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El Muro de la Muerte: jugándose la vida por un espectáculo sobre ruedas

En la India, existen pilotos que suben a un muro vertical con coches y motos. Lo llaman el Muro de la Muerte y ahora lo puedes conocer gracias al documental Riders of The Well of Death

Suenan los motores. Las luces se apagan y solo dos leds iluminan el estadio. Un estudio que ruge emocionado. Un estadio que vocifera cánticos hacia la única persona que está en el centro. Un estadio que se vuelca ante Mohamed Maroof, uno de los pilotos del Muro de la Muerte.

En la India existe una feria que da la vuelta a todo el país impresionando con su mayor espectáculo. En un muro circular de unos ocho metros, profesionales del motor ponen en vertical sus coches y motos .  Elaboran trucos, se ponen de pie, se agarran las manos y abren los brazos bajo los gritos de un público entregado.

Ahora, el director canadiense Erik Morales ha brindado a todo el mundo la posibilidad de ver una de las funciones más sensacionales del planeta gracias al documental Riders of The Well of Death.

"Nuestra vida está en juego y eso es lo que el público quiere ver".

El nombre ‘El muro de la muerte’ intriga mucho a la gente. Se preguntan qué tiene de peligroso para merecer tal nombre. La gente viene a ver eso. Es peligroso, y se necesita valor para aprender. No es para todo el mundo”, explica Raeez, de 39 años y conductor del muro desde hace 22.

Los pilotos no tienen nada de especial. Son hombres normales; cabezas de familia con algo de valor, algo de locura y una gran capacidad de trabajo. Como con todo, reconocen que han conseguido la técnica gracias a la práctica. Al esfuerzo de un trabajo duro que les ha costado varios huesos rotos, muchos accidentes pero aún más buenos momentos.

Nuestra vida está en juego y eso es lo que el público quiere ver. Sienten curiosidad por ver a la gente que corre ese riesgo”, añade Mohammad Azim, que lleva casi una década en el oficio.

"No tengo miedo de sufrir más lesiones. No sería capaz de actuar si lo tuviera".

Los conductores suicidas saben a lo que se atienen. Saben que es un espectáculo y lo dan todo para que el público salga satisfecho del estadio. No piensan ni en sus familias ni en todo lo que podrían dejar atrás si ocurriera un trágico accidente. Dicen que así nunca conseguirían todas las acrobacias de las que son capaces.

No tengo miedo de sufrir más lesiones. No sería capaz de actuar si lo tuviera. Hay riesgo en todo lo que haces, incluso cuando comes te estás poniendo en riesgo”, especifica Babla, que con 32 años comenzó a actuar cuando solo tenía 15.

El coraje y las ganas de disfrutar se esclarecen cuando ruedan. El ceño fruncido y las sonrisas de satisfacción aparecen constantemente, pero cuando están subidos en los vehículos no existe el sonido de sus motores. No existe el público. Están solos ante el mundo.

Son los ángeles del motor cuyo paraíso es un muro circular.

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