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Rojos en lo social, derechas en lo económico: ¿así serán las nuevas conciencias?

El New York Times avisa: el pensamiento libertario cala hondo

¿Le gustaría que las mujeres decidiesen libremente sobre su coño? ¿Le indigna que los bancos sean rescatados con dinero público? ¿Aprobaría la despenalización de la compraventa de marihuana? ¿Estima inmoral la ocupación de Occidente en Oriente Medio? ¿La casta política le hierve la sangre? Si ha contestado afirmativamente a estas cinco preguntas, es muy probable que usted sea un votante potencial de Podemos o Guanyem. Aunque también tiene todas las papeletas de ser un libertario en puridad. Y que no lo sepa.

“¿Ha llegado finalmente el movimiento libertario?” Así titulaba la semana pasada el New York Times un reportaje alrededor del despegue del pensamiento libertario y de la figura de Rand Paul, posible candidato a la Casa Blanca en 2016. Considerados tradicionalmente como una pieza marginal de la derecha estadounidense (y mundial), el distintivo de los libertarios consiste en su defensa del libre mercado junto con una agenda visiblemente progresista en materia social: ellos son favorables al libre mercado y a cualquier causa que sirva a la liberación de un colectivo, y en su opinión vivimos en una sociedad gobernada por unas minorías y para unas minorías. Muy lejos de un ideal libre. A juicio del Times este es el contexto que explica su ascenso:

“El 54% de estadounidenses aprueban extender el derecho al matrimonio a las parejas homosexuales. La despenalización de la marihuana es una opinión popular […] Las ganas de intervenir militarmente en el extranjero están bajo mínimos y la preocupación generalizada por la vigilancia gubernamental asoma como un sentimiento que afecta a los dos principales partidos”. Por supuesto, se trata de un escenario fácilmente extrapolable al resto de Occidente. Y también a todo Internet.

De Occupy a la causa libertaria: no a la guerra

Los medios que se han ocupado de este fenómeno convergen en un mismo punto: el auge libertarian tiene profundos matices generacionales. Señalan a los nacidos después de 1980 como la generación más liberal de toda la historia, con opiniones que basculan entre lo socialista y lo libertario y que por ejemplo, y frente a la opinión mayoritaria de las generaciones anteriores, se oponen a Israel y abrazan la causa palestina.

En este sentido, en general, sienten rechazo a las intervenciones militares en zonas de conflicto y se inclinan por las políticas de no agresión, por lo que encuentran a sus adalides en dos actores políticos plenamente novedosos: las propuestas alternativas surgidas al calor de Occupy o el 15-M... y los anarquistas libertarios.

Mientras tanto… en España

Esto que van un capitalista y un marxista, y el capitalista dice:

—¡No hay que rescatar los bancos! ¡A los bancos fracasados hay que dejarlos caer!

A lo que el marxista dice:

—¡Te van a llamar leninista!

Y el capitalista contesta:

—No, ¡me van a llamar capitalista! Capitalismo es privatizar beneficios y privatizar pérdidas; no privatizar beneficios y socializar pérdidas…

La anécdota suena a chiste, pero es completamente real. En concreto se corresponde con una tertulia televisiva en la que participaron Pablo Iglesias y el economista liberal Juan Ramón Rallo. La peculiaridad de este debate es que, frente al espectáculo que caracteriza los debates entre Iglesias y el ala jurásica de la derecha española, en este ajedrez los movimientos son mucho más cautelosos. No hay quiebros retóricos que ovacionar. No hay sarcasmos, ni agresiones, ni oratoria hilarante. Desde posiciones enfrentadas, los dos comparten enemigos comunes: la socialdemocracia y el bipartidismo. Algo parecido se intuye en un debate posterior entre Iglesias y el escritor y gestor de fondos de inversión Daniel Lacalle en La Sexta.

Partidos extremos, movimientos sociales y… ¡anarcocapitalistas!

Una de las primeras consecuencias que trajo la crisis de 2008 fue el auge de las propuestas ultranacionalistas, racistas y conservadoras: del Tea Party a Amanecer Dorado pasando por Le Pen y Vox (MEGALOL). Pero si dejamos a un lado estos dislates, las iniciativas más seductoras vienen de movimientos sociales autogestionados. Sirvan de ejemplo los ya mencionados Occupy y el 15-M, pero también Podemos, Guanyem o Municipalia. El relato histórico al que todos ellos aluden es compartido: desconfían de las viejas instituciones, opinan que otra política es posible y creen en la cooperación.

Aparentemente, ese otro relato del nuevo joven libertario que llega del otro lado del charco consigue lo imposible. Es decir, ensamblar el ideal emprendedor de Silicon Valley con la conciencia desobediente de Occupy Wall Street. A fin de cuentas, esos son los dos polos sobre los que pivota nuestro tiempo. Y bajo el enemigo común del viejo mundo, es en bisagra donde parece estar gestándose la personalidad política de las nuevas generaciones. Aquí y allí.

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