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El extraño fenómeno social que provoca que miles de japoneses se 'evaporen' cada año

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Se les conoce como johatsu y son hombres y mujeres que un buen día deciden desaparecer del mundo sin dejar rastro, víctimas de la culpa, la vergüenza y el honor

silvia laboreo

20 Diciembre 2016 06:10

La ciudad de Sanya desapareció oficialmente hace 40 años. Este barrio marginal de Tokio fue borrado de los mapas, no aparece en las guías turísticas y preguntar por él no sirve de mucha utilidad. Es un lugar maldito, cuyo nombre aparece asociado irremediablemente a tres palabras: pobreza, crimen y muerte.

De hecho, este distrito deprimido de Tokio tiene una peculiaridad que lo hace destacar sobre cualquier otro slum del mundo: está habitado por fantasmas.



Los indigentes borrachos y los drogadictos que pueblan sus calles comparten espacio con los johatsu, palabra japonesa que designa a una casta poco conocida fuera de la cerrada sociedad del país.

Los “evaporados” o johatsu constituyen un curioso fenómeno social en Japón. Se trata de personas que, de repente, desaparecen sin dejar rastro. Desde mediados de la década de 1990, se calcula que al menos 100.000 hombres y mujeres japonesas desaparecen anualmente.



Esa realidad quedaba hace poco retratada en The Vanished: The Evaporated People of Japan in Stories and Photographs (Skyhorse), el primer reportaje en profundidad que aborda la segunda vida de aquellos que un buen día deciden romper con todo y con todos. El libro es la ampliación de un reportaje elaborado por la periodista francesa Léna Mauger y publicado en la revista XXI. Tras conocer el fenómeno, Mauger estuvo cinco años reconstruyendo las historias de varios de estos johatsus, hombres y mujeres cuyas pequeñas –o grandes– miserias les llevan a tomar una decisión tan drástica.

Porque, en uno de los países con las tasas de suicidio más altas del mundo, hay otros que prefieren elegir su destino de una manera diferente. Un fracaso amoroso, un divorcio, una deuda, la pérdida del trabajo o algo tan trivial como un suspenso pueden llevar a estas personas a huir, a evaporarse.


Los “evaporados” o johatsu forman parte de un curioso fenómeno social en Japón compuesto por personas que, de repente, desaparecen sin dejar rastro


Estas almas perdidas acaban en ciudades alejadas a sus lugares de origen, en regiones abandonadas o en guetos dirigidos por la mafia japonesa, como el mencionado distrito de Sanya. Allí, Mauger conoció a Norihiro, un hombre de 50 años que lleva 10 años desaparecido.

Un buen día, este hombre perdió su trabajo como ingeniero. La vergüenza se apoderó de él. Había perdido un trabajo y no tenía el valor de contárselo a su mujer y a sus hijos. La única solución posible era fingir. Cada mañana, Norihiro se levantaba, se vestía con traje y se ajustaba la corbata. Cogía el maletín, besaba a su esposa y se preparaba para una jornada laboral dentro de su coche. Sin comer, sin hablar con nadie. Solo, esperando que el fraude diera resultado. Sin embargo, la situación era insoportable. Tras varios meses escondiendo la verda, Norihiro decidió convertirse en un johatsu. Por su bien y por el de su familia.

Norihiro dejó una nota de suicidio que anunciaba que se iba al Bosque del Suicido, un paraje natural donde cientos de personas se quitan la vida. Pero lo que hizo realmente fue comprar un billete de tren y huir justo en la dirección opuesta. Ahora malvive con un nombre falso y su familia desconoce que sigue vivo.



La periodista recorrió durante su periplo lugares tan antagónicos como la ciudad de Toyota, los acantilados de Tojinbo (famosos por sus altas tasas de suicidio), los guetos dirigidos por la Yakuza, los campos de reeducación para ejecutivos de negocios fallidos o la región sombría que ha dejado el desastre nuclear de Fukushima.

En estas zonas deprimidas ha intentado encontrar el origen del interés japonés en desaparecer cuando se ponen mal las cosas, ha hablado con las familias para conocer cómo llevan ellos la vergüenza de que haya un johatsu en su seno y ha conocido todo el negocio que mueven estas “desapariciones”. Desde los grupos de apoyo para familias de gente desaparecida, organizaciones de detectives privados que trabajan en la búsqueda de personas, empresas de mudanzas nocturnas o negocios para aquellos que quieren hacer ver que sus desapariciones obedecen a secuestros y robos.

Porque esta cultura de la culpa, la vergüenza y el honor, herencia del imperio y de los Samurais, sigue muy vigente en la sociedad japonesa. Una población muy tradicional que, siglos más tarde, ha encontrado una nueva forma de hacerse el harakiri: con traje, corbata, una nueva identidad y un billete de tren a ninguna parte.





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