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Cuando conoces Calais, pierdes el sentido de la realidad

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Una joven de 23 años relata su voluntariado en Calais

Alba Muñoz

16 Marzo 2016 06:00

Este monólogo ha sido redactado a partir del testimonio de Marina Riera, una joven catalana de 23 años que actualmente reside en Granada. Las fotografías ubicadas entre el texto son suyas.

La jungla

Decidí subir a la furgoneta con cuatro músicos que no conocía para ir a una jungla que está en Europa.

En la televisión dicen que es peligrosa, que es un lugar sin ley, y que la lluvia, el frío y el barro han convertido a los desdichados que la habitan en seres dispuestos a cualquier cosa con tal de sobrevivir.

Eso es lo que cuentan del campamento de Calais, donde viven unos 4.000 inmigrantes y refugiados de todo el mundo.

Cuando subí a una furgoneta en dirección al norte de Francia sin saber lo que iba a encontrar, sólo quería verlo por mi misma, y ayudar.



Un grupo de agentes de la CRS, las fuerzas de seguridad de la policía nacional francesa, nos hicieron parar la furgoneta. Querían registrarla.

—¿Qué buscan? —pregunté.

—Palos, lonas, ladrillos, cualquier cosa con la que puedas montar una estructura —dijo uno de mis compañeros—. Las tiendas de campaña también están prohibidas.

Nosotros sólo llevábamos ropa y comida, y desde fuera, "la jungla" parecía un parque protegido por la policía. 

Cuando terminó el registro y nos dejaron entrar, vi el fango: no volvería a ver mis zapatillas en dos semanas. Después vi cientos de callecitas formadas por miles de tiendas de campaña, montañas de tierra muy oscura, y miles de barracas y carpas.

El campamento no me pareció una jungla, sino una comunidad. Había comercios, restaurantes, escuelas, iglesias, bares

Pero lo que tenía ante mí no me pareció una jungla, sino una comunidad. Había comercios, restaurantes, escuelas, iglesias, bares. Incluso había un hotel "de tres estrellas", una casita fabricada con maderas y lonas con su propia recepción. Puede que lo de "tres estrellas" se refiriera a que el hotel tenía tres habitaciones equipadas con colchón. 

Era imposible tener miedo allí. "La jungla" era simplemente un grupo de gente fundando una ciudad en un territorio vacío, edificando su presente con palos, plásticos y caravanas viejas.



Nuestra primera misión consistó en cocinar 5.000 raciones de comida diarias, o al menos intentarlo. Como voluntarios que íbamos por libre, decidimos dormir en el gran almacén donde llegaban las donaciones, y utilizar los fogones que había allí para hacer cocido con verduras y legumbres. 

Pero pronto mi misión iba a cambiar.

El día y la noche

Hay dos Calais, uno de día y otro de noche. Mientras el sol alumbra, el campamento es un parque temático: hay decenas de periodistas vagando con sus cámaras y haciendo fotos y preguntas, y muchos, muchísimos voluntarios que al día siguiente ya no están.

Me sorprendió encontrar turistas en busca de experiencias exóticas: vecinos de los alrededores venían a comprar tabaco de contrabando, o a comer "auténtica comida kurda" a un precio irrisorio.

De día Calais es un caos, pero sobre todo son cientos de miradas provisionales. Y "la jungla" es un paréntesis en el norte de Francia, pero no es Francia. Ni siquiera es Europa.



De algo estoy segura: el Calais verdadero aparece cuando se pone el sol. Justo antes de que lo descubriera empecé a trabajar en la escuela, el único lugar donde niños de edades y nacionalidades muy diversas pueden aislarse del trasiego constante del campamento. 

No dejábamos entrar a las cámaras ni a los periodistas, pero siempre se colaba alguien. La mayoría del tiempo dibujábamos, leíamos cuentos en inglés o cantábamos canciones. Se trataba de estar juntos y tranquilos.

'Decidí quedarme a dormir en la escuela para saber qué pasa en el campamento cuando no están los voluntarios ni los periodistas, sólo la gente'

Marcos, el director de la escuela, es iraní, y todos le respetan. Aunque pueda salir volando con un golpe de viento, la escuela es una institución importante y un espacio común en el campamento.

Por ejemplo, era el único lugar donde veía mujeres. Cuando uno camina por el campamento da la sensación de que allí sólo vivan hombres. Ellas están relegadas y apenas salen de sus tiendas y casas, sobre todo las mayores.

La noche que decidí quedarme a dormir en la escuela quería saber qué pasa cuando los voluntarios y periodistas desaparecen, y sólo queda la gente.

Cuando uno camina por el campamento da la sensación de que allí solo viven hombres

Terminé en una fiesta iraní, todo eran hombres. Al principio me miraban muy mal, pero poco a poco vimos que algunos nos conocíamos y empezamos a hablar.

Había otras fiestas y bares en casetas, se hacían grupitos masculinos según nacionalidad. Kurdos, ghaneses o iraníes no conviven tanto como puede parecer. Hay gente que lleva años viviendo en el campamento. Otros sólo han pasado unas horas.



La noche de Calais me pareció caótica, pero no en el mismo sentido de la mañana. La mayoría de la gente duerme, pero es entonces cuando muchos se quedan solos con su desesperación. A medida que el control y las estructuras disminuyen, afloran los sentimientos y los conflictos interiores.

'Durante la noche hay menos control, menos estructura, y afloran los sentimientos'

Marcos, el director de la escuela, me pidió que hiciera guardia. Me dijo que por la noche hay gente que merodea. La escuela no deja de ser un almacén de riquezas: ordenadores, placas solares, un generador, comida, ropa. Una noche Marcos encontró al padre de un alumno: "¿Qué haces aquí?", le preguntó. "Si no hago esto, no puedo comer", respondió el hombre.


La policía

En la escuela nos comunicábamos sin palabras. Un día una de las niñas, Shenia, hizo un dibujo que siempre recordaré. En él se veía un barquito lleno de personas navegando de noche.

De pronto ese día se oyó un ruido fuerte a lo lejos, un niño se levantó y gritó: "The Police!". Todos los alumnos corrieron hacia mí y me abrazaron, todos empezaron a llorar a mi alrededor. "Police no, please, police no!".

Algunas palabras, como "police", estaban cargadas de significado para ellos, sin importar la lengua materna o la nacionalidad.



Poco después supimos que un proceso judicial acababa de iniciarse con el objetivo de desmantelar el campamento. Una jueza francesa iba a tomar la decisión definitiva.

¿Cómo era posible? Tanta gente intentado construir su vida desde cero y las autoridades dedicándose a destruir sus nidos todo el tiempo. Para las familias resulta agotador: no poder pensar en nada más que en improvisar un techo con lo que hay en el suelo. 

Intentan articular algo, una comunidad a pequeña escala, reapropiarse de sus propias vidas, pero el gobierno se impone para borrarlo todo. Es un expolio es constante. Eso significa que te roban la vida, porque te impide pensar más allá

Intentan articular algo, una comunidad a pequeña escala, tratan de reapropiarse de sus propias vidas, pero las autoridades siempre se imponen para destruirlo todo. Es un expolio es constante. Eso significa que te roban la vida, porque te impiden pensar más allá.

Lo construyes, lo destruyen.

Corrió la voz: la jueza iba a visitar el campamento a las 9 de la mañana del día siguiente. Los alumnos de la escuela infantil y de la de adultos, y algunos vecinos, decidimos ir juntos a la puerta del campamento para dar la bienvenida a la jueza.

Queríamos intentar hablar con ella, aunque todos sabíamos lo que iba a pasar.



Cuando nos colocamos frente a los agentes de la CRS armados con escudos y porras, nos enteramos. La jueza se había ido hacía media hora. Había adelantado la visita y había paseado por el campo rodeada de escoltas.

Decidimos quedarnos en la puerta. Un compañero y yo empezamos a tocar canciones y los niños empezaron a bailar frente a a los policías. Vi agentes sonriendo a los niños, dándoles la mano. ¿Qué ficción estamos viviendo?

La sentencia

A las 72 horas nos enteramos del veredicto. La jueza había autorizado el desmantelamiento parcial del campamento: las fuerzas de seguridad tenían permiso para tirar abajo las casas vacías, pero no podían tocar los lugares comunitarios como la escuela, la iglesia o el teatro.

La jueza también autorizó a los policías a invitar a las familias a salir de sus casas. Es decir, no se podían llevar a cabo desahucios violentos, pero sí tranquilos.

'Vi agentes sonriendo a los niños, dándoles la mano. ¿Qué ficción estamos viviendo?'

Nos dimos cuenta de que había mucha información y empezamos a repartir octavillas a toda prisa: "Si te dicen sal, tienes derecho a quedarte. Son tus derechos y la sentencia de la jueza".

Al día siguiente hubo gas lacrimógeno y casas reducidas a cenizas. Mucha gente se refugió en las iglesias como si unos bárbaros estuvieran masacrando la ciudad. Solo que esta vez los pueblerinos eran los bárbaros, y la policía y los franceses omnipresentes, las víctimas. 

Además de desmantelar parte del campamento, el gobierno francés abrió otro "oficial" justo al lado. Sólo tiene capacidad para 1.500 personas, está rodeado de vallas. Para entrar y salir, los habitantes tienen que identificarse con su huella dactilar.

Al menos en "la jungla" cualquiera puede salir y entrar a pie con libertad.



Y de pronto tuve que volver a casa.

Mientras recorría en furgoneta los pueblecitos rurales del norte de Francia todo me parecía más o menos normal.

Pero entonces llegué a París, y vi tantos edificios gigantes iluminados… No entendía nada, mi cerebro no lo asimilaba. Había vivido dos semanas en un vórtice lleno de personas que tratan de sobrevivir, y ahora estaba en la capital radiante y luminosa.

"Todo es una ficción, no es real", pensaba. "¿Qué era más verdadero, el campamento o París?".

Hoy aún me parece imposible es que esos dos lugares existan a la vez, y que se encuentren tan solo a 3 horas de distancia en coche. Creo que ya soy capaz de digerir el mundo en el que vivo. El horror que está alimentando Europa es tanto que se ha vuelto absurdo.

Lo más realista es pensar que se trata de una gran ficción.


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