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Modernillos de Mierda: las peores vacaciones de tu vida

Nada como darte cuenta de que el verano tampoco fue para tanto para empezar septiembre

Trabucaires a sueldo. Matarifes enfajados, luciendo patillas de postín, ametrallando con su pólvora de mentirijilla los balcones de objetivos cuidadosamente seleccionados. A las siete de la mañana, además. Con dos cojones. Para joder. De este palo vamos la catalanes, de este palo va Modernillos de Mierda. El trabuco de Cardedeu, un escopetón noble aunque estrepitoso a morir, será el ejemplo a imitar para una temporada que ya nace de culo y con el cordón umbilical por fular. MDM no está para hostias, joder, que ya estamos talludos. Tras certificar el acabose ante notario en el augustus horribilis más siniestro de los últimos 200 años, el octópodo interdimensional conocido como Modernillos de Mierda sacará su trabuco, EL TRABUCO, un trabucazo del copón forjado por los arcanos oscuros de Jordi Pujol en las grutas de Queralbs. El pistolón encabronado hará un ruidaco irritante y soltará perdigonada chunga. Habéis acertado: el gilipollismo será su concejal del PP.

No podía ser de otro modo, porque si estas vacaciones el planeta no se ha ido al carajo ha sido de milagro. Tan solo la lluvia ha aligerado un calvario asfixiante y nos ha brindado la satisfacción de saber que a muchos se les ha aguado el melanoma, que incontables entusiastas de la playita han vuelto mohínos al curro porque no han podido tostarse, emborracharse, drogarse y pillar todas las enfermedades venéreas previstas en su particular carta a los Reyes Vagos. A lo que iba. El resumen del maldito verano. Si esto os parecen unas vacaciones, empadronadme en vuestro planeta YA.

Jordi Shore: zapping suicida desde Queralbs I

Jordi Pujol en calzoncillos bóxer blancos. Calcetines de oficinista con liguero a media asta. Camiseta imperio infestada de lamparones. En la mesa de centro, un horror vacui que grita depresión caballar a los cuatro vientos: varias botellas de Smirnoff vacías, ceniceros que escupen colillas como si fueran magma, un espejo roto, un fusil Kalashnikov cargado, pack de la tercera temporada de Doctor Who… No entra luz por las persianas de su cripta gerundense. Las cortinas llevan corridas 48 horas, pero tampoco creáis que el clima de los Cárpatos de Queralbs acompaña: tormenta aullando ahí fuera. Cielo negro. Jordi Pujol berrea como Harvey Keitel en “Teniente Corrupto”. El ex president encarna en sus derrotadas carnes un verano descorazonador, preñado de decepciones. Sabe que nos ha dejado en la estacada, y duele como un demonio. Cambia de canal. Unos italianos enfarlopados se pasean desnudos por los badulaques de la Barceloneta. Más berreos a lo “Teniente Corrupto”.

Magaluf 1- Universo 0

Mientras las cáscaras humanas controladas por electromantis de Alfa Centauri que gobiernan China informaban a sus impresionables ciudadanos de que el ébola no convierte a las personas en zombies —la noticia es real— otro virus mucho más aterrador se propagaba por el rabillo del ojo de la humanidad, sorteando barreras geológicas imposibles, kilómetros y kilómetros de mar abierto, saltando desde el colon de Mallorca hasta el mismo centro del sistema nervioso de una gran capital que ya ha hincado la rodilla en el cemento: Barcelona.

Magaluf, la ciudad-vacío reptante, la urbe mongoloide del Caos ha comenzado su silenciosa invasión de la realidad, enviando a la costa barcelonesa una abundante remesa de su peor diarrea humana. Carne barata no, lo siguiente. Engendros medio subnormales, llegados en su mayoría de Francia, Inglaterra, Italia y Alemania, que han vomitado, cagado y meado su springbreakerismo hipster borderline por todo el barrio de la Barceloneta hasta encolerizar al vecindario. Hasta conseguir que los locales salgan a la rúe a protestar con un cañón.

El triunfo del virus Magaluf consiste en hacer creer a la purria veinteañera de la Unión Europea que cualquier lugar de veraneo, por muy civilizado e industrializado que sea, merece ser tratado como el cagadero de Dios que es Magaluf. El triunfo de Magaluf también consiste en proporcionarle alojamiento barato y en grandes cantidades a esta marranalla, asueto en forma de pisos ilegales para turistas, cuyos propietarios, agentes a la causa magalufera, deberían agonizar cara al sol de la canícula, atados de pies y manos, con los párpados extirpados.

Este es el verano en que Barcelona se infectó, se magalufeó, se convirtió en una versión cerda y hedionda de “Geordie Shore”. La letrina de Europa. Normal que las hostilidades hayan estallado. Extraño que las turbas todavía no hayan carbonizado a algún francesito beodo. Los ciudadanos de Ciutat Vella-Barceloneta no estábamos preparados para semejante derrame de pus, pero el año que viene, ah, el año que viene todo será diferente. Seremos mucho más precavidos. Las barricadas estarán fortificadas; los cañones serán de verdad; tendremos balcones más altos y resbaladizos para que la peña se puede matar bien matada; los turistas que consideren gracioso entrar en un badulaque desnudos serán eviscerados por las tribus locales y su carne utilizada en los Burgers King y McDonald’s del distrito para alimentar a otros guiris.

Jordi Shore: zapping suicida desde Queralbs II

Jordi Pujol llora. Reguero de mocos aplicando un brillo enfermizo a su mentón. Queralbs ruge. Los árboles crujen golpeados por ventiscas atroces. 543 llamadas perdidas. Pujol coge el Kalashnikov y apunta a la televisión, mientras lanza unos gemidos parecidos a los de una jineta parturienta. Laura Pausini está mostrando el parrús en un concierto. A la sopa boba. Pujol cambia el canal con el cañón del fúsil ruso, pone la MTV y parece Nicki Minaj pegada a un cularro del tamaño del Coloso de Rodas: la negra mueve un par nalgas hipertrofiadas como si no hubiera mañana. Más gemidos raros. Más viento.

Chochos y cularros: por delante y por detrás

Ni Femen, ni Pussy Riot, ni neo feminismo radical, ni hostias… El activismo vaginal ha dado el salto de calidad definitivo este verano. Ya veníamos de una temporada potorrera: la mandanga del chumino frondoso como elemento reivindicativo, los maniquíes con gato acostado y todo eso. Lo que nadie esperaba es que la totomanía abandonara los meandros de lo minoritario para dar el salto a los grandes caudales del mainstream. Laura Pausini nos ha brindado la imagen del verano, la de su coño. Un coño que, a causa de un supuesto defecto de vestuario, se asomó alegre y furtivamente ante miles de fans en directo. El coño del verano.

El pepe de la Pau no solo se reveló como un Critter enternecedor de escuetísimo pelaje azabache, sino como el pistoletazo de salida que necesitaban oír muchas señoras ajenas a los canales alternativos del feminismo hipster para liberarse, reivindicarse. El chochamen peludo, un elemento que hasta ahora se identificaba con los movimientos feministas underground de la modernité 2.0, deberá enfrentarse ahora al bacalati mainstream, una almejita perfilada, rasurada en su justa medida, presentable y juguetona. Empieza una guerra de coños que dará que hablar: selvático y de Podemos o italiano y pro sistema. Tú decides.

Donde no decide ni el toto, digo, ni el Tato, es en temas culares. Este verano se ha proclamado oficialmente la era de la nalga bellotera. Y su profeta ha sido Nicki Minaj. Nos espera una campaña 2014-15 de posaderas paquidérmicas, de culoncios nodriza que trazan hipnóticas ondas de tejido adiposo y silicona cada vez que son espoleados por algún sonido twerk friendly. Después de frotar sus asentaderas en el labio leporino de Drake en el videoclip de “Anaconda”, y de abrillantar al escenario de los MTV Video Music Awards con sus nalgas cetáceas, la Minaj ha conseguido sacar el culo gordo del gueto negro y convertirlo en algo cool hasta para la masa blancas. Un mazazo para monitores de spinning, profesores de Pilates y entrenadores personales. Adiós a los melocotoncitos incorruptos por la celulitis. La hipertrofia nalgar ha llegado fortísima, tanto que ya hay clínicas de cirugía plástica abonadas al eslogan: “Eh, zorra, trae tu culo a nuestra consulta y te volveremos a meter toda la grasa que te sacamos”.

Jordi Shore: zapping suicida en Queralbs III

54 horas de encierro, dos ataques de pánico y tres botellas de Smirnoff después, Jordi Pujol echa una cabezadita en el sofá, abrazado al Kalashnikov. Y el ex president sueña. Sueña que le crece un jardín en la barba. Que camina con unas extrañas sandalias por el mundo, como Jesucristo. Que vive en un país mágico lleno de duendecillos que solo beben zumos prensados. Deja un rastro de saliva en la almohada. Ronronea.

Barbas vegetales, Birkenstocks y zumos prensados

Y cuando alguien dijo que la barba estaba acabada… ¡Fulgor, poder de Dios, relámpagos! Aparecen las barbas con flores. Barbas vegetales. Resulta que el hipster ya no tiene suficiente con llenarse el hogar de mosquitos y pulgones a causa de sus huertecitos urbanos. El hipster (o la parodia de lo que queda de él) quiere sentir la naturaleza en la mismísima quijada. Este verano, ha creado una moda que se perfila como el punto de no retorno de todo este estúpido culto a la barba extrema: colocarse flores en la pelambrera facial como si la papada fueran los Jardinets de Gràcia. Desgraciadamente, la brillantísima idea no ha fructificado. Habría sido enternecedor ver a los hipsters de barba vegetal engorilados hasta el extremo de plantarse semillas en la papada y cosechar tomates biológicos, brotes de soja e higos chumbos en su propia jeta. Por lo visto, el límite no eran ni las barbas yogui, ni los bigotes de levantador de pesas de finales del XIX afiliado al Cristianismo Muscular. El límite eran los motivos florales. Dejadme profetizar, pues, que con la barba vegetal hemos pavimentado el camino de lo que está por venir esta temporada: el rasurado nazi.

La inflación del universo barba ha llegado a su cénit con el huerto facial. Es la hora del Big Crunch, de volver a la esencia, y si hablamos de la esencia en estos tiempos radicales, hablamos de afeitados nucleares, de mejillas masculinas lisas como la cara interior de los muslos de Natalie Portman. Las barbas están condenadas a la desintegración. Gillette nos tiene ganas. Lo mejor para el hombre.

Y aunque me produzca cierta excitación saber que las mejillas prístinas revivirán por puro agotamiento hipster, no puedo mostrarme en absoluto satisfecho con la reactivación vía modernillo guarreras de un calzado nauseabundo, primitivo, antihigiénico: las sandalias Birkenstock. En un mundo ideal donde la elegancia y el respeto al prójimo fueran santo y seña, estas sandalias arderían en piras populares. Este verano hemos desayunado, comido, merendado y cenado Birkenstock. Y eso no es bueno. Porque estos mamotretos hippiosos dejan a la intemperie tal porción de pie que resulta imposible librarse de la visión en primer plano y en HD de hongos, uñeros, ulls de poll, durezas y mejillones mal cortados. Rotundo NO a estos zapatones ortopédicos cuyas hendiduras acogen mierda de perro, salpicaduras de pis y otras lindezas de la acera. Sandalias que molan. Oxímoron.

Sandalias, además, que en muchas ocasiones van acompañadas de unas extrañas botellas que los modernos llevan pegadas en la mano. Son botellas con líquidos alienígenas en su interior; de color granate, de color amarillo, de color verde fosforito. Se llaman zumos prensados en frío; zumos de frutas, verduras, tubérculos y cualquier cosa que tenga clorofila que, al ser tratados con el cold pressing mudafucka, conservan todos sus nutrientes, no se oxidan, bla, bla, bla. Es la última jugarreta de la fiebre moderna por comer cosas crudas, cosas extremadamente sanas, apenas mancilladas por la acción del hombre, y no hablemos ya de esa mierda cancerígena que se llama pasteurización. Quita, quita. Dentro de poco nos venderán la pieza de fruta entera y un cacho de remolacha con tierra y gusanos dentro en una botella.

Jordi Shore: zapping suicida en Queralbs III

A Jordi Pujol le despiertan los graznidos de Shakira en la tele. Su novio le tira un cubo de agua encima y parece que la gente lo considera gracioso. Por alguna razón, Jordi Pujol intenta comprender qué le ha pasado a la humanidad este verano con semejante parida. Durante unos segundos, quiere mostrarse comprensivo. Incluso fantasea con lanzarse un cubo encima y salir corriendo en porretas por los Cárpatos gerundenses. Pero en algún momento de su reflexión (en calzoncillos, en el sofá) entiende que su debacle personal ha sido también un cubo de agua helada cayendo sobre las coronillas de los fans, su Ice Bucket Challenge particular a la burguesía catalana. JP se viene abajo. Hay un instante de vacilación en el que piensa en hacerse una deadly selfie y enviarlo todo a tomar por culo. Pero no. Resulta que se le han adelantado, joder.

Cubos, selfies y cadáveres

El Ice Bucket Challenge es una de esos avisos que de vez en cuando nos lanza Dios para que no se nos olvide una verdad inmutable: el ser humano es un borrego. Un bicho gregario. Tonto del culo. No tiene sentido entrar en la trampa demagógica de la solidaridad con los enfermos de ELA. No jodamos. Que la mitad de los que se han grabado el vídeo seguramente no tiene ni repajolera idea de lo que es la ELA. Aún diría más: apuesto a que le importa un carajo. La idea perdió su poder de concienciación al poco de nacer, en cuanto la canallesca vio en ella un método infalible para abrillantar su ego y darse notoriedad en las redes.

El gregarismo tontaina del hombre, acentuado sobremanera en los últimos tiempos por el alcance viral de Instagram, Facebook, Twitter y Youtube, ha adquirido una nueva dimensión de vileza y necedad con el asunto de los cubos helados. Ya nadie sabe por qué lo hace, pero lo hace. Si en tu cuenta no tienes el dichoso documento no eres nadie. Joder, es imposible ver el vídeo que grabaron Skrillex, Paris Hilton, Richie Hawtin y Apu de los Simpson en Ibiza sin sentir una impulso irrefrenable de romper columnas vertebrales. Desconozco el volumen de donaciones, pero algo me dice que el grueso de los tipos que se apuntaron a esta moda que todavía hoy colea no soltó ni un céntimo.

Utilizar una campaña solidaria para enjabonarte el ego, ser tan guay como los demás o promocionarte es la última maldad de un verano amoral, de libre mercado, en el que todo ha valido y en el que algunos hasta casi perecen en el intento. Hace poco, los periódicos hablaban de la primera víctima del Ice Bucket Challenge, un señor de 51 años que, según las primeras hipótesis, decidió finiquitar esta moda con el happening definitivo: recibir el impacto de 1500 litros de agua lanzados desde el un hidroavión… y acabar en estado crítico.

Tragicómica fatalidad que se suma a las selfies mortales, una pesadilla real que este verano ha convertido el hasta ahora juguetón universo de la autofoto en una historia de horror moderno. Hablo de la pareja polaca que en agosto se despeñó por un acantilado ante la mirada de sus hijos mientras disparaba la selfie definitiva. Hablo de los cinco heridos que cayeron a peso por un balcón en Sitges mientras posaban para la foto. Hablo de que las selfies comienzan a cobrarse víctimas, devorar almas y dejar familias quebradas en el pedregal. Las selfies como entidad autoconsciente y sedienta de sangre; los nuevos agentes del Caos.

Y entre todo este galimatías de modas virales que coquetean con la muerte, es obligado quedarse con la respuesta definitiva a tanto cubo, tanta agua y tanto gracioso. El vídeo pertenece a un chalado de la Madre Rusia que ha decidido reinventar la moda los retos mongoloides por causas justas y verterse encima dos cubos rebosantes de heces de animales y aguas fecales. “Me llamo Vurban Todorov. No tengo ninguna causa. Reto a todo el mundo y me empapo de mierda… ¡por la salud!”. ¡Por fin uno que es sincero! Aunque me temo que no hay suficiente cojones juntos en toda la Vía Láctea para que esta tendencia prospere. Una pena, la verdad, pues el agua escasea, pero de gente merecedora de una ducha de mierda vamos sobradísimos.

Jordi Shore: zapping suicida en Queralbs IV

Jordi Pujol delira en alemán. Son ya casi 72 horas del tirón, enjuagando el colapso de su leyenda en litros de vodka. Los canales se suceden en el plasma a velocidad de vértigo. Ha hincado la uña en el botón del mando y ahí se ha quedado, clavada, viendo pasar el dial. De repente aparece en la pantalla un señor con barba y melena recogida en una coleta: dicen que pertenece al partido político revelación del verano en España, que es el futuro de la izquierda. Eructo gigante. Pujol pone la MTV y de repente aparece el mismo tipo. ¡Exactamente el mismo! Melena, coleta, barba, cara de gilipollas… Pero ahora ya no es un político bolivariano español, los presentadores dicen que es un genio de la música, el Mozart de la electrónica, que el mundo va tope de loco cada vez que suelta un cuesco. Jordi Pujol no entiende nada. La realidad le juega malas pasadas. 72 horas despierto. Voces extrañas. Señores barbudos con coleta que se burlan de él en la televisión. Se aferra al fusil y grita.

Syro sé no vengo

¿Qué coño pasa con Aphex Twin? ¿Nos hemos vuelto locos o qué? El runrún de Aphex Twin, hábilmente manejado y orquestado por él mismo a golpe de misterio y subterfugios virales, no es tal, es solo el ruido de fondo de esta masa idiota, impresionable y torrezna de la que todos formamos parte en las redes de Internet. Es la sobredimensión confundiéndose con el más absoluto de los ridículos, el grito de ayuda agónico de la casta moderna, necesitada de un mesías, un mesías en este caso reluctante que no necesita a los modernos para nada. De hecho, los desprecia. Se ríe de ellos. Si realmente le importaran los fans, los millones de tracks inéditos que Aphex dice tener en su archivo ya habrían llegado a casa de todos sus creyentes.

Pero lo más pavoroso es que en este ataque de priapismo aphextwiniano incontenible, nos ha sobrevenido una eyaculación precoz de toma pan y moja; la gente ha manchado calzón antes de tiempo, y el polvazo no ha terminado, joder, ni siquiera ha empezado. Ahí reside la victoria por KO técnico de Richard D. James versus Borregolandia, en conseguir que todo el mundo se corra sin sacarla, y de paso en poner a los verdaderos connaisseurs en una posición incómoda, abocados a mirar por encima del hombro a los entusiastas de postín y practicar un distanciamiento irritante: “Estoy de vuelta de todo, yo ya lo escuchaba cuando tú ibas a la farmacia a comprar tu primer condón, bla, bla, bla”. No les queda otra. Solo una bofetada a tiempo, con la palma bien abierta, como la que le propinó Orlando Bloom a Justin Bieber en Ibiza podrá sacarnos de esta nebulosa depresiva que nos ha dejado en las entendederas el peor verano del siglo. En la tele dicen algo de Jordi Pujol y un Kalashnikov. Masacre en Queralbs o algo así. Definitivamente va ser una temporada de mierda. Coged mi mano. PODEMOS.

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