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En Japón pasan del sexo y del amor (y no están locos)

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Las nuevas generaciones trolean el sistema adoptando la soltería y el celibato como modo de vida

Alba Muñoz

07 Enero 2015 10:09

Fotografía de Michael Rougier

“Ligar cansa, tener pareja es cúmulo de exigencias y el sexo está sobrevalorado. Sinceramente, mi carrera y mis amigos son lo único que me satisface de verdad”.  Este sería, a grandes rasgos, el retrato robot de los jóvenes japoneses en lo que a vida personal se refiere. Sigue sonándonos duro, pero ya no nos parece tan ajeno.

Hace años que Japón se ahoga debido al llamado “síndrome del celibato”. La situación es la siguiente: la tercera economía mundial y uno de los países más avanzados del mundo está viviendo una rebelión sexual, amorosa, familiar y reproductiva por parte de sus ciudadanos más jóvenes. La mitad de la población está soltera y una cuarta parte no tiene, ni desea, ningún tipo de relación.

La situación es cada vez más grave y las autoridades hablan de catástrofe nacional. Mientras los políticos plantean medidas desesperadas para incrementar la natalidad como prohibir el aborto, en el resto del mundo se encienden las alarmas de la economía: de seguir así, la población de de este país se reducirá en más de un tercio para 2060.

Eso significa que la economía más puntera no sirve de nada si no hay bebés. Son numerosas las voces que creen que si Japón no frena el envejecimiento demográfico, se generará una ola de quiebras y una (otra) crisis financiera de alcance global: la deuda pública japonesa podría dejar de ser una inversión atractiva, y el colapso afectaría a la economía China y a Estados Unidos.

El coste del amor

De alguna forma, las nuevas generaciones están haciendo un gran “que te den” colectivo a la sociedad en la que viven. Sencillamente, no van a cumplir con lo que se espera de ellos: “¿Matrimonio? Ja. ¿Hijos? Ni lo sueñes. ¿Pareja? ¿Novio? Qué palo. ¿Sexo casual? No me interesa”.

Un tercio de los jóvenes menores de 30 jamás han tenido una cita y las mujeres entre 16 y 24 años no están interesadas en el sexo. ¿El motivo? Ambos han sopesado el coste que tienen una relación más o menos "normal" en un país que tiene una economía agresiva y de estilo europeo con modelo familiar tradicional y rígido más propio del sudeste asiático.

Aunque parece un país futurista en muchos sentidos, "la presión por ajustarse al modelo de familia anacrónica de Japón, el del marido asalariado y el de la esposa en casa, permanece", escribía en Abigail Haworth en The Guardian en octubre de 2013.

Los hombres ya no gozan de los puestos de trabajos fijos ni los sueldos abultados de antaño. No tienen el estatus ni el poder adquisitivo con el que antes mantenían a la familia, así que no creen ser dignos de ella.

Para las mujeres, más independientes y ambiciosas, resulta imposible combinar la maternidad con los interminables horarios laborales (el 70% dejan su trabajo después de tener a su primer hijo), así que eligen lo segundo.

Dice un viejo refrán japonés que el matrimonio es la tumba de una mujer. Para las japonesas, supone la desintegración de sus carreras profesionales, en las que han invertido y luchado igual que los hombres. No se trata de una formación pasajera: quieren amasar los resultados de su esfuerzo.

Amor y catástrofe

A estas alturas, podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿por qué no se divierten los jóvenes japoneses sin pasar por el altar? Además de los anteriores factores disuasorios, hay otros.

La cultura patriarcal japonesa sigue dando mucho valor a la virginidad de las mujeres. También la sociedad de consumo individualizada y muy competitiva provoca que los jóvenes prefieran no invertir sus escasos recursos en los demás (es decir, en citas), sino dedicarlos a sí mismos.

En este sentido, muchos hombres pagan por servicios sustitutivos que van desde abrazos, un mínimo contacto físico, hasta pornografía y prostitución. La industria del erotismo y el sexo es variadísima. Por el contrario, parece ser que la sociedad japonesa y las propias mujeres aceptan, en general, la premisa de que ellas tienen menos necesidades sexuales y les es más fácil vivir en celibato.

Una realidad que muestra de forma excelente el documental El Imperio de los Sin Sexo, de Pierre Caule.

Por último, otro ingrediente importante es el peso de la historia y de las catástrofes. Tras dos décadas de estancamiento económico y de la superación de la destrucción nuclear, Japón debe afrontar ahora las consecuencias del terremoto y el tsunami de 2011, además de la reciente catástrofe radiactiva de Fukushima.

Japón ya invierte en robots para cuidar a los ancianos. Cada cierto tiempo, una palabra aparece para designar una nueva tribu solitaria: están los hikikomoris (aislados sociales), shingurus (solteros que viven con sus padres), soshoku danshi (hombres "hervíboros", sin apetito carnal). La expresión mendokusai, ("estoy cansado"), ya es una excusa incontestable, una actitud u opción social aceptada.

En definitiva, ni hombres ni mujeres creen que el amor lleve a ningún lugar. Por una parte, las relaciones, ya sean amorosas, generosas o libidinosas, construyen frágiles edificios invisibles que luego la vida hace desaparecer en un desgarro. Para los jóvenes, estar con alguien, empezar algo con alguien, significa una carga demasiado pesada para sobrellevar en una futuro que exige tanto.

Los ciudadanos se han atomizado para subsistir a un sistema que cabalga al ritmo de la economía y mientras mantiene los roles de género y un modelo de familia tradicional. La sociedad japonesa se está haciendo el harakiri. Y deberíamos hacérnoslo mirar. 


Cuando el sistema exige demasiado, es mejor estar solo.




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