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Madrid no es ciudad para personas discapacitadas

Una polémica pieza en las nuevas marquesinas encierra más polémica de lo que parece

Desde hace unos días, una llave Allen está siendo la mejor aliada de la reivindicación de un Madrid más habitable. O, al menos, la responsable de un dolor de cabeza entre los responsables de las nuevas marquesinas de autobús de la capital.

El colectivo de chicas y chicos Distrito 14 se puso manos a la obra con la ayuda de la citada herramienta para eliminar las piezas que desde hace unos meses incorporan las marquesinas de la Empresa Municipal de Transportes. Esta especie de reposabrazos, colocado en el centro de la superficie, impide claramente que una persona pueda tumbarse en el banco.

Acompañada del hashtag #ArreglaTuMarquesina, la acción tiene un claro propósito: visibilizar la doble penalización de las autoridades madrileñas a las personas que carecen de techo. El mensaje del ayuntamiento para estas personas es, según el colectivo, claro: además de no dejarlas dormir bajo un techo digno, se les impide también hacerlo en estas marquesinas nuevas. Con tres millones de viviendas vacías en todo el país, no parece que la invisibilización del problema sea la mejor solución.

La versión del ayuntamiento es que se trata de una medida que favorece la accesibilidad para personas con discapacidad. Se apoyan en este Real Decreto de 2007, que, en su Anexo V referido al transporte urbano, enuncia textualmente que “los asientos agrupados o individuales tendrán reposa brazos al menos en su lateral exterior”.

Lo cierto es que las piezas no se encuentran en el lateral exterior sino que dividen la superficie del banco en dos partes, impidiendo, circunstancialmente, que nadie pueda echarse sobre él. ¿Cumplen realmente estas polémicas piezas el cometido que les atribuye el consistorio? Desde la Asociación de Parapléjicos y Personas con Gran Discapacidad Física de la Comunidad de Madrid (ASPAYM), Yolanda Hernández reconoce que “es cierto que los reposabrazos ayudan a personas con problemas para sentarse y levantarse. Sobre todo las utilizan las personas mayores, y usuarias de muletas, bastones o andadores”.

Estos días, los reposabrazos de las marquesinas son el foco de la disputa, pero lo cierto es que una ciudad como Madrid pide a gritos que ampliemos la mirada para señalar los verdaderos problemas de accesibilidad a los que se enfrenta una persona con movilidad reducida. Para Yolanda, “el gran problema es el acceso a los espacios y la movilidad por la ciudad. Las rampas inclinadas, las escaleras, los espacios estrechos: todo está pensado para el ciudadano sano y joven que conserva toda su movilidad, no para otras personas”.

Concretando, no es nada fácil “moverte en barrios en los que las aceras son muy estrechas, y en las que además, ese espacio reservado para peatones se comparte con las motos, con los cubos de basura o con señales de tráfico, impidiendo que un usuario en silla de ruedas pueda pasar. Si una persona no puede salvar el escalón entre acera y calzada tiene que ir por la calzada por donde transitan los vehículos. Al ir en silla de ruedas la altura es menor y puede ser que los vehículos no te vean”. También es complicado, denuncia,  “acceder a un comercio en el que te encuentras con uno o varios escalones para acceder. Esto en tiendas que se abren a día de hoy, con la normativa existente que obliga a que se haga accesible, sigue pasando”.

El Metro de Madrid acumula innumerables quejas de sus usuarios durante los últimos meses. Basta echar un ojo a la actividad de la cuenta Sufridores del Metro. Allí se hacían eco hace unos días de la denuncia de este usuario tanto del suburbano como de una silla de ruedas:

“Aunque el Metro de Madrid es uno de lo más accesibles del mundo, sigue sin serlo al 100%. Hay falta de ascensores en determinadas líneas, o ascensores que no funcionan en aquellas que sí que existen. Supuestamente el 100 % de la flota de autobuses de la EMT es accesible, pero con un sistema que falla continuamente. Con rampas que no se abren y en ocasiones con falta de concienciación de los conductores o de los propios usuarios del autobús, que te ponen mala cara o que te dicen que la rampa está rota porque abrirla lleva unos minutos. El cercanías ya es otro mundo, prácticamente inaccesible para usuarios de silla de ruedas”, se lamenta Yolanda.

Pero el problema del transporte no sólo radica en el progresivo empobrecimiento de la red pública madrileña. El privado, el coche, también ofrece dificultades. Por ejemplo en la escasez de plazas reservadas. “Son insuficientes, además todavía en algunos casos hay un uso fraudulento de las mismas por personas sin ningún tipo de discapacidad”.

Los obstáculos se multiplican en el tiempo de ocio.  Yolanda enumera algunos: “Escaleras infinitas, mostradores o barras de bares altas, rampas insalvables, asientos reservados en espacios de escasa o nula visibilidad al precio de una entrada cualquiera, la obligación en algunos casos de comprar tu entrada con acompañante o de recoger tu entrada comprada por internet en la taquilla, con el problema de desplazamiento que eso conlleva”. Además, “ un gran problema es el de los baños accesibles, que no encuentras casi en ningún sitio. Ni siquiera en todos los hospitales públicos existen los suficientes baños accesibles, cuando es lo que se espera de un sitio así. En algunos casos, si los encuentras están cerrados con llave y tienes que ir a buscar al conserje o a otro para que te abra, o debido a su gran espacio lo utilizan de almacén”.

Cabe ahora preguntarnos si el ayuntamiento de Madrid se mostrará tan diligente a la hora de solucionar todos estos graves problemas de accesibilidad en la ciudad. Bastaría la misma que han mostrado a la hora de cambiar las marquesinas, si la razón oficial esgrimida es sincera y no un mero parche en año electoral.

¿Está utilizando el ayuntamiento de Madrid como escudo político a las personas discapacitadas?

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