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Cómo destruir una ciudad en seis días de rabia

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Seis días es la novela de Ryan Gattis que reconstruye los disturbios que asolaron Los Ángeles en 1992

silvia laboreo

19 Marzo 2016 06:02

6 días, 144 horas, 8.640 minutos y 518.400 segundos. El tiempo necesario para destrozar una ciudad con 200 años de vida.

2.000 muertos, 53 heridos, daños materiales que rondan entre los 800 y 1.000 millones de dólares. 3.600 incendios, 1.100 edificios destruidos y 10.000 personas detenidas.



Estas son las escalofriantes cifras de uno de los mayores disturbios que ha vivido la ciudad de Los Ángeles.

Sucedió en 1992. Ahora, a punto de cumplirse 25 años desde los hechos que motivaron aquella explosión de ira racial, la novela Seis días (editada por Seix Barral) del escritor americano Ryan Gattis nos traslada al corazón de aquellos caóticos días de abril para recordarnos que la violencia no es más que una reacción en cadena.

Gattis recompone, a través de 17 retratos en primera persona conectados entre sí, los días turbulentos de rabia, violencia, pillaje y destrucción que sucedieron a la absolución de los policías responsables de la brutal agresión a Rodney King.

Nadie ha olvidado aquellas imágenes.



“La mayoría de la gente tiene las luces del porche apagadas. Las del jardín de atrás también. No hay nadie fuera de su casa. No se oyen los ruidos de costumbre. No suena la música nostálgica del programa de Art Laboe. No hay gente arreglando sus coches. Cuando paso entre las casas solamente oigo los televisores encendidos y a todos los presentadores hablando de los saqueos, de incendios, de Rodney King, de la población negra y de la rabia”.

Comienza la cadena de destrucción. Son las 3 y cuarto de la tarde de un 29 de abril de 1992. Un jurado compuesto casi exclusivamente por ciudadanos blancos absuelve a cuatro agentes de policía que habían golpeado salvajemente a un hombre negro, Rodney King.

King, que conducía borracho, fue parado por la policía. Los agentes le sacaron de su coche, le dispararon con una pistola eléctrica y le propinaron una brutal paliza. La escena fue grabada por un videoaficionado que pasaba por allí, George Holliday, y las imágenes dieron la vuelta al mundo.



El veredicto judicial, favorable a los agentes, prendió la llama que incendiaría la ciudad de Los Ángeles.

Seis días en los que LA no fue la ciudad de las estrellas, sino la caldera de los estrellados.

Pocas horas depués de hacerse pública la sentencia exculpatoria, el camionero blanco Reginald Denny es detenido, sacado de su camión y golpeado hasta dejarlo inconsciente por una pandilla de afroamericanos. Todo ello es grabado por la cámara de un helicóptero y proyectado en televisión.

Pura violencia televisada.

Poco después, en el mismo sitio, el guatemalteco Fidel López también es agredido. Golpean su cabeza con un aparato de radio y pintan su cuerpo y genitales con aerosoles.

El mundo asistía absorto desde sus sofás a un espectáculo brutal en tiempo real. Una lucha por ver quién era el más fuerte. El más incivil. La ley de la jungla trasplantada en plena meca del cine.

En 121 horas, cincuenta y tres personas perdieron la vida. Eso dicen las cifras oficiales. Pero hubo muchas más muertes no contabilizadas provocadas por aquellos que aprovecharon los disturbios para dar rienda suelta al caos.



El jefe de policía de Los Ángeles, Darryl Gates, fue acusado de blindar la ciudad de tal forma que los amotinados sólo pudiesen quemar sus propios barrios y la zona sur, la parte más deprimida de la ciudad. Gates se dedicó a cortar la ciudad con tiralíneas, estableciendo las fronteras entre la vida y la muerte, entre los saqueos y la tranquilidad, entre el fuego y las balas, entre los negros y los blancos, los latinos y los orientales.

“El tráfico no está tan mal, sin embargo. Desde aquí veo la 710 y está vacía. Todo el mundo está en casa esperando a que pase el marrón o bien metiéndose en líos. No hay nadie conduciendo".



Miles de personas en Los Ángeles, principalmente jóvenes afroamericanos y latinos, se unieron en lo que fue presentado como un disturbio racial, aprovechando el caos para acometer pillajes, incendios provocados y asesinatos. “Aquello era el salvaje Oeste pero con las calles asfaltadas”, explicaba Ronald Roemer, el que fuera el jefe del departamento de bomberos de Los Ángeles por esa época.

Seis días reconstruye lo que podrían ser 17 historias perfectamente reales, unidas entre sí por balas, sangre, odio y raza. No necesariamente en ese orden.

Comienza con el cadaver de Ernesto Vera, un joven mexicano que vuelve de trabajar y es asesinado brutalmente por una banda rival.

Continúa con su hermana Lupe Vera, alias la Payasa, con Mosquito, con Gran Destino, con Bicho, con Apache, con Vigía... con el resto de miembros de una banda de pandilleros que está hambrienta de venganza. Los alias y los nombres se mezclan en las calles de Los Ángeles con el humo de las hogueras, las balas cruzadas y los ajustes de cuentas.



“Cuando miro al norte, veo los puntitos de luz de los incendios y una puta mancha de humo tan grande que ocupa el cielo entero. Todo está negro, como si hubiera anochecido antes de tiempo".

 Coreanos, graffiteros, traficantes, bomberos y enfermeras, bandas latinas, historias anónimas para seis días de disturbios que hoy vuelven a sonar cercanos. Demasiado.

En mitad de la batalla, Rodney King tomaba la palabra, intentando atajar aquel incendio que se había descontrolado.

“¿No podemos vivir todos juntos?”, se preguntaba la chispa de todo aquello en televisión. “¿Podemos llevarnos todos bien? Podemos parar de hacer que la vida sea horrible para los ancianos y los niños?”, suplicaba King.



En realidad, ni aquello era un hecho aislado ni el reflejo de un problema nuevo.

Antes de los Ángeles 1992 hubo un Newark, 1967; un Detroit, 1967; un Florida, 1980... Y siguieron Cincinnati, 2001; Fergurson, 2014; y Baltimore, 2015.

Tras Rodney King fueron Timothy Tomas, Michael Brown y Freddie Gray. Ellos y tantos otros.

Negros muertos a manos de policías blancos. Negros desarmados, que encontraron la muerte el día que menos lo esperaban. La historia de siempre, la rabia de costumbre.

Con cada muerte por violencia policial el debate se reabre, en una especie de día de la marmota constante. Policía, negro, agresión, protestas, fuego, balas, muerte, indignación. Y tras dos, tres, cuatro o seis días... llega la calma. La calma aparente.

Hasta que dentro de un tiempo, la ira prenda y la cadena se vuelva a poner en marcha.

“El mejor momento para conducir en Los Ángeles es cuando se está quemando hasta los cimientos. ¡La idea me hace una gracia de la hostia! Y lo más gracioso de todo es que cada dos décadas llega aquí un día como hoy".



¿No podemos vivir todos juntos?

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