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7 historias LGTBI que muestran por qué en América Latina también sobra el autobús tránsfobo

La persecución contra la que luchan trans y gais de Brasil, México o El Salvador son ejemplos de que no hacen falta más mensajes que inciten al odio

bus bus

Montaje de PlayGround/Getty

A sus 85 años, la mexicana Samantha Aurelia Vicenta García abrirá en breve el primer asilo público para ancianos LGTBI del país. "Las personas de la tercera edad heterosexuales están olvidadas. Pero las LGTBI somos invisibles", denunció en una reciente entrevista con Alba Losada.

Para gente como ella, y como tantas personas en toda América Latina (y en el mundo entero), que luchan contra la homofobia y por los derechos de las minorías sexuales, sobra mucho que llegue un autobús naranja enorme a emitir mensajes contra lo que llaman "ideología de género".

Sí, el autobús tránsfobo que tanto revuelo causó en España, ha llegado a la Ciudad de México. O, al menos, uno muy parecido.

"¡Dejen a los niños en paz! #ConMishijosNoSeMetan", exclama el autobús puesto en circulación por el Consejo Mexicano de la Familia y CitizenGo, una asociación que agrupa a la plataforma ultracatólica Hazte Oír y que cuenta con el respaldo de la Arquidiócesis de Xalapa, entre otros.

Para curarse en salud, el Consejo Mexicano de la Familia ha avisado en un comunicado que "hay tantas personas buenas y malas entre los heterosexuales, como entre los homosexuales". Pero asegura que el autobús reclama " el derecho primario de los padres a educar a sus hijos conforme a sus convicciones morales y religiosas".

El comunicado continúa, sin embargo, con un enorme desprópósito: "Nos negamos a que nuestros hijos reciban cualquier tipo de educación que no esté sustentada en la ciencia y la razón. Por eso, rechazamos la ideología de género".

Para ellos, al parecer, es una sinrazón educar en la igualdad con tal de que los niños entiendan que un compañero o compañera gay o trans, o cualquiera que sea su género, tiene sus mismos derechos.

Más irracional resulta, por ejemplo, que en los últimos 19 años se hayan registrado 1.218 homicidios por LGTBfobia en México, segundo país del mundo con más casos, según la Comisión Ciudadana contra los Crímenes de Odio por Homofobia.

O que en Brasil —que lidera el triste ránking— mueran 300 personas todos los años por la misma causa, según la ONG Grupo Gay da Bahía. O que se hayan dado los 2.343 asesinatos de personas transexuales en el mundo entre 2008 y 2017 por la ONG Transgender Europe.

Líderes contra la discriminación

A lo largo y ancho de Latinoamérica hay un sinfín de ejemplos de activistas y líderes LGTBI que demuestran por qué sobran este tipo de autobuses y lo que falta son más derechos y visibilidad:

Karla Avelar, salvadoreña finalista del reconocimiento internacional a activistas Martin Ennals de 2017 ha sido perseguida por la violencia tránsfoba y de los pandilleros. La han violado, pegado y disparado. Es precursora de la primera ONG por los derechos de las personas transexuales en El Salvador. En una reciente entrevista con PlayGround, explicó que todavía vive bajo amenazas. "Para los trans en el país, no hay oportunidades laborales", dijo. También denunció la "doble moral" y el "fundamentalismo religioso, católico y evangélico" como las principales fuentes de odio en el país.

La abogada brasileña Gisele Alessandra Schmidt se convirtió la semana pasada en la primera mujer trans en llegar al Tribunal Supremo para conseguir que el cambio de nombre y de género sea posible en los documentos oficiales, sin necesidad de una operación médica. "Cuando me veía en un espejo, me sentía como si tuviese una máscara. El universo masculino no me reconocía", dijo también en otra historia publicada por este medio. Tardó en asumir su identidad femenina y, poco después de hacerlo, se convirtió en abogada. Hoy lucha por los derechos del colectivo LGTBI. "Estoy haciendo historia", declaró en el Supremo de Brasil.

La también brasileña Indianara Siqueira, prostituta y activista, abrió en Río de Janeiro una casa de acogida para personas LGTBI en riesgo de exclusión. Su finalidad es que no estén expuestas a la violencia callejera y que, además, puedan recibir alfabetización y otros tipos de educación. "La transfobia se respira en cualquier esquina", aseguró en abril, pocos días después de liderar una marcha contra una reciente agresión homófoba en la calle.

La primera diputada guatemalteca en reconocer su homosexualidad, Sandra Morán, contó a Clara Gil que está acostumbrada a recibir insultos y amenazas por las redes sociales: "Cuando eres un cargo público estás muy expuesta. Solo espero que mi gesto sirva para que otras pierdan el miedo. De todas formas, no fue una decisión fácil".

Analia Pasantino, transexual y jefa de policía argentina destituida en 2008, fue readmitida el pasado mes de mayo. "Siempre se ha considerado como una enfermedad", le dijo a AP sobre su condición en su país.

Erika Castellanos, activista trans de Belice, se ha convertido en un referente en la lucha contra el VIH en Latinoamérica y el Caribe. "Era objeto de burlas y bullying constante por parte de mis compañeros de la escuela católica", le contó a Silvia Laboreo en diciembre del pasado año.

Quejas por el aborto

Ahora que en Ciudad de México se prepara una nueva Constitución que reconozca el matrimonio gay y que el gobierno de Peña Nieto quiere convertirlo en proyecto nacional, ahora que se han incorporado en las escuelas enseñanzas de igualdad, aparece un autobús naranja metiendo miedo alegando que se adoctrina a sus hijos, como si los homosexuales y trans no hayan sido nunca perseguidos en Latinoamérica.

"Es perverso decirles a los niños que desde los 10 años pueden tener sexo con adultos y abortar...¡Sin conocimiento de sus padres!", exclama también el autobús. 

El aborto está despenalizado en México hasta las doce semanas de gestación desde 2007, si bien tan sólo en el Estado de México se puede realizar sin condiciones. En el resto de estados, tan solo está permitido en caso de violación o de que la madre esté en peligro.

A partir de los 12 años, no es necesario el consentimiento de la madre, pero sí comparecer al aborto acompañado de un adulto. Tan sólo el 5% de los abortos fueron realizados por menores de edad y un 0,7% tenían entre 11 y 13 años en el país, según cifras de la Secretaría de Seguridad, recogidas por Hipertextual diez años después de la despenalización del aborto.

En Michoacán, el gobernador Silviano Aureoles pretende imponer penas de hasta 6 años de cárcel para las mujeres que decidan abortar.

En México abortaron en 2015 1,6 personas por cada 10.000 habitantes, casi 20 veces menos que en Francia.

Pero, para los autobuses naranjas el problema no son los riesgos de los abortos ilegales, la negación de elección para las mujeres o los crímenes de odio y la discriminación cotidiana, sino una supuesta fiebre por educar a los niños en un pecado llamado igualdad. 

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