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ISIS en la agenda política; burkas de lujo en la pasarela

Pero ojo: no hablemos tan rápido de frivolidad…

" ¿Os parece tolerable que estas tres mujeres se paseen por Barna como fajos de tela? Tolerancia cero #burkamutila" El tuit que Julia Otero escribió hace un par de meses volvió este fin de semana a dar que hablar. Muchos criticaron su opinión amparándose en la libertad religiosa y de expresión. Otros apoyaron a la periodista argumentando la opresión que sufren las mujeres que pertenecen a entornos donde se pone en práctica el islamismo más radicalizado.

Lo curioso es que en la foto que mostró Otero, no había burkas, sino niqabs, una túnica que cubre el cuerpo y se lleva junto a un pañuelo que deja libres los ojos. En cualquier caso, el hashtag #burkamutila, acompañado de una campaña de change.org logró que el mes pasado el parlamento catalán apoyara una moción que impide a las mujeres llevar sus rostros tapados por la calle.

Sin entrar en la justicia de dicha medida, lo cierto es que llega en el momento oportuno: con Isis sembrando el terror, vuelve la demonización del Islam por parte de Occidente.

Sabemos que el islamismo es algo mucho más amplio, y algo muy distinto de estas posturas radicales. También sabemos que muchas mujeres se cubren el cabello con un hiyab porque para ellas representa una forma de identidad y pertenencia. Sin embargo, en muchas ocasiones, cuando la amenaza de los islamistas radicales ocupa las agendas políticas, confundimos religión con terrorismo y símbolos religiosos con mecanismos opresores.

Aunque parezca lo contrario, la moda nunca es ajena a la problemática social, y es en momentos como éste cuando suele apropiarse del imaginario islámico en desfiles y campañas. Aún no hemos visto una réplica a los recientes acontecimientos sobre la pasarela, pero hace unos días, un tuit de @sraJouhri se encargaba de recordarnos dicha estrategia:

El burka es horrible para lxs blancxs hasta que se les termina la creatividad y recurren a la apropiación cultural. pic.twitter.com/JLGnY3KWZv

— Third Intifada (@SraJouhri) agosto 23, 2014

E ilustraba su mensaje con dos fotografías. La primera, un desfile de 2012 del británico Phillp Treacy, en el que Lady Gaga aparecía con el rostro y el cuerpo tapados por una gasa de color fucsia. La segunda, una imagen del desfile "Primavera Árabe" que realizó Jeremy Scott el pasado año, y en el que pude verse a una modelo con shorts, gorra y un pañuelo de leopardo que le oculta la cabeza y parte del cuerpo.

De la apropiación a la frivolidad

Si hay un concepto que ha ido asociado a la moda de estos últimos años es el de la apropiación cultural, es decir, el uso de símbolos pertenecientes a un grupo social, una etnia o una religión como parte de una tendencia de moda masiva. Se ha hablado de los penachos de plumas, del ratchet de las afroamericanas y, recientemente, The Guardian se hacía eco del triunfo de las cholas, el estilo de algunos grupos de latinas afincadas en Estados Unidos.

Importar la estética simbólica de ciertos grupos sociales y vaciarla de contenido puede ser algo más o menos discutible (al fin y al cabo, la industria siempre ha bebido de los estilos de culturas y subculturas ajenas a su radio de acción). Sin embargo, diseñar hiyabs, chadors y sobre todo burkas va más allá de la simple apropiación cultural y supone, en apariencia, la frivolización extrema de algo sagrado y/o muy controvertido.

Probablemente cuando Lady Gaga apareció con aquella especie de burka fucsia en escena, su intención fuera más la transgresion gratuita que la denuncia, como sucedió en el resto de ocasiones en las que apareció públicamente luciendo túnicas y pañuelos árabes con estampados occidentales. Lo mismo podría decirse de aquella sonadísima colección, Cour des Miracles, de David Delfín, que, bajo la excusa de basarse en las pinturas de Magritte, tapó la cabeza de sus modelos con telas en 2002, pocos meses después del 11-s. La estrategia mediática fue redonda.

Sin embargo, no se puede acusar al español Miguel Adrover de frívolo y oportunista. Días antes del 11-S, Adrover desfilaba en Nueva York con una colección basada en la indumentaria tradicional árabe y su mezcla con las prendas occidentales, en un intento por reflejar las grandes urbes multiculturales y su fusión de estéticas. Tras el ataque terrorista, la industria, influída quizá por ese discurso demonizador con todo lo que tuviera que ver con Oriente Próximo, le dio la espalda, y la fulgurante carrera del diseñador acabó apagándose. La moda quiso reflejar, sin emitir juicios de valor, una realidad cada vez más visible. La sociedad se lo prohibió.

"No soy lo que parezco", rezaba el eslogan de la campaña que Diesel lanzó el pasado otoño. Su artífice, Nicola Formichetti (estilista, además, de Lady Gaga) mostraba a una mujer con niqab. Sólo sus ojos y los costados de su cuerpo (lleno de tatuajes) estaban al descubierto. El diseñador quiso hacernos creer que la modelo, bajo este manto calificado por muchos de radical y opresor, estaba desnuda. ¿Frivolización o una (rentable) estrategia para llamar la atención sobre los prejuicios y la sumisión que se asocian a las mujeres que llevan dicha prenda?

Hay, sin embargo, momentos de apropiación que no admiten dobles lecturas

El editorial que hace unos años publicó Vogue Francia con mujeres de rostros tapados vistiendo prendas de lujo occidentales obtuvo merecidísimas críticas. Sin embargo, en aquel momento, cuando Sarkozy prohibió los rostros cubiertos en Francia, Castelbajac y Marithé Fraçois Girbaud sacaron a desfilar a sus modelos con la cara tapada por telas, en consonancia con una serie de protestas que llenaron París de diseños controvertidos: la grafitera Princess Hijab pintó velos sobre las modelos que anunciaban marcas de moda en las vallas de París, y se celebró un desfile en el lujoso hotel George V basado en las abayas, las túnicas que llevan algunas mujeres árabes sobre la ropa. Para todos ellos, Sarkozy se equivocaba al escudarse en la defensa de la libertad para terminar prohibiéndola.

Pero si hablamos de burka y libertad, ninguna marca de moda logró hacer reflexionar a su audiencia tanto y tan bien como lo hizo Hussein Chalayan. En 1996, consagró su desfile a dicha prenda: todas las modelos desfilaban con niqabs o burkas que llegaban por encima de la cintura. Rostros cubiertos; pubis al descubierto. El diseñador, que también ha tratado la problemática de los refugiados y otras cuestiones presentes en la agenda social, hablaba de este desfile como "una reflexión sobre la perdida cultural de la identidad". Todos, según Chalayan, somos los mismos con el rostros cubierto, aunque mostremos al mundo nuestro cuerpo desnudo.

La indumentaria islámica, especialmente en épocas de demonización del discurso del Islam en Occidente sirve, como escribía @sraJouhri en su tuit, para alimentar la árida creatividad de los diseñadores occidentales, pero también para poner sobre la mesa cuestiones colaterales a dicha demonización. Unas veces aprovechando la oportunidad medíatica, otras dando pie a la reflexión sobre el etnocentrismo que subyace a este tipo de polémicas.

En ningún caso, la apropiación de la simbología islámica es tan "gratuita" como pudiera serlo la de otras religiones o grupos sociales: no olvidemos que un gran porcentaje de la clientela que está dispuesta a pagar precios de cuatro cifras por un vestido de Alta Costura o una prenda de lujo viene de países de Oriente Medio. Lo lucen debajo de la abaya, pero no por eso sienten reparos en vestir colores, texturas y modelos de todo tipo.

El burka, obviamente, es un signo de represión flagrante, pero su censura a este lado del mundo suele venir acompañada del alzamiento de cejas ante el chador, el hiyab o la shayla (completamente distintos). Baste un ejemplo para todos aquellos que fomentan el odio hacia cualquier tipo de manifestación islámica:

"Nuestra generación fue más consciente de su identidad después de ser puesta bajo el foco tras el 11-S y otros acontecimientos de la décad apasada. Nos vimos obligados a lidiar con gente que cuestionanba nuestra fe, nuestra identidad el modo en que nos vestíamos". Al habla es Jana Kossiabati, autora del blog Hijab Style, uno de los muchos dedicados a la moda escritos por mujeres que llevan velo. Por extraño que les pueda parecer a muchos, existen revistas, páginas webs y firmas enfocadas en la mujer islámica que consume moda, de vaqueros a vestidos ajustados.

Del mismo modo, la moda puede condensar las expresiones de libertad de muchas mujeres oprimidas por Estados islámicos radicales: desde hace un par de años, las iraníes estampan sus hiyab y chador con motivos gráficos de toda índole, los combinan con complementos y los tiñen de colores estridentes. Ahora, por suerte, pueden hacerlo gracias a un gobierno más permisivo que el impuesto por Ahmadineyad. No quieren quitarse el velo pero tampoco prescindir de las prendas que ven en las revistas, aunque muchos occidentales sólo sepan asociar Islam con ISIS y no sepan concebir que ambas cosas puedan ir juntas.

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