualidad es... Yayoi Kusama.

Esto... ¿quién?

Si hacemos caso a las cifras, la reciente exposición itinerante de Kusama, Yayoi Kusama: Infinite Obsession, atrajo a más gente el año pasado que ninguna otra muestra de un artista vivo. Ese es el dato al que se agarra la publicación especializada Art Newspaper para designar a Kusama como el artista vivo más popular del momento.

El show, que ha girado por ciudades como Rio de Janeiro, Brasilia, São Paulo y Ciudad de México, consiguió atraer a más de dos millones de personas. Todo un logro para una artista que, a pesar de su relevancia y su reputación dentro de los círculos del arte, está lejos de ser un nombre habitual en las conversaciones del gran público.

Te suene o no, lo cierto es que Kusama no es ninguna novata.

Sufre alucinaciones visuales y auditivas desde la infancia. Esas alucinaciones inspiran su obra

Su carrera artística comenzó en el Japón del período de entreguerras, en 1939, cuando ella apenas tenía 10 años.

Empezó estudiando pintura tradicional Nihonga, pero su interés pronto se desplazó hacia las nuevas corrientes pictóricas de vanguardia que se estaban fraguando en occidente.

La atracción fue tal, que en 1957 Kusama decide abandonar Japón y volar sola hasta EEUU, un movimiento insólito para una joven veinteañera de una familia respetable que nunca terminó de aceptar su viaje.

En Nueva York pasó sus primeros días trabajando en soledad, aislada y atormentada por las alucinaciones que venía experimentando desde niña. El trabajo dio sus frutos y pronto empezó a ganar notoriedad gracias a sus Infinite Nets, pinturas de gran formato consistentes en la repetición de innumerables pinceladas blancas sobre fondo negro.

Con aquellas obras, celebradas por su cualidad meditativa, Kusama se anticipó a la corriente minimalista. Ahí comenzó su despegue como pintora, pero su foco de interés pronto volvió a girar, adoptando la escultura como su nuevo medio de expresión.

Su motivo predilecto entonces fue el falo. Miles de apéndices fálicos hechos de tela que surgían como reflejo psicoanalítico de su reconocido "miedo al sexo", un trauma que ella relaciona con una niñez marcada por los temores que sus padres inspiraban en ella.

En particular su madre, de temperamento fortísimo, marcó su vida de una manera decisiva.

Cuando Kusama aún era una cría, ella la obligaba a seguir en secreto a su padre, un mujeriego empedernido, cada vez que éste salía a saciar su apetito de faldas. La madre le hacía luego relatar las escenas eróticas que había presenciado. La madre, frustrada, a menudo acababa descargando su ira contra la pequeña.

Muchas de sus obras escultóricas surgen como reflejo de su reconocido miedo al sexo

"Cada vez que mi madre se ponía agresiva, me refugiaba en el baño", cuenta Kusama en su autobiografía Infinity Net. "Allí pasaba el tiempo dibujando vaginas que habían sido masticadas por perros y penes untados en excrementos de gato".

Durante la década de los 60, la obra de Kusama adquirió un pronunciado tinte político.

Encajada en la escena contracultural de la época, la japonesa organizó hapennings, experimentó con el medio fílmico bajo la influencia del imaginario psicodélico, trabajó la instalación y también organizó acciones artísticas de protesta en lugares como iglesias o la Bolsa de Nueva York, espacios que veía como símbolos del conservadurismo y el decoro en su acepción más restrictiva.

En esas acciones la artista se hacía acompañar de su Kusama Dancing Team, un grupo de acólitos, la mayoría gays y hippies, que se despojaban de sus ropas y frotaban sus cuerpos en un arrebato orgiástico hasta que Kusama procedía a pintar sobre ellos.

En aquella época Kusama produjo manifiestos, realizó desfiles de moda, se acercó al arte pop y hasta llegó a escribir una carta a Richard Nixon invitándole a que pintara su cuerpo (el de ella) a cambio de poner fin a la guerra de Vietnam.

Nixon nunca contestó a tan curiosa invitación, pero el gesto contribuyó a que Kusama se ganara el sambenito de 'Queen Of the Nudies', algo así como la reina de los ligeros de ropa, un estatus de tabloide que acabó afectando a su reputación como "artista seria" y que en última instancia desembocó en la ruptura de relaciones con su familia, que hasta aquel momento había ayudado a su manutención.

Hago mis obras para sobrevivir al dolor, al deseo de muerte; pero luego el dolor vuelve a mí una, y otra, y otra vez

El choque con sus padres precipitó un nuevo giro en la trayectoria vital de Kusama. En 1973 la artista decidió volver a instalarse en Japón. Trató de reinventarse como marchante de arte pero su negocio fracasó.

En Japón, Kusama encarna el trauma del sujeto globalizado. La artista se siente una persona extraña, alienada de sus raíces. Ese cúmulo de tensiones acabaría conduciendo a una serie de crisis psiquiátricas que tienen su cenit en 1977.

Ese año, la propia Kusama solicitó su internamiento voluntario en el Seiwa Hospital de Tokio, un centro para enfermos mentales. Allí vive desde entonces.

En las últimas décadas, Kusama ha seguido ampliando los límites de su trabajo, explorando medios de expresión con la misma fruición que en sus años de juventud.

A finales de los 70 se lanzó a una carrera literaria que a día de hoy contempla varias novelas, colecciones de poesía y una autobiografía publicadas. Ha hecho sus pinitos con la composición musical y el diseño. Pero su fama se la debe, sobre todo, a su producción pictórica y a sus instalaciones. Soportes en los que ha explorado de forma obsesiva la idea de repetición y retícula, haciendo de sus redes infinitas, lienzos y superficies cubiertas de puntos, una de sus señas de identidad.

Hoy, a sus 85 años de edad, Kusama sigue dedicada a contagiar su policromo sarpullido al mundo, mientras que con sus habitaciones de espejos explora otra de sus obsesiones: la representación del espacio infinito.

Detrás de su obra vibra su enfermedad mental. Ella aduce haber sufrido alucinaciones visuales y auditivas y pensamientos obsesivos desde la infancia. Síntomas que con el tiempo acabarían revelando un síndrome de despersonalización.

Sin embargo, en el mundo del arte, también hay quien opina que Kusama ha hecho un uso interesado y teatral de su enfermedad: detrás de la insistente excentricidad estética con la que manifiesta su "locura" parece haber un interés comercial.

Sus recientes colaboraciones con marcas como Louis Vuitton parecen apuntar en ese sentido. Resulta también curioso que en su tarjeta de presentación no se refiera a sí misma como artista, sino como presidente de la corporación Yayoi Kusama Studio Inc.

La artista ha explorado de forma obsesiva la idea de repetición y retícula, haciendo de sus 'redes infinitas' una de sus señas de identidad

En 2008, uno de sus óleos de 1959 fue vendido en subasta por 5,8 millones de dólares, una cifra récord para una mujer artista viva. Siete años después, sus muestras atraen a más gente que las de cualquier otro artista contemporéneo. Es la cima de una carrera fundada, en palabras de la propia Kusama, en la ambición y la neurosis.

"Vengo pensando en suicidarme desde que era muy pequeña. Para salirme de esa idea, hago arte. Hago mis obras para sobrevivir al dolor, al deseo de muerte; pero luego el dolor vuelve a mí una, y otra, y otra vez. Sigo, todavía, en ese proceso de repetición. Pero voy a mantenerme luchando, y voy a darme cuenta de que la lucha terminará, en un instante: sólo cuando me llegue la muerte".

Hace más de cinco décadas, Yayoi Kusama se prometió que conquistaría el mundo. Hoy puede decir que lo ha logrado.

Toda gran pasión desemboca en lo infinito

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