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Guía rápida para sentirse viajero (y no turista)

El nuevo libro del filósofo Michel Onfray reflexiona sobre los viajes y los nómadas y disecciona a viajeros y turistas

Mirar hoteles. Comprar billetes. Hacer la maleta. Subir al avión. Recordar que te has dejado el cargador en casa. Intentar combatir el mareo con una Biodramina. Sentir una ola de calor casi a punto de aterrizar. Aterrizar. Empezar a pensar en el momento de volver a tomar otro vuelo.

Si eres parte de ese conjunto de personas que aprovecha cada oportunidad para hacer la maleta e irse lejos de casa te habrás sentido identificado con todos los preparativos que conlleva realizar un viaje.

Pero, ¿qué hay de la reflexión sobre el mismo viaje? ¿Sobre lo que supone para el ser humano el acto de viajar? ¿Lo que significa ser un viajero y no un turista más en el lugar de destino?

El filósofo Michel Onfray reflexiona sobre todo esto en su nuevo libro Teoría del viaje: Poética de la geografía en el que además de diseccionar la emoción que supone para los humanos conocer un lugar nuevo, explica lo que significa ser unos viajeros incansables.

I.

El deseo del viaje

Hubo un tiempo en la Tierra en la que las personas solo nos diferenciábamos en dos grupos claros: nómadas y sedentarios.

Pastores y agricultores.

Abel y Caín.

Los deambuladores y los petrificados llevábamos vidas muy distintas, nuestro concepto del mundo era muy distinto y por lo tanto también lo era nuestra vida.

Los pastores recorrían grandes extensiones de tierra sin preocupación social o política mientras que los agricultores se instalaron en un lugar fijo creando ciudades, sociedades y estados.

El resultado de esta diferencia ha sido el del concepto del viaje como un castigo.

"La ausencia de casa de tierra, de suelo supone, antes bien un gesto inapropiado, una pena causada a Dios. El esquema impregna el alma de los hombres desde hace siglos: los judíos, los zíngaros, los romanís, los gitanos... y todas las gentes del viaje saben que los hemos querido forzar al sedentarismo, cuando no les hemos negado el derecho mismo a existir".

La sociedad siempre ha castigado a los viajeros, a los errantes tan alejados del enfermizo nacionalismo de los que solo permanecen. Ya lo dijo Pío Baroja: "El nacionalismo se cura viajando".

II.

¿Cómo elegimos el destino?

Una vez que nos hemos decidido a dar el paso de salir de nuestra burbuja de conformidad y comodidad familiar llega el paso de decidir a dónde ir.

" Soñar con un destino es obedecer al mandato que, en nosotros, expresa una voz extranjera. Pues una especie de demonio socrático formula y traza por nosotros ese relámpago que calcina en nuestro fuero interno lo indeciso, lo impreciso o lo confuso".

Para llegar a ser un buen viajero, el autor recomienda alejarse de las fotografías de los lugares o de los documentales de viaje y enfocarse en la literatura, los poemas escritos sobre ese lugar, las palabras antes que las imágenes.

III.

¿Cuándo comienza un viaje?

¿Es la planificación el inicio del periplo? ¿La lectura de las guías? Para nada.

Onfray está convencido de que el momento de inicio del viaje se produce en el instante en el que cerramos la puerta de nuestro domicilio e iniciamos el desplazamiento al destino.

Ese momento intermedio, en el que nos encontramos en tierra de nadie, es el verdadero acto del viaje mismo. El momento "durante el cual flotamos en una ingravidez espacial y temporal, cultural y social".

Estamos de hecho, "cada vez más lejos de nuestro domicilio, cada vez menos alejados de nuestro destino".

En esa tierra de nadie nos encontramos con diferentes personajes que también están en medio de la odisea. Con ellos nos sentimos obligados a llenar el tiempo de relaciones, conversaciones, confidencias y, en fin, de simple palabrería.

El relato de una parte de tu vida al desconocido.

IV.

Preguntas que surgen inevitablemente a mitad de un viaje

El autor recopila todas esas preguntas que se arrastran por nuestra mente mientras la azafata del avión explica lo que hay que hacer en caso de un cataclismo aéreo.

"¿Qué idioma hablar, por ejemplo, cuando entramos en el avión? ¿El del país que se deja o el del país de destino?"

"¿Qué punto del cielo permite afirmar rotundamente que se ha franqueado una frontera?"

"¿En qué momento hacemos girar las manecillas del reloj? ¿Exactamente en la mitad de los kilómetros recorridos?"

V.

¿Cómo registrar el viaje?

" Nada hay peor que un diluvio de rastros, una abundancia de fotografías, como no sea la histeria contemporánea y turística que consiste en registrarlo todo con la videocámara a riesgo de reducir la propia presencia en el mundo a la única actividad de filmar".

Olvida hacer 1.000 fotografías en cada monumento. No vas a disfrutar del viaje y al enseñarlas aburrirás a tus visitas.

VI.

Esta es la (verdadera) diferencia entre viajero y turista

"El turista compara, el viajero separa".

"El primero se queda a las puertas de la civilización, roza una cultura y se contenta con percibir su espuma, con captar sus epifenómenos, de lejos, como espectador comprometido, militante de su propio arraigo".

"El segundo intenta entrar en un mundo desconocido, sin prevenciones, como espectador libre de compromisos, con cuidado de no reír ni llorar, de no juzgar ni condenar, de no absolver ni lanzar anatemas, sino deseoso de captar su interior, de comprender en el sentido etimológico".

El viaje, además, sirve en muchas ocasiones para cruzarse con uno mismo, encontrar a su yo perdido en el ajetreo de la rutina y los vagones del metro un lunes a las 8 de la mañana.

"El viajero busca sin cesar y a veces encuentra. El turista no busca nada y no encuentra nada".

VII.

La condena de la continuidad

Ahora que nos hemos adentrado en la filosofía del viaje y hemos probado las mieles de la travesía estamos condenados a repetir la experiencia.

Es posible que vuelvas estresado, cansado, con sueño, con agujetas y con ampollas en los pies. Con el cuaderno lleno de experiencias y la cartera un poco más ligera pero estas sentenciado a querer en unas semanas volver a irte a otro lugar.

A conocer algo nuevo.

A no echar raíces y convertirte en árbol.

"Saberse nómada una vez basta para persuadirse de que volveremos a irnos, que el último viaje no será el final. Salvo si la muerte se aprovecha de un trayecto para acogernos..."

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