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Incluso las marcas de lujo adoran a Zara

El diseñador de Balmain admite que las copias de Zara son una genialidad

Hace unos días hablábamos de la poco fértil lucha que enfrentaba a los diseñadores con las empresas de gran distribución y de la infatigable bloguera que denunciaba públicamente los clones, las copias, y las inspiraciones demasiado inspiradas.

Pues bien, hay diseñadores a los que no les importa que les copien. Incluso lo agradecen:

"Creo que fue Coco Chanel la que dijo que, si eres original, tienes que estar preparado para ser copiado. ¡Un escaparate de Zara con mi ropa mezclada con la de Céline y Proenza Schouler!. Es genial. ¿Es incluso mejor de lo que yo diseño!"

El autor de esta frase es Olivier Rousteing, uno de los diseñadores más importantes de la actualidad. Su declaración de amor a Zara, nacida al hilo de una entrevista que el genial Alexander Fury le hace para The Independent, ha despertado de su letargo estival a la prensa de moda internacional. Porque Roustening no sólo habla del honor que implica ser copiado por el gigante textil, se derrite, además, en halagos hacia él: habla de su velocidad, de su capacidad para entender las necesidades estéticas del presente y de su genialidad a la hora de mezclar propuestas vistas en marcas muy dispares.

Pero lo más llamativo del asunto no es que este diseñador piropee a Zara por el modo en que copia su trabajo. Rousteing sabe que va a ser copiado y quiere ser copiado:"Cuando hice mi colección insprada en Miami, con aquellos cuadros blancos y negros. Sabía que iba a aparecer en Zara y H&M. Pero lo hicieron de una forma muy sabia: mezclaron la silueta de Céline con mi estampado para Balmain"

¿Necesita un diseñador que juega en la liga de los grandes que Zara se fije en él, copie su trabajo y lo venda veinte euros? En ocasiones, sí.

Les pongo en antecedentes: Oliver Rousteing es el director creativo de Balmain, firma francesa de lujo que tiene nada menos que a Rihanna como imagen, que vende sus prendas como rosquillas y que diseña colecciones muy similares entre sí, entre el rock, lo barroco, el glam y lo militar. Una mezcla que, aunque parezca ridícula sobre el papel, ha inspirado a millones de diseñadores antes que a él y que encuentra su target en una juventud adinerada y muy pendiente de firmas, logos y tendencias.

Balmain es una marca casi centenaria. Su creador, Pierre Balmain, hacía glamourosos vestidos de princesita para las mujeres de los años cincuenta y sesenta. Dejó de vender, su fundador murió y la marca pasó por una retahíla de sucesores (Oscar de la Renta incluído) que no supieron revitalizar las ventas. Hasta que llegó Christophe Decarnin a principios de los dosmiles, hizo caso omiso a los archivos y empezó a diseñar pantalones de cuero, casacas militares y botines con tachuelas.

Fue un éxito fulgurante debido, en gran parte, a que Zara se hartó de copiarlo.

Nadie sabía quién era Balmain por aquel entonces, y los expertos apenas se acordaban de él. Pero todos recordamos que, hace dos años, las tiendas low cost estaban llenas de leggings de cuero, cazadoras con hombreras y botines de tachuelas. Así, a golpe de clon y de reconocimiento masivo, Balmain recuperó su clientela y se hizo un hueco en las revistas de moda (y entre sus editoras, que lo asumieron como uniforme de trabajo).

Decarnin, el artífice de aquella genialidad económica, desapareció del mapa y fue, supuestamente, internado en un psiquiátrico. Los medios han dicho que Rousteing, su sucesor, es básicamente un idiota por sus declaraciones, pero en realidad, sólo se le puede acusar de ser demasiado sincero.

La potencia social y económica de la moda se debe en gran medida a que nosotros, pobres mortales, queremos reforzar nuestra identidad a través de la ropa y distinguirnos así del resto. Puede parecer paradójico, pero la uniformidad que generan los clones indiscriminados de Zara es un potente motor de distinción: hay un buen porcentaje de la población que al ver que el cuero y las tachuelas se llevan de forma masiva, necesita hacerse notar informándose de dónde proviene el original, yendo a la tienda y comprándolo.

Sonará descabellado, pero Inditex, con su maquinaria de clones, da a conocer al gran público las tendencias de algunos diseñadores y marcas. El deseo, por parte de algunos, de adquirir la pieza original para diferenciarse de la masa sin dejar de formar parte de ella, es un paso lógico en la cadena.

Tampoco es demasiado absurdo pensar que el misterioso éxito de Hedi Slimane en Saint Laurent esté motivado por la polémica que despierta a su paso y, sobre todo, por su capacidad para crear colecciones pensando en Zara. El low cost copia de arriba a abajo sus diseños meses antes de que la firma los albergue en sus tiendas. Cuando finalmente llegan, sus extrañas chaquetas de estrellas al estilo bata se agotan en cuestión de días. La anticipación, en este caso, no es vista como piratería, sino como una especie de teaser barato de lo que está por llegar.

Hay marcas, como Céline, que luchan (en vano) por que sus geniales estampados no acaben en el escaparate de una tienda de bajo coste. Sin embargo, tampoco sería demasiado ilógico pensar que esta lucha por ver quién diseña el estampado más puntero de la temporada no esté motivada por el deseo que Zara les eche el ojo. De un tiempo a esta parte, la moda se juega en los estampados; en juegos visuales, a cada cual más arriesgado, cuya finalidad última es que el público los recuerde, los vea y los reconozca durante meses. ¿Y si esta artillería visual busca de forma implícita llegar a vitrinas masivas para que las ventas repercutan en la marca de origen?

A fin de cuentas, hace tiempo que Zara ya no es lo que era, una tienda barata en la que encontrar básicos. Juega en la liga de los grandes, viste a actrices, princesas y millonarias y ha logrado lo que nadie nunca había logrado en esta industria: que sus prendas cuelguen de los percheros de todo el mundo, independientemente de su clase social o su cuenta bancaria.

Hasta tal punto, que hace un par de meses el New York Times publicaba un esclarecedor reportaje: las editoras de moda, las dueñas de empresas del sector y las expertas reconocidas en el tema, visten y alaban la labor de Zara: Llaman Zalenciaga y Zéline a los Balenciaga y Céline copiados y no tienen reparos en confesar que los lucen a diario, pese a que se puedan permitir carísimas prendas de firma.

Zara es, a estas alturas, la única marca barata que está posicionada en el sector de la moda con mayúsculas. Es lógico que muchas enseñas de lujo la utilicen como herramienta publicitaria e incluso que muchas se lleguen a inspirar en sus escaparates para darle un impulso a sus respectivas firmas. Inspirarse en Zara puede ser la paradoja de las paradojas, pero nadie como el gigante de Arteixo para descifrar qué necesita la calle, qué estilos serán los más demandados y qué puede, potencialmente, convertirse en un éxito de ventas. Rousteing se ha atrevido a decir lo que muchos callan: Zara ha matado la industria de la moda, pero es, hoy por hoy, la única capaz de resucitarla.

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