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¿Manga vs. pederastia? Japón dibuja los límites de la pornografía infantil

Una nueva ley penaliza la pornografía infantil, pero no incluye las representaciones de menores en la ficción animada ¿Es equiparable un cómic o un dibujo animado a una foto o un vídeo que muestran a menores reales, de carne y hueso?

Tras años de presión internacional, el pasado miércoles Japón aprobaba por fin la ley que prohíbe la tenencia de material pornográfico infantil. De acuerdo a la nueva norma, la posesión de fotos o vídeos que muestren a personas menores de edad implicadas en prácticas sexuales explícitas puede dar lugar a penas de cárcel de hasta un año y a multas de más de 7.000 euros.

La nueva legislación ha sido valorada como un paso en la dirección correcta desde todos los frentes de la sociedad nipona, pero hay un asunto que es motivo de fricción y discordia: el manga y el anime no se verán afectados por la prohibición.

¿Es equiparable un cómic de contenido sexual a una foto o un vídeo que muestran a menores reales, de carne y hueso?

Como era de esperar, en el paraíso hentai hay opiniones para todos los gustos.

Japón, un caso aparte

Aunque la producción y distribución de pornografía infantil está prohibida en Japón desde 1999, su posesión continuaba siendo legal hasta ahora, un extremo que hacía del país del sol naciente un caso único dentro de la OCDE. “Durante demasiado tiempo, hubo un pobre entendimiento de los derechos del niño en Japón”, reconoció el político Kiyohiko Toyama a Reuters a raíz de la votación de la ley. Y hay quien opina que los productos anime y manga que muestran escenas con contenido sexual protagonizadas por personajes de aspecto infantil van en contra de esos derechos, en la medida en que contribuyen a propagar una idea de normalidad en relación a prácticas prohibidas por la ley.

Desde la industria de la animación se niega esa idea, apelando a la diferencia entre ficción y realidad, y argumentando que la prohibición de este tipo de materiales supondría además una limitación de la libre expresión. En declaraciones a CNN, Daisuke Okeda, abogado portavoz de la Asociación Japonesa de Creadores de Animación, sostiene que el objeto de la nueva ley es proteger a los menores de posibles abusos y, por tanto, considera que la extensión de la prohibición a los productos de animación no tendría sentido en tanto que “no satisfaría la meta que persigue la ley”.

Ken Akamatsu, lobbista a favor de la asociación de animadores, añade que una prohibición de material animado explícito podría dañar a toda la industria, creando un marco de inseguridad en el que los creadores no actuarían con libertad por miedo a romper las reglas. Y no hay que olvidar que la industria de la animación mueve en Japón más de 4.000 millones de euros al año entre comics, revistas y películas. Akamatsu recalca, además, que en el caso del manga y el anime nadie resulta físicamente dañado. “Ver a niños reales sufriendo y llorando no es aceptable. Pero el manga no implica a niños reales. Así que no hay realmente víctimas”.

En el frente contrario se posicionan organizaciones sin animo de lucro como Lighthouse, que sostienen que los niños japoneses se ven perjudicados por la mera existencia de una cultura visual que parece aceptar el abuso sexual infantil. Su responsable, Shihoko Fujiwara, pone como ejemplo un caso real en el que un adulto utilizó dibujos animados para convencer al niño que iba a ser su víctima de que el abuso sexual era una práctica normal.

Voces críticas insospechadas

Toshio Maeda

No sólo desde el frente político y el del activismo pro derechos de los niños se insiste en que la legislación debería ir un paso más allá, incluyendo en sus supuestos cierto tipo de material animado. También personajes como Toshio Maeda, considerado por algunos como uno de los padrinos del manga erótico y el anime hentai, se muestran a favor de una posible prohibición.

Maeda le debe su fama a series como La Blue Girl, Demon Beast Invasion y Urotsukidoji, en las que a menudo retrataba a mujeres muy jóvenes molestadas sexualmente por monstruos multitentaculares. Sin embargo, vería con buenos ojos la censura de cierto tipo de representaciones sexuales protagonizadas por personajes menores de edad, en particular aquellos géneros conocidos como lolicon (en el que se representan relaciones entre niñas prepúberes y varones que doblan o triplican su edad) y shotacon (muchachos jóvenes que tienen relaciones sexuales con otros muchachos o con hombres mayores).

“Creo que los sentimientos de las víctimas son más importantes que el derecho a la libertad de expresión y esas mierdas”, comenta Maeda en declaraciones a Vocativ. “No estoy legitimado para decir nada sobre el trabajo de otros artistas. Pero si soy sincero, he de confesar que lo odio”, dice en relación al manga sexual protagonizado por niños.

Maeda defiende su propio trabajo asegurando que siempre ha mantenido la edad de sus personajes cercana a los 18 años, mientras que en el lolicon y el shotacon son habituales las representaciones de niños y niñas que no parecen sobrepasar los 10 años de edad. Esa obsesión del universo animado japonés por los personajes aniñados, por esa cuteness de apariencia cándida de las colegialas, sería parte del problema. “Las chicas asiáticas siempre parecen más jóvenes que las occidentales”, añade Maeda. “Por ejemplo, incluso en el manga de negocios un hombre de mediana edad asalariado tiene el aspecto de un adolescente”.

Regular las carácterísticas de esas representaciones, limitando la utilización de personajes de aspecto aniñado en cierto tipo de contextos sexuales, sería un primer paso a seguir si la industria del hentai quiere evitar su demonización como fuerza alentadora del abuso sexual infantil.

La representación pornográfica como legado cultural

En el fondo, el debate en torno a la posible prohibición del manga o el anime de contenido sexual va más allá de las consideraciones morales o legales para adentrarse en el terreno de la tradición cultural.

No hay que olvidar que en materia de fantasía sexual, Japón es un universo aparte. Se podría decir que el mundo de las parafilias es más extenso e inquietante allí que en ninguna otra parte. Las perversiones campan a sus anchas en películas pornográficas, en cómics, en el cine anime y en el mismo entramado urbano de las grandes ciudades, plagadas de ofertas de ocio sexual que aquí veríamos como enfermizas. Todo ese conjunto de prácticas conforma una especie de continuum erótico cuyos orígenes habría que ir a buscar al ukiyo-e o arte shunga del período Edo (1603-1867), a las llamadas “imágenes de primavera”, siendo primavera un eufemismo para referirse al acto sexual.

Así lo ve el propio Maeda, quien, a pesar de sus críticas a los subgéneros hentai protagonizados por niños, defiende el valor del manga erótico como expresión moderna y remanente de una tradición de muchos siglos. Maeda cita, no sin razón, la influencia de la cultura occidental como causa del declive de una visión histórica de la sexualidad en Japón que se distinguía por ser mucho más libertaria.

La producción gráfica shunga mostraba escenas que describían relaciones sexuales de todo tipo, incorporando en ellas a los más variados actores de la sociedad japonesa de la época (comerciantes, samuráis, cortesanas, doncellas, funcionarias, monjes budistas) e incluso a seres fantásticos y mitológicos. Aquellas láminas, grabados y álbumes ilustrados gozaron de un gran predicamento entre el pueblo japonés, hasta el punto de ser considerados parte de la educación sexual dentro las familias acomodadas.

shunga

Con la progresiva apertura de Japón hacia occidente, a partir de 1854, aquellas representaciones sexuales empezaron a ser vistas de otra manera. Durante los primeros años de la era Meiji, a finales del siglo XIX, el país adoptó una moralidad de influencia victoriana, y se prohibió de forma explícita el shunga, aunque su producción continuó hasta la entrada en vigor del código penal japonés de 1907, en el que se establecían penas de cárcel para cualquier persona culpable de distribuir, vender o exhibir en público cualquier tipo de documento considerado obsceno.

Al igual que el shunga, el manga y el anime hentai en todas sus categorías (desde el tentacle rape a las representaciones hermafroditas o transexuales del futanari) son sexualmente explícitos en sus descripciones. Todas esas expresiones forman parte de la misma línea cultural. Pero sus raíces podrían rastrearse aún más atrás en el tiempo, acudiendo a la prehistoria de Japón, al sintoísmo, a mitos como el de la creación de Japón, según el cual los dioses Izanagi e Izanami crearon ocho grandes islas a resultas de practicar sexo en torno a la columna de Ama-no-mi-hashira. De ahí que desde el gremio del anime y el manga se argumente que una posible prohibición del material erótico animado supondría, no sólo una limitación a la libre expresión, sino también una afrenta a la tradición cultural japonesa.

“No entendemos por qué la gente de occidente arma tanto jaleo por esto, es sólo ficción”, sostiene Maeda. “ Los humanos no somos inocentes. Cuando piensas en que quieres matar a alguien —todos hemos tenido ese tipo de sentimientos una o dos veces en la vida, ¿cierto?— o quieres violar o molestar sexualmente a alguien, necesitas desfogarte. Este tipo de escenas hardcore te facilitan ese desahogo”.

Decía Foucault que la historia de la sexualidad debería leerse en primer término como la crónica de una represión creciente. Y el actual debate no se entiende sin acudir a la historia, a los mitos y a las particularidades de la tradición cultural del país del sol naciente.

De momento, los japoneses consumidores de pornografía infantil tienen doce meses para deshacerse de su colección de material punible. Nadie, sin embargo, tendrá que esconder sus cómics manga o sus películas anime de elevado tono sexual. Al menos por ahora.

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