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Algo se está pudriendo en el país de los glaciares

Islandia podría privatizar sus espacios naturales, si sale adelante una polémica reforma

Fue un proceso lento. Primero llegó Björk. Después la fama mundial de Sigur Rós. Más tarde habladurías sobre elfos. A eso siguieron los reportajes, llenos de fotos de montañas, glaciares y orondos barbudos sonrientes, que describían asombrados aquel rincón aislado de la Tierra como “el país más feliz del mundo”. Finalmente, la crisis y su sorprendente respuesta. Y con ese giro, Islandia entró definitivamente en el imaginario global. El anonimato se había acabado para siempre.

Seis años después del crack, el país está en fase de recuperación, pero se enfrenta a un reto mucho más importante que el de reactivar su economía: decidir si sus paisajes se convierten o no en mercancía. La posible implantación de un “pase natural” de pago y obligatorio para poder visitar la mayoría de sus espacios naturales ha puesto en pie de guerra al país. En esta decisión sienten que no sólo se juegan su dinero. Se juegan también su alma.

Una tasa para mirar los volcanes

Durante su largo proceso de apertura global, Islandia fue convirtiéndose en un destino turístico cada vez más atractivo. En 2014, el país rebasó por primera vez la barrera del millón de turistas. Eso supuso gran cantidad de jugosas divisas que llegaban a un país todavía muy tocado por la recesión. Pero también mucha presión para los lugares más turísticos, desde el punto de vista de las infraestructuras, de la ecología y del trato humano.

Y es que Islandia es un ecosistema peculiar. No son muchos (unos 300.000) y están bastante dispersos en un territorio que es tres veces Irlanda. Durante siglos, y hasta el boom económico de los 90 y 2000, sus ciudadanos confiaron en adaptarse al clima y la geografía en lugar de al revés. El respeto por su medio ambiente siempre ha sido enorme. Por eso en el país sólo hay una carretera principal que rodea la isla, y que hasta hace unos años permanecía asfaltada sólo en parte. Por eso la mayoría de caminos y enclaves naturales permanecen sin señalizar. Y por eso a nadie se le había ocurrido hasta ahora la posibilidad de instalar inodoros portátiles en las fuentes termales naturales que brotan por doquier.

Todo el mundo parece sacar provecho de nuestra tierra menos nosotros

Todos estos menesteres requiren ser atendidos ahora. Pero para ello se necesita dinero. Después de muchas idas y venidas, rechazos y debates, el “pase natural” es la forma elegida por el Ministerio de Industria e Innovación para conseguir desencallar todas esas mejoras que todavía esperan financiación. Una propuesta que se ha enviado al parlamento para ser sometida a votación pero que ya ha levantado tremendas ampollas entre amplios sectores sociales del país.

Si se aprueba, toda persona (islandeses incluidos) que quiera visitar territorios y parques estatales o municipales tendrá que pagar 1.500 coronas (unos 10 euros) por un pase oficial. Quien no lo lleve encima y sea requerido por alguno de los vigilantes que estén haciendo controles, puede ser multado con hasta 100 euros. En un país que se enorgullece de no dejar a nadie atrás, este giro hacia la privatización de lo común ha caído como un jarro de agua fría.

Rebeldía ecológica

Gabríel Benjamin, periodista del Reykjavik Grapevine nos cuenta que "las viejas leyes islandesas consagran el derecho a caminar libremente por el campo, pero si el gobierno quiere aprobar su medida, podrían perfectamente invalidar la ley y hacerlo. Lo cual es una pena, porque aunque no faltan las gana de ayudar a encontrar una solución, el "pase natural" tiene entre poco y ningún apoyo popular". Y es que aunque muchos ciudadanos están de acuerdo en la importancia de conservar sus maravillas naturales, también se preguntan: "¿quién es el Estado para poner puertas donde no tiene autoridad?”.

En esta oposición se mezclan cuestiones prácticas (¿cómo pretende el gobierno poner esto en práctica sin causar molestias?), legales (¿qué pasa con los propietarios de los terrenos privados?) y sobre todo filosóficas (¿estamos dispuestos a que nuestro país se convierta en un parque temático de la naturaleza?). Desde todos esos puntos de vista, el debate está en un punto caliente. Y sin embargo, continúa Benjamin, "desde que se publicó el informe del Boston Group ( un estudio sobre el futuro del turismo islandés llevado a cabo por varias compañías privadas del país), nadie parece querer considerar ninguna otra alternativa".

Poner inspectores en la naturaleza ataca directamente esa idea de Islandia como un lugar en el que uno puede conectar sin mediaciones con su entorno

Buscando calmar los ánimos, la ministra Ragnheiður Elín Árnadóttir afirmaba recientemente en televisión que la implantación de la medida se intentaría introducir de la manera menos traumática posible para los islandeses. Algunas voces aún así ven poco factible aplicar control alguno, sobre todo porque prevén que muchos lugareños se negarán directamente a obedecer la ley por considerarla injusta. También se plantean por qué simplemente no se ha optado por subir los impuestos que ya pagan los viajeros al alojarse en los hoteles del país, como proponen algunas agrupaciones dedicadas al turismo.

En cuanto a lo legal, las autoridades estatales han chocado repetidas veces en los últimos años contra algunos gestores de terrenos privados de fuerte afluencia turística. Los responsables de áreas que han sufrido una importante degradación reciente, como el popular Geysir, se quejan de que “todo el mundo parece sacar provecho de nuestra tierra menos nosotros”, refiriéndose tanto a los operadores turísticos como a la EAI, la agencia medioambiental islandesa. Si se implanta el “pase”, el gobierno espera poder llegar a un acuerdo con ellos, pero ahora mismo la disposición para el entendimiento es escasa.

El último aspecto, el filosófico, es en el fondo el más importante. La líder de la Izquierda Verde, Katrín Jakobsdóttir, afirmaba que “poner inspectores en la naturaleza ataca directamente esa idea de Islandia como un lugar en el que uno puede conectar sin mediaciones con su entorno”. Un lugar libre y majestuoso en el que las cuestiones mundanas parecen no tener cabida. El mismo en el que se crearon las Eddas, los primeros textos del país, o la obra de Haldór Laxness, el poeta islandés por antonomasia.

Introducir elementos disruptivos como el dinero y lo privado en esa relación es romper con una conexión simbólica muy poderosa. Pero en el fondo, ¿no lo es siempre, en cualquier momento y en cualquier lugar?

El turismo como síndrome

El escritor Andri Snær Magnason está a favor de la recaudación de fondos, pero advierte que “hay algo fundamentalmente orwelliano y erróneo en esta propuesta, como si estuvieras admitiendo tu total alienación. Como si la naturaleza fuera una atracción de feria, como si el país ya no fuera mío sino que se hubiera convertido en una mercancía”. El horror soterrado en sus palabras es un horror que comparten habitantes de lugares que han sido transformados por el turismo en cualquier parte del mundo.

Más allá del impacto económico que el crecimiento del turismo tenga en el entorno, más allá de los planes urbanísticos o las iniciativas para embellecer las ciudades de cara al visitante, los ciudadanos de París, Barcelona, Nueva York o Berlín lanzan desde hace años afirmaciones similares que se refieren a la pérdida de un “no-sé-qué”, llamémosle identidad, o una sensación que antes se tenía, y ahora ya no. Una barrera entre el ciudadano y su entorno.

A los islandeses nunca les han gustado mucho las barreras, y por eso siguen siendo un pueblo respetado en un mundo cada vez más estricto. Aunque según Benjamin, "el gobierno podría muy facilmente forzar la implantación de la ley si así quisieran" y de golpe forzarnos también a cambiar nuestras ideas sobre el país. Claro que también queda la opción de que sus ciudadanos vuelvan a ser ejemplo vivo de que siempre hay maneras distintas, más humanas y más libres, de enfrentarse a la realidad. Esperamos de todo corazón que la balanza caiga hacia ese lado.

Cuando el turismo se convierte en rey, hasta el más bello lugar puede jugarse el alma

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