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Dios está en una jeringuilla: la tragedia del cómico más brutal de América

Se publica 'Cómo ser grosero e influir en los demás', la autobiografía del polémico humorista Lenny Bruce

En la imagen, fotomontaje entre Lenny Bruce y "la bandera para ofender a todo el mundo", vía FunnyJunk

"Era una mezcla de Virgen María y puta de a 500 dólares la noche".

Así describió el cómico Lenny Bruce el momento en el que vio por primera vez a Honey Harlow, la mujer a la que amó.

Es una de las frases que Lenny Bruce dejó en sus memorias, traducidas ahora bajo el título Cómo ser grosero e influir en los demás (Malpaso). Escritas justo antes de morir en 1966 y publicadas originalmente por el fundador de Playboy Hugh Hefner, estas páginas son el testamento de una vida atravesada por la moral conservadora estadounidense.

1. Adicto a la risa

América odió a Lenny Bruce. Es un resumen tan simple como cierto. La estadounidense de mediados del XX es posiblemente la sociedad con más tabúes de la historia: el sexo, la religión, la patria, la raza... las drogas. Bruce los coleccionó todos e intentó ganarse la vida con su talento.

De origen judío, nació en 1925 en Nueva York. A los 16, se alistó en la Marina. Tras pasar por todo el Mediterráneo con el ejército, se dio cuenta de que aquello no era lo suyo: decidió vestirse de mujer y fingir que era homosexual. Así se libraría de una disciplina que no iba con él.

Aunque lo de ser homosexual no coló –sus compañeros le habían visto frecuentar todos los prostíbulos femeninos que encontraba– pudo salir de la Armada.

Poco después, a los 22 años, Bruce hizo su primer monólogo y recibió su primera risa. Fue, escribe, como "el relámpago que he escuchado describir a los adictos a la morfina, una manta cálida y sensual que llega tras un rechazo frío y repugnante". Al lado de esto, los 12 dólares y el plato de spaghetti que recibió aquella noche, eran lo de menos.

2. Sal en la herida, humor en la tragedia

Hablamos de hace casi 70 años, pero el humor de Bruce tampoco lo tendría nada fácil en 2015. Basta recordar uno de sus chistes más punk: "Es cierto, los judíos matamos a Jesucristo... ¡pero eso ya ha prescrito!".

O la vez que para hablar del Holocausto se puso en la piel de Adolf Eichmann, el brazo ejecutor de la "solución final", el mismo año en el que lo juzgaron y ejecutaron. Seguramente, hoy Bruce tendría su Twitter o Facebook llenos de unos insultos y amenazas de los que precisamente un nazi como Eichmann estaría orgulloso.

Bruce era de origen judío, pero para él todo podía ser motivo de humor. Incluso su propio origen. Se había hecho un tatuaje cuando estaba con el ejército en Malta a los 16 y sabía que la ley ortodoxa le impediría ser enterrado en un cementerio judío.

3. América vs chupapollas

Se sentía un músico de jazz sin instrumento. Adoraba el espíritu de libertad de un estilo al que sus detractores catalogaban como arrítmico y producto de la ingesta de drogas. En escena, había ocasiones en las que su lengua iba más rápida que su cerebro, en una especie de escritura automática verbalizada o de free-jazz humorístico.

Sus actuaciones en los clubes eran equivalentes a una bandera americana en llamas. Para desmontar la fachada de hipocresía social no dudaba en mencionar todas las incomodidades que podía, como la pederastia o la adicción infantil al pegamento. Decía que le era imposible imaginarse al presidente besando en la boca a su mujer. Y mucho menos yendo al retrete.

En 1961 fue por primera vez juzgado por "obscenidad". Al parecer, América había sido ultrajada porque Bruce había usado la palabra chupapollas en uno de sus monólogos.

Aunque fue absuelto, la moral –y esto en democracia quiere decir policía y jueces– comenzó a vigilarle y perseguirle.

4. Dios en una jeringuilla

En el momento en el que mayor acoso sufría, nunca se olvidó del humor. Como cuando durante un registro desnudo en una aduana tuvo una erección. Cuando los agentes le ordenaron marcharse, contestó: "Tendré que esperar a que se me pase".

Sabía que estaba en la lista negra de América y que, como cuenta en sus memorias, sus enemigos podrían llegar a inventarse acusaciones, como por ejemplo que había masturbado a un perro cuando tenía 12 años. En muchas ciudades su show estaba vetado. A pesar de ser uno de los cómicos más conocidos del momento, en TV solo apareció 6 veces en toda su carrera.

Los clubes nocturnos comenzaron a dejar de contratarle para evitar ser procesados "por su culpa". En su autobiografía, Bruce reconoce que en aquellos momentos se sentía paranoico. Que había "alcanzado el culmen del estrés".

Honey, aquella mujer medio Virgen María medio puta de 500 dólares la noche, tampoco estaba a su lado: se habían divorciado tras 6 años juntos. Era la única mujer que Bruce había amado.

Su adicción a los estupefacientes era cada vez mayor. Llevaba años inyectándose metedrina, un clorhidrato de anfetamina que los médicos le habían recetado para paliar ataques de letargo, una especie de narcolepsia. Además, sufría de depresión severa.

De las drogas en general decía que eran muletas que necesitaban algunas personas para enfrentarse a la vida. De los opiáceos, que también consumía, que le harían morir joven pero que eran como "besar a Dios".

5. El juicio final

En 1964 llegó su último juicio. Tras una actuación en un club neoyorquino lleno de policías camuflados, fue detenido y juzgado por haber dicho más de 100 "palabras malsonantes"...

... pero el juicio nunca terminó, literalmente. Una manta cálida y sensual de morfina acabó con Lenny Bruce antes de que América dictase un veredicto.

Tenía solo 40 años.

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