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El día que la policía de NY tuvo que sacar un tanque a la calle

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Se publica el libro 'Kill City', que recoge material de los squats del Lower East Side de Manhattan entre 1992 y el año 2000

Ignacio Pato

21 Marzo 2015 06:00

Era mayo de 1995 y la policía de Nueva York se plantó en East 13th Street con material antidisturbios, un helicóptero... y un tanque. Trataban de desalojar dos edificios ocupados en el Lower East Side, una zona en la que proliferaron los squats desde finales de los 80.

Los okupas habían resistido allí meses. La ciudad de Nueva York se gastaría un millón de dólares en aquella operación. Finalmente, y como era de esperar frente a una oposición compuesta por una cadena humana, lograron su propósito.



Nueva York entró en los 90 de resacón. Con la reapertura del mercado mundial, la pujanza asiática, la caída del bloque socialista y la posibilidad de un único Berlín en materia cultural, la capital del mundo sentía que poco a poco dejaría de serlo. Apareció la resaca de los juegos bursátiles de los yuppies y mercaderes de Wall Street.

Una resaca que no era nada comparada con su cara B, la del crack, pasta de cocaína evaporada con bicarbonato de sodio que, sumando bajísimos precios con un poder de adicción inmediato, dio lugar a la que se conoció como epidemia del crack entre 1984 y 1990.



En la ciudad había cientos de pisos vacíos, fruto de la especulación inmobiliaria. Los precios de la vivienda, con la complacencia del alcalde Giuliani, subían más y más. Decenas de jóvenes no encontraron otra salida: debían ocupar pisos para poder vivir y desarrollarse en mínima libertad. Ash Thayer era una de ellas. Ahora publica fotos de aquella época bajo el título 'Kill City: Lower East Side Squatters 1992-2000'.



Thayer, estudiante de arte procedente de Memphis, tuvo que abandonar su piso en Brooklyn al no poder pagárselo. Se refugió en uno de estos squats del Lower East Side. Allí, realizó estas fotografías.



Uno de los activos de Kill City es que se centra en los momentos más introspectivos de los participantes en aquella aventura. Hay familia, descanso, trabajo y ocio. Thayer, al ser ella misma una squatter, podía fotografiar momentos que estaban vedados a periodistas al uso. Al fin y al cabo, no se trataba sólo de una cuestión de confianza, sino de seguridad.



Hoy en día, y tal y como la propia autora afirma en esta entrevista, algunos de estos edificios funcionan como cooperativas. No es poco en una ciudad carcomida por las franquicias, apartamentos de lujo y en la que ya no queda ni el mítico CBGB.



Tradicionalmente denostado por quien ve en él una fuente de problemas, suciedad y vagancia, el movimiento squat está íntimamente conectado con el derecho a la vivienda. Gran parte de los edificios ocupados y autogestionados por jóvenes en todo el mundo registran un volumen de trabajo inimaginable para la opinión pública. Basta pensar que, al entrar, hay que hacer estos lugares habitables.



Estas fotos son parte de la historia que no suele contarse. Y tienen además el mérito de documentar lo que no siempre aparece en la prensa mainstream: que bajo la etiqueta de okupas (o squatters) hay personas que sólo buscan un techo lejos de unas ciudades cada vez más caras y exclusivas.







La revolución del día a día comienza por el derecho a la vivienda



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