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Jeremy Scott, el hombre que hackeó la alta costura

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Falsificar los logos de las marcas de lujo y estamparlos en los lugares más insospechados es, curiosamente, una garantía de éxito

Leticia García

18 Junio 2014 12:33

Hace algo más de dos décadas, unas zapaterías madrileñas llamadas Los Guerrilleros se hicieron famosas gracias a su slogan: "No compre aquí, vendemos muy caro". Esta pequeña empresa de moda barata tenía su réplica en una firma de lujo, Moschino. Experta en tirar piedras contra su propio tejado, la enseña italiana, capitaneada por Franco Moschino, llegó a estampar el mensaje "expensive jacket" en una chaqueta, a reírse de los míticos trajes de Chanel o a diseñar camisetas en las que se leía "Stop the fashion system".

En aquellos tiempos, la ironía era una poderosa arma de persuasión. Y si Los Guerrilleros lograron hacerse un hueco en las calles de los barrios, Moschino logró granjearse una clientela de fieles adictas a la moda que supieron reírse de sus propias miserias.

Después llegaron años en los que, desgraciadamente, la moda empezó a tomarse muy en serio y Moschino cayó en el olvido. Hasta que el pasado año contrató a Jeremy Scott, el diseñador más iconoclasta y excesivo de su generación. Scott ha ido un paso más allá de sus predecesores: lo suyo es, literalmente, reventar otras marcas.

Moda fast-food

Primero fue Mcdonalds. Cuando en la pasada colección decidió experimentar con el logo y los colores corporativos del emporio de comida rápida (y después hacer vestidos que reproducían envoltorios de chocolatinas) muchos hablaron de estrategia warholiana: elementos de la cultura popular, repetidos y reformulados hasta la saciedad, colgados, esta vez, en los armarios de aquellos que pueden permitírselo. Una ironía que terminó sembrando las críticas de aquellos que la interpretaron como una mofa a las clases bajas por parte del mundo del lujo y que, como suele ocurrir en estos casos, ha acabado vendiéndose como churros.

Esta vez ha ido más lejos. El pasado lunes, los modelos (masculinos y femeninos) caminaban sobre la pasarela con logos falsos de Louis Vuitton, Hermés, Chanel o Armani cubriendo chándales, petos vaqueros, kaftanes y hasta un burka. Al lado, el diseñador estampó en letras doradas el leit motiv de la colección: Fauxschino, es decir, Moschino falso.

En el público, algunos de los grandes nombres de la industria aplaudían la iniciativa. Algunos llevaban bolsos inspirados en Mcdonald's, otros, esa funda de iPhone que reinterpreta el logo de dicha hamburguesería y que ahora está en todas partes. La escena, si no paradójica, tuvo que ser bastante curiosa.

También lo es que durante el año pasado las famosas combinaran sus bolsos de Chanel y sus pantalones de Givenchy con camisetas que reformulaban los logos de Hermés, Céline o Comme des Garçons cambiándolos por expresiones cómicas como Homies, Céline Dion y Comme des Fuckdown. Hasta Zara realizó sus propias copias.

La cantante M.I.A arriesgó todavía más en su debut como diseñadora: creó una colección para Versace inspirada en las falsificaciones de Versace que pueblan los mercadillos. A la firma de lujo le encantó la idea.

Relevancia cultural

Tras finalizar el desfile, Scott declaró a la web Style.com que su colección era "culturalmente relevante". Y lo cierto es que llega en el momento oportuno: el número de colecciones que se producen anualmente se ha triplicado, cada día se anuncia una nueva colaboración o se explota la imagen de la celebridad de turno. La sobreexposición es tal que era de esperar que llegara a límites contradictorios.

Cuanto más falsa y artificial sea la alusión a una firma, mejor. Siempre, claro está, que la mofa provenga de otra firma, no de un mercadillo (obviamente, el precio y la etiqueta siguen marcando la distinción social). Se trata, además, de propuestas reconocibles y muy visuales, o lo que es lo mismo, altamente instagramizables.

Nadie ha dudado por un momento que está colección hacker se agotará en las tiendas. Su precio será similar al de las prendas de las marcas con las que ironiza. Su público, casi el mismo; pero ya no se tratará de una clientela movida por el humor y la autocrítica, sino por el ansia de hacerse con lo novedoso y fotografiarse con ello. La moda ha descubierto un nuevo filón que explotar: el poder viral de lo falso.

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