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'King Mob. Nosotros, el partido del diablo' narra el misterioso camino del grupo radical a través de sus propios textos y acciones

Ignacio Pato

11 Febrero 2015 06:00

Te estarás preguntando qué carajo es King Mob.

King Mob es un misterio y una laberíntica conexión. De William Blake a Tristan Tzara y de éste a Herbert Marcuse, a Alexander Trocchi y a los atentados de la Angry Brigade. De la Comuna de París al rechazo del trabajo asalariado y de la fascinación por el delito a la declaración de defunción del arte como tal. Pero basta de nombres, basta de eslogans. Vamos a nuestra mugrienta y adorable máquina del tiempo. Nos llevamos el libro King Mob. Nosotros, el partido del diablo, publicado por La Felguera. Se viene con nosotros Servando Rocha, escritor especialista en contracultura y una de las personas tras el colectivo editor.

El partido del diablo. El punk antes del punk

Son las Navidades de 1968 y un grupúsculo indeterminado, inasible, se va dar a conocer en los grandes almacenes Selfridges de Londres. Allí, un papá Noel cieguísimo de speed hacía de cebo para atraer a las consumistas clases medias y a su relevo socioeconómico (sus hijos, vaya) a los panfletos que otros compañeros repartían. Eran, para horror de grandes y pequeños, palabras contra la cultura del trabajo y el esfuerzo tan típicamente británica. Era, también, y esto lo saben bien aquellos niños que lloraban mientras la policía se llevaba detenido a Santa Claus, el nacimiento del punk antes del punk.

Servando Rocha reconoce que mantener contacto con los hermanos Wise, fundadores del grupo de agitadores políticos King Mob, le ha supuesto un hallazgo. "Siempre hablan en calidad de derrotados. Se hicieron a un lado. Son brutalmente honestos. King Mob es apasionante, porque en ellos ves el antecedente más inmediato de fenómenos como el punk, la guerrilla de la comunicación o la aparición del terrorismo".

Si los situacionistas buscaban desencadenar acontecimientos que trastocasen el orden de las cosas, King Mob querían ir un paso más allá. Buscaban inducir al caos al capitalismo, subvertir la vida (y con ella el arte) en su totalidad. Esos nuevos escenarios contrarios a los que el poder configuraba son uno de los objetivos que, pasado ya mayo del 68 y con una Internacional Situacionista con más peleas que miembros, va a perseguir la constelación de freaks y ácratas que era King Mob.

Para la sociedad burguesa de la época, King Mob serían algo así como una mutación indeseable e incómoda, más proactiva, de la facción británica de los situacionistas. Guy Debord, el más célebre de todos ellos, plasmó estas palabras en su film In girum imus nocte et consumimur igni (1978): "Nos adherimos definitivamente al partido del diablo, es decir, a ese mal histórico que lleva a la destrucción las condiciones existentes; al lado malo, que hace la historia arruinando toda satisfacción establecida (...). Cuando uno no quiere colocarse en la engañosa claridad del mundo al revés, entre sus creyentes pasará (...) por un príncipe de las tinieblas". Se adecuaba perfectamente a King Mob.

El arte es un cadáver y King Mob no busca ganar

Ya en enero, King Mob había realizado una pintada en la que se podía leer "Algunas cosas, día tras día: metro, trabajo, cena, trabajo, sofá, TV, sueño, metro, trabajo... ¿cuánto más puedes tragar? Una de cada cinco personas sufre un colapso nervioso". Su lucha contra todo necesitaba un punto de apoyo en la realidad. Y este sería la revolución total, inalcanzable por definición. "Nihilistas, un esfuerzo más si queréis ser revolucionarios": ¿qué querían decir con ésto? En palabras de Rocha, "defendían un nihilismo revolucionario, es decir, pasar del nihilismo pasivo al activo, atacar en vez de apartarse y negar la posibilidad de todo cambio. Creo que en King Mob prácticamente no funcionaba el sentido de esperanza que parece ser lo principal en muchos movimientos sociales. En ellos hay un intento por reactualizar el lenguaje político y sus odas a los criminales y delincuentes juveniles pretendían eso mismo".

Si el artista pop de los sesenta se autoerigía prácticamente como heredero de las vanguardias radicales ejemplificadas en el dadaísmo, King Mob sabían que se trataba de puro vacío, fuegos de artificio de un sistema que no les engañaba. Para ellos, el verdadero heredero de Dadá eran los delincuentes juveniles. "El crimen es la más alta expresión de sensualidad" decía otra pintada de nuestros protagonistas. "Aplaudieron el intento de asesinato de Andy Warhol –en junio de 1968 la escritora Valerie Solanas le había pegado tres tiros– y publicaron un cartel que glorificaba el incendio del Louvre por parte de los communards como el gesto más revolucionario del siglo XIX", como apunta Rocha.

Declararon la guerra al arte, a los museos, al trabajo y a la misma izquierda. Hicieron suya la proclama de Duchamp de que el arte había muerto. "Es el arte como cadáver. Los museos como la representación de la vida pasiva, la alienación, la postura del amante del arte como consumidor y espectador". Para Servando Rocha, "King Mob partía del mejor surrealismo y el activismo político, y su postura con respecto al arte fue similar a la defendida por las vanguardias artísticas más radicales y contemporáneos a ellos como los situacionistas. Atacar el arte era un medio para explicar un problema mayor".

En resumen: si los Beatles cantaban All you need is love, King Mob decoraban las paredes con aquel famoso All you need is dynamite. Pero cuidado, tampoco el punk se salvaría de su furia.

Joe Strummer agacha la cabeza ante King Mob

Los músicos, como artistas, no iban a ser menos presa de la crítica de King Mob. Aunque fuesen punk. "Los músicos no pueden mostrar el camino a los desempleados" escriben en el ensayo El fin de la música, firmado con pseudónimo colectivo por los miembros Dave y Stuart Wise e incluido al final del libro. Servando Rocha lo tiene claro. "Este fue el primer ensayo serio sobre el punk. Lo escribieron en 1978, cuando el punk comenzaba su declive y es un texto denso, despiadado, te corta la respiración. Por supuesto que pueden verse las simpatías de King Mob hacia el punk pero no es condescendiente, algo extrañamente inaudito".

Para Rocha, el impulsor de los Sex Pistols, Malcolm McLaren, imitó las acciones y estética de King Mob para el diseño de la banda. De hecho, McLaren llegó a afirmar –falsamente, puesto que se trataba de Ben Trueman– que él era el Santa Claus de la acción de Selfridges. La relación de King Mob con los grupos punk no era idílica. "Los conocieron a todos, absolutamente a todos. Joe Strummer se los encontró por la calle y pasó junto a ellos con la cabeza agachada: acababa de firmar por una multinacional". 

The Clash, con Joe Strummer al frente, en directo. Abajo a la derecha, Shane MacGowan antes de formar el grupo The Pogues

La corbata o la jeringuilla

El camino tras King Mob pareció bifurcarse para algunos de sus miembros y simpatizantes. Como se decía con cierto cinismo en la época, hubo que escoger entre la corbata y la jeringuilla. "Algunos de aquellos que abrazaron King Mob son ahora directores de museos, agencias de publicidad o diseñadores de moda. Otra generación vinculada al grupo acabó en la cárcel, el exilio o la droga", señala Rocha.

El legado de este misterioso partido del diablo que nunca llegó, lógicamente, a ser un partido, pero que quizá no andaba tan lejos del diablo para la sociedad de la época, puede verse en las acciones de guerrilla callejera que vinculan la crítica al arte con la crítica política y una sociedad del post-espectáculo (que nos perdone Guy Debord) que en el fondo se siente profundamente atraída por este comando del exceso, la locura y el amor loco.


Seamos crueles, todo está permitido



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