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Ni Dios ni el Diablo han podido con este cabronazo

Contra publica 'Fuego eterno', una precisa y a la vez alegórica biografía del pianista Jerry Lee Lewis

Abjuró de la música del pecado por la de la culpa. Pasó del rock and roll al country. La transición del Diablo a Dios, sin embargo, nunca pudo completarla. La vida de Jerry Lee Lewis (Luisiana, 1935) es una lucha interior como no hay demasiadas.

La editorial Contra publica el 17 de febrero 'Fuego eterno', donde la prosa sobria de Nick Tosches ilumina sin maquillar una existencia transcurrida en buena medida a contraluz.

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El indómito rubio que después sería conocido como The Killer nació en 1935 en un entorno ultrarreligioso de Louisiana. El niño Jerry Lee pronto se hizo una idea fija que marcaría toda su vida: aquellos negros que cantaban blues de forma arrebatadora tenían esa voz porque se la había dado el diablo.

Tras aquello vendrían los tugurios, la fama y una desmesurada vida sentimental a medio camino entre sus uniones ante Dios y la creencia de que el origen de todo mal estaba entre los muslos de una mujer.

Lewis se casó 7 veces. Una de ellas con su propia prima de 13 años, Myra Gale, quizá el amor de su vida. Amaba como se queman las cerillas. El fósforo acababa quemándolas a ellas también.

Pero las mujeres no eran su único vicio. Desde muy joven supo quiénes serían sus dos amantes más duraderos: el whisky y las "pastillitas mágicas", anfetaminas, concretamente la benzedrina en cápsulas de 15 mg.

Con estas compañías transitó Jerry Lee el lado salvaje de la música. A pesar de ser temeroso de Dios desde muy joven, cuando tocaba en las reuniones religiosas, acababa haciéndolo al estilo boogie-woogie, enamorando y enfureciendo por igual a los feligreses.

En el verano del 54 estalló el fenómeno del rock and roll blanco. Fue perfecto para Jerry Lee, que tenía entonces 19 años y cada vez que tocaba el piano los palurdos del sur se iban a beber a la barra dejando a sus novias observando boquiabiertas sus manos, su flequillo. Su lado satánico.

Pronto grabaría para la mítica Sun Records de Memphis y procedería a coleccionar anécdotas de todos los colores. En el lado positivo, haber sido parte del primer supergrupo de música de la historia. Y uno de los más efímeros también. Solo el 4 de diciembre de 1956 grabaron juntos Lewis, Sam Perkins, Elvis Presley y Johnny Cash. Aquellas grabaciones acabaron siendo conocidas como el Million Dollar Quartet.

La puesta en escena de Lewis iba acorde con su imprevisible carácter. Uno de sus sellos personales era, sin dejar de tocar, levantarse de golpe del taburete y alejarlo de una patada. La gente gritaba. Le adoraba. Whole lotta shakin' goin' on, Great balls of fire, High school confidential...

Lewis sabía que era bueno. Eso era parte de su encanto pero también de su lado maligno. Como el día en que, compartiendo cartel con Chuck Berry, le comunicaron que él —Berry— saldría primero. Mientras interpretaba Great balls of fire sacó una botella de Coca-Cola del bolsillo y derramó su contenido sobre el piano. Era gasolina. Siguió tocando mientras el piano se consumía en llamas.

Al acabar, fuera de sí, le espetó a Chuck Berry: "¡Chúpate esa negro!".

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Lamentablemente para él —y para quien estaba cerca— las circunstancias no ayudaron demasiado en su búsqueda del "camino correcto". Dicen que no hay nada peor que enterrar a un hijo... Algo que Jerry Lee hizo dos veces con Steve, de 3 años, y Jerry Lee Jr, de 19.

La fama fue cediendo en favor del ostracismo. Y el dinero en favor de los pleitos. La cordura, a su vez, perdió la partida contra la rabia, la soledad y la frustración. Para entonces, Jerry Lee era ya capaz de disparar "por accidente" a un compañero de grupo en el pecho.

O de presentarse en Graceland borracho perdido, pistola en mano y gritando que Elvis debe morir.

Y todo predicando sobre Dios cada vez con más virulencia. Luchando contra unos demonios interiores que el whisky y las anfetas trataban de sacar juguetonamente afuera.

Cantando penas como solo sabe hacerlo quien las conoce bien. Llegando a ver publicada la noticia de su propia muerte.

Pero al fin y al cabo vivo, que es algo que no pueden decir fácilmente ni Dios ni el Diablo.

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