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“El Lobo de Wall Street”: bacanal en el templo de la codicia

Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio presentan la película más salvaje y excesiva de sus carreras. Ya ha escandalizado a académicos seniles y críticos meapilas: como diría Jarvis, this is hardcore

Uno.

En tiempos de inseguridad económica y crisis de identidad, autores tan dispares como Harmony Korine, Sofia Coppola, Michael Bay o David O. Russell se han preguntado por el origen de todo, firmando sátiras agresivas sobre el hedonismo y la ambición sin control que nos han llevado donde estamos. Si “ Spring Breakers” y “ The Bling Ring” colocan la vulgaridad inherente a cierta juventud contemporánea en la mesa de autopsias, “Dolor y Dinero” y la inminente “La Gran Estafa Americana” indagan en el pasado reciente de su país para descubrir que una de las fuerzas motrices del capitalismo moderno es la idiotez supina. Resulta curioso que, en el caso de las dos últimas, el referente fundamental fuese uno de los autores que mejor ha entendido la naturaleza feroz del sueño americano: Martin Scorsese.

Lo irónico es que ninguna de esas obras ha logrado convertir a sus autores en califa en lugar del califa, sino que el estreno de “El Lobo de Wall Street” las ha relegado a la condición de meros entrantes para el pantagruélico banquete que Scorsese nos ha preparado este año. Tres horas que mantienen (en velocidad narrativa, potencia dramática y montaje cocainómano) el ritmo de una de las secuencias más memorables de “Uno de los Nuestros”. Es imposible apartar la vista de la pantalla cuando todo parece avanzar más deprisa que el cerebro humano: ya tendrás tiempo, al abandonar la sala, de preocuparte por los conflictos morales que eso te plantea.

Dos.

“El lobo de Wall Street” está inspirada en las memorias de Jordan Belfort, antiguo broker (actualmente reconvertido en gurú de autoayuda) que ganó 49 millones de dólares durante el año que cumplió los 26. “Lo que realmente me cabreó”, reconoce un Belfort canalizado en pantalla por Leonardo DiCaprio, “porque sólo por tres no llegué al millón a la semana”. Al frente su de su firma, Stratton Oakmont, este criminal de cuello blanco y apetitos caros convirtió las operaciones bursátiles fraudulentas en una bacanal dionisiaca que, durante años, pareció no tener fin. Belfort cuenta cómo tuvo que colocar carteles prohibiendo a sus empleados tener sexo en los baños, su exigente dieta diaria de drogas (cuya cúspide era las Quaaludes, ya retiradas del mercado) y su misoginia exacerbada (para él, las mujeres eran algo que se podía pagar con Visa). Su autobiografía no incluye ni una sola palabra de arrepentimiento, ni un párrafo que disculpe sus acciones: Belfort se veía a sí mismo como un Calígula reencarnado en el Nueva York de los años 90, y su compañía era el sagrado templo de la codicia.

En manos del guionista Terence Winter, creador de la imprescindible “Boardwalk Empire”, la vida de Belfort se convierte en mucho más que una historia de ascenso y caída dentro de los límites legales de la Bolsa estadounidense. Los tiburones de Stratton Oakmont (en su mayoría, antiguos estafadores y rateros de poca monta) son una evolución casi apocalíptica de aquellos gángsters que se hicieron ricos en la América de la Ley Seca y se convirtieron en respetables hombres de negocios en esos maravillosos 70 que relata “Casino”. Uno de los mayores aciertos de “El Lobo de Wall Street” consiste en no mostrar nunca a las víctimas del fraude: para Belfort y los suyos, nunca existieron del todo. Eran sólo anónimos que, como él mismo afirma, no sabían cómo gastar correctamente su dinero. En realidad, esos estafados sin rostro somos todos nosotros: fascinados con arquetipos como Gordon Gekko y demasiado cómodos dentro del sistema… hasta que Lehman Brothers se desplomó sobre nuestras cabezas. “El Lobo de Wall Street” explica, entre otras cosas, la fiesta que dio como resultado tamaña resaca.

Tres.

El católico atormentado que Scorsese lleva dentro siempre ha sentido una obsesión casi obscena con los villanos, pero todos tenían un cierto código de honor hasta que llegó Jordan Belfort. Sus mafiosos debían lealtad a la Familia, Travis Bickle luchaba por lo que creía que era una sociedad mejor, incluso el Max Cady de “El Cabo del Miedo” se movía por un deseo lícito de venganza. Bill el Carnicero se horrorizaría si descubriese en qué se han convertido esas esencias de Estados Unidos por las que él mataba: en Belfort, rata sin escrúpulos que sólo parece guiarse por una voracidad hedonista imposible de satisfacer monstruo politóxico del Id ante el que no podemos dejar de sentir cierta fascinación culpable. Y Scorsese, que lo sabe mejor que nadie, se recrea en ella.

Por supuesto, el otro gran responsable de esta creación superlativa es DiCaprio, un actor siempre comprometido que alcanza aquí su verdadero do de pecho. No parece haber nada fuera de su alcance: incluso, en una secuencia magistral, el protagonista de “Titanic” se atreve a formular una declinación drogadicta del slapstick que garantiza carcajadas en todas las plateas. Porque “El Lobo de Wall Street”, propulsada también por un descomunal Jonah Hill, es una de las comedias más triunfales de la temporada. Lástima que cierto sector de la crítica y algunos miembros de la Academia no hayan sabido comprender la sutil carga de profundidad que acompaña a cada uno de sus gags: el plano final no sólo nos obliga a replantearnos todo el recorrido, sino que también congela nuestra sonrisa hasta convertirla en un rictus grotesco. Un movimiento sólo al alcance de un auténtico maestro.

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