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Manual básico para reconocer a un cultureta (y acabar con él)

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El cultureta va más allá del postureo, es un elemento intelectualmente nocivo que debe ser exterminado: aquí van las claves para reconocerlos, y sus puntos débiles

Tito Pullo

06 Marzo 2014 14:13

No existe figura más repugnante en el mapa social contemporáneo que el cultureta. Ríete tú de las feminazis, los emprendedores y las chonis: si tuviéramos aquí delante la lámpara de Aladino, brotara de repente un genio tras sacarle brillo con un kleenex manchado de lefa y pudiéramos pedirle un deseo, probablemente fuera la abolición del cultureta, un tipo sin sentido del humor que siempre va mirando a la gente por encima del hombro y que se siente convencidamente superior en sus capacidades intelectuales, comprensivas y lectoras al resto de la humanidad porque cree cultivar áreas elevadas del pensamiento. Aunque siempre con trampa, por supuesto, porque el cultureta no es un intelectual, sino un arribista con menos formación que un estudiante de primero de FP que se las da de exquisito cuando en realidad es un zote, o estulto. La gente común, popular, lo llama ‘postureo’, que no es más que una variación simplificada del farsante de toda la vida, del impostor. La receta del cultureta consiste, sobre todo, en fingir que le llena intelectualmente algo que en el fondo le repugna (por ejemplo, “Nymphomaniac”) y en despreciar todo aquello que mínimamente sea aceptado por el gusto popular (lo que va de Russian Red a “12 Años de Esclavitud”): es esclavo de las apariencias, no puede permitirse ni una sola rendija de debilidad en su coraza social, por eso cataloga de mierda el 99% de las cosas y se baja del tren cuando empieza a subir la masa. Pero como todo lo que es fachada, siempre hay grietas. Al cultureta lo tenemos caladísimo, nos da un asco profundo capaz de hacernos vomitar el desayuno durante milenios, y es fácil reconocerlo porque siempre dice que le gusta a), pero en realidad disfruta con b). Marchando un manual de iniciación.

1. Nos da la chapa constantemente con Marina Abramovic

Manual básico para reconocer a un cultureta

Luego probablemente disfrute en privado de las reposiciones de “Hostal Royal Manzanares” y le dará el pésame en privado a los amigos más íntimos cuando le dé el apechusque final a Lina Morgan, que dicen que no tardará en rilarla (pero jamás lo dirá públicamente en Facebook; no se despidió ni de Resnais, y se lo piensa con Panero), pero en público el cultureta es un aficionado a ciertas artes escénicas arcanas, porque no tienen ningún sentido lógico y quiere intentarnos convencer de que contienen la esencia y el misterio del universo. De entre todos los estafadores de la performance, destaca sobre todo Marina Abramovic, una mujer coñazo con menos gracia que el pitorro de un botijo que ha basado toda su obra en sentarse en una silla y hacer que la gente a su alrededor le cuente cosas o haga la estatua. Es como una conversación incómoda de ascensor con mucha gestualidad estúpida. El cultureta adora a esta mujer, aunque probablemente no sepa quién es Ionesco (le suena vagamente de algo, hace ver que tiene obras por casa y que las lee cuando va a cagar, pero en realidad se dedica a inspeccionar bien la contraportada del As). Cuando apareció el documental, “The Artist is Present”, embadurnaron con su babilla las portadas de los carteles, e hicieron cola en el Teatro Real de Madrid para soportar el bodrio de ópera que presentó, pero desde que empezaron a circular vídeos en YouTube se ha echado atrás en la defensa de la serbia. Y desde lo de Lady Gaga, aún más.

Lo que le gusta en secreto: Kiko Matamoros sacándole los ojos con un croché verbal (“eres un ser sucio y un iletrado, mequetrefe, que te ven cada sábado saliendo de la casa de las lumis con la espalda doblá”) al primer invitado que caiga por “Sálvame”.

2. Sólo recomienda cine iraní o rumano

Manual básico para reconocer a un cultureta

Todo lo que sea raro y no tenga ningún recorrido comercial es su credo. Todavía no se han puesto de acuerdo las revistas especializadas para coronar al mismo nivel de Lars von Trier, Michael Haneke y Leos Carax -a quienes antes adoraba y ahora desprecia como si fueran una colilla tirada a la vera de un árbol, posteriormente orinada por un perro- a directores como Ashgar Farhadi (“Nader y Simin, Una Separación”), Giorgios Lanthimos (“Canino”) o Cristian Mungiu (“4 meses, 3 semanas, 2 días”), que dan mucho caché en las conversaciones. El cultureta se pasea cómodamente entre el cine social con algunos matices turbios, y estos autores son todavía un coto lo suficientemente privado como para que la chusma todavía no haya penetrado en sus incomodidades. Ocurre lo mismo con Roy Anderson y Arnaud Desplechin, pero ya no con Abdellatif Kechiche, que es un vendido de mierda. El gran problema es Ulrich Seidl: nunca ha llegado a ser adorado como Haneke, pero le deja mal cuerpo. No sabe si queda bien decirlo en público para fardar o se queda como un hotentote más vulgar que el pecho palomo del Increíble Hulk.

Lo que le gusta en secreto: Ben Stiller (más “Noche en el Museo” que “Zoolander”), The Rock, las películas clásicas de Stallone, “Algo Pasa con Mary” y las obras completas de Seth Rogen.

3. Hace dieta macrobiótica

Manual básico para reconocer a un cultureta

No existe mayor signo de la degeneración de la raza de aquellos seres humanos que niegan su naturaleza y deciden que hay cosas que no las van a comer. Si la especie ha progresado, se ha fortalecido y ha ganado en esperanza de vida no ha sido precisamente por desayunarse cada mañana una lechuga entera como hace Tao Lin, sino por combinar sabiamente las proteínas animales con los hidratos de la pasta y los cereales, los lácteos con los zumos y llevar una dieta equilibrada. El progreso de la civilización está en la dieta (al menos en lo que concierne al desarrollo del cuerpo, su mayor fuerza y capacidad invasora, razón por la que NOSOTROS siempre les invadimos a ELLOS menos cuando estábamos malnutridos y llegaron los árabes en 711 y arrasaron con todo). Y entonces llegan los culturetas y dicen que no: que sólo cereales y agua, que los peces pobrecitos, que tienen ojos, y que qué asco comerse un pollo (cuando luego no les importa comerse una po…, bueno, no sigo), y que viva el tomate, el tofu, la madreselva y el extracto de jazmín para aderezar las aceitunas. Esta pose en lo alimenticio, este esnobismo en lo culinario, es propio del cultureta, que ya ha visto cómo la masa le arrasaba los restaurantes japoneses, etíopes y griegos (los mejicanos fueron una batalla perdida hace mucho tiempo, en la era de los dragones), y nos dan la murga con los complementos vitamínicos, las bayas desenterradas en Laos y la esencia de mandrágora importada de las Islas Salomón. Pero qué asco.

Lo que le gusta en secreto: el menú básico de McDonalds, a saber: caja de McNuggets de 9, coca cola grande de manguera, helado Ben & Jerry’s y la Big Mac, acompañada de patatas deluxe con salsa agria y una segunda hamburguesa extra, al precio de un euro, de vacuno con loncha de queso. Luego regüelda fuerte y disfruta cuando, al echarlo todo, comprueba que el papel se mancha, como debe ser.

4. Dice que lee a Cortázar, poetas desconocidos y filósofos germánicos

Manual básico para reconocer a un cultureta

El cultureta no tiene suficiente con Juan Manuel de Prada: quiere algo más. Aunque luego no lo lea. Vas a su casa y en realidad tiene cuatro libros mal contados, pero la mayoría son de poesía (pero no una poesía cualquiera: poesía del siglo XXI, esa que no lee nadie, esa que no le interesa ni la Tato, esa que existe en tiradas limitadas de 50 ejemplares que el autor (o autora, sobre todo autora) regala a sus amigos con dedicatorias tipo “huyó mi corazón en pos de la musa y lo que me trajo fueron versos de amapola, dedicado a Paola”, y con explicaciones muy impostadas del tipo “esta vez me he inspirado en las ‘Soledades’ de Góngora, todo ello un poco mezclado con Emily Dickinson, en verso libre” o “quise darle nuevos aires a la cuaderna vía, con sus hemistiquios, pero me pareció un verso tosco y acabé recuperando la octava real”. Por no hablar de los volúmenes de pensamiento: igual se cuela algún Heidegger, pero sobre todo tiene mucho Sloterdijk en ediciones de Siruela a 45 euros la pieza. Aunque su dios es Cortázar: esa bohemia con fragancia de pitiminí, esos discos de jazz en piedra, ese fumar como un carretero, ese perseguir el amor desesperadamente pero dejándolo en manos del azar, ese follar en colchones piojosos de la Rue Pigalle, ese vino caliente, ESA PUTA MIERDA.

Lo que le gusta en secreto: lo que a todo el mundo, lógicamente, que es “Juego de Tronos”, Matilde Asensi, Stieg Larsson, viejos ejemplares en bolsillo de “Alexandrós”, la novela erótica light y El Jueves.

5. Escucha bandas no-wave, blues de los años 20, cabaret alemán y grupos freaks

Manual básico para reconocer a un cultureta

Por ejemplo, al cultureta le gusta Reynols (ese grupo dadaísta argentino liderado por un frontman con síndrome de Down), pero ya no Daniel Johnston, porque lo ve superado, demasiado mainstream en su retraso mental. Le gusta mucho la excentricidad y el elitismo, pero sin tirarse a transitar caminos trillados como la sinfonía tardo-romántica de Brucker y Mahler, o las cantatas barrocas, o el italodisco, o incluso el rockabilly. El cultureta siempre busca cultivos nuevos que jamás hayan sido tocados por la sucia mano de la modernidad. No es hipster (al hipster, por ejemplo, le puede gustar la new age, o la ópera verista), sino un rastrillador de los sumideros del underground: cualquier banda punk que sólo sacó un cassette con dos canciones la eleva a eslabón perdido de la evolución del rock de riesgo, cualquier ama de casa que grabó una canción soul en la ducha en 1968 la sitúa en el mismo pedestal que a Diana Ross, compra discos de spoken word, ruido con cucharas, techno asimétrico hecho en Turquía en 1989 por un paciente de psiquiátrico y en este plan. Dice que lee The Wire, pero en realidad la tiene de adorno (a lo que añadirá ‘Theodor’, ¿lo pillas, lo pillas, jajajaja? ¡Putos chistes culturetas!).

Lo que le gusta en secreto: Oasis, David Bisbal, Ricky Martin, The Village People, etc. Generalmente mucha música gay-friendly que esconde en una carpeta del Mac identificada como “Esbozos para una tesis sobre el desarrollo industrial de materiales ignífugos”. Y ahí, justo ahí, es donde puede aparecer el último disco de Leiva (el de Pereza, no el gaitero).

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