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Gente que lucha a muerte contra el declive de su propio genio

¿Alguna vez te ha pasado que crees que has dado lo mejor de ti y que nunca volverás a estar en forma? Estas historias recrean esa pesadilla hasta límites insospechados

I.

Cuenta la periodista Claudia Roth Pierpont una anécdota particularmente conmovedora, macabra y emocionante en la vida de Philip Roth.

Más o menos la cosa va así.

Estamos a finales de los cincuenta y Roth está a punto de involucrarse en un matrimonio que él mismo describirá como «un pabellón psiquiátrico con visillos de café». Una auténtico desastre. Tras unas cuantas broncas, Margaret Martinson Williams se presenta en la puerta de Roth y le dice que está embarazada y que si no se casa con ella abandonará al bebé en el portal. Roth le hace una contraoferta. El escritor le promete que se casará con ella si aborta, trato que ella acepta de buena gana, de manera que el escritor, que en ese instante es pobre como una rata, le da el dinero y ella se va a la clínica a abortar.

Bien.

El caso es que tiempo después, en un giro de guión excepcionalmente perverso, Maggie le confiesa a Roth una cosa. Le dice que nunca estuvo embarazada y que todo aquello fue una pantomima. ¿Entonces qué hizo? Resulta que Maggie tomó una muestra de orina de una indigente embarazada y la aplicó a un test. A continuación, con el dinero del aborto que Roth le entregó, Maggie se fue al cine y vio una película un par de veces. Y ya. Eso fue todo. (Por supuesto, existe la posibilidad de que esta versión fuese una mentira de Maggie para volverle loco, pero en cualquier caso dice bastante de las dinámicas de aquel matrimonio).

Sobra decir que fueron auténticos años de mierda para ambos.

De manera que llegamos a 1968 y Roth lo está pasando francamente mal. Su matrimonio con Maggie se acabó hace cinco años, si bien el divorcio lo dejó endeudado hasta las cejas: «Estaba metido en mi cuarto como si fuera la celda de Solzhenitsyn, dándole dinero a Maggie y enfadado», le dice Roth a la periodista.

Y de repente, con todas las circunstancias en su contra, sucede un milagro.

Y ese milagro se llama El lamento de Portnoy.

«Estaba borracho, borracho de éxito y libertad y dinero» (Philip Roth)

Roth recibe un cheque por valor de un cuarto de millón de dólares a modo de adelanto del libro. Roth salda sus deudas. Roth se compra un coche guapo y se muda a un apartamento del East Side. Roth se va con su nueva novia de viaje a Londres. Roth, que lleva años sin comprarse ropa, manda hacerse trajes a medida en una sastrería cara. Roth le tira la caña a las periodistas que le preguntan por su exitoso libro. Roth va por ahí siguiendo las indicaciones de su polla y no pasa nada porque, joder, es Philip Roth, el autor de El lamento de Portnoy. Roth también aprovecha un instante en que su novia no está en Londres y contrata a una prostituta con quien retoza alegremente.

«Estaba borracho —recuerda Roth—, borracho de éxito y libertad y dinero». 

Pregunta: ¿cambiaríais vuestras vidas por experimentar el júbilo y la ebriedad de aquel Roth que ha cumplido sus sueños como escritor y ciudadano?

Evidentemente, muchos responderían o responderíamos que sí sin pensarlo: ¿qué más podría querer un artista o aspirante a? Te leen, te admiran, te compran, te desean, te aman… Pero el problema aquí es que, como explican biografías como la de Roth, el éxito encierra siempre una trampa. A fin de cuentas, la felicidad tiene límites; la vanidad y el triunfo, por el contrario, no.

II.

Antes de continuar con la peripecia de Roth, detengámonos un segundo en otra obra reciente sobre escritores: The End of the Tour, la película que recrea la entrevista de David Lipsky a David Foster Wallace para Rolling Stone cuando Wallace estaba en la cresta de la ola.

Hay un momento de la conversación en el que ocurre lo que todos intuimos que va a ocurrir, y es cuando entrevistador y entrevistado se quitan las máscaras: Lipsky acepta que le gustaría ser David Foster Wallace, «el escritor americano más comentado», y David Foster Wallace admite que le gustaría no ser David Foster Wallace. El autor de La broma infinita dice algo así como que cuanta más atención convocas, mayor es tu pánico a decepcionar. La razón es que todo el mundo, incluido tú mismo, espera que vayas a más, no a menos.

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¿Por qué? Bueno, digamos que ir a menos significa reconocer la degradación, el declive, la muerte. Es una idea realmente aterradora. Es una pesadilla imposible de explicar: «Ey —diremos el resto de los mortales—, eres David Foster Wallace, el tío más brillante de su generación, ¿qué más quieres?»

Pues no.

Ocurre que a David Foster Wallace le pasaba algo que también sugiere el propio Roth, y es que su inteligencia no iba a velocidad de crucero, sino que marchaba a trompicones. Su cabeza era algo así como un vehículo deportivo súperrápido que solo va bien una de cada diez veces que lo enciendes. La mayor parte de las ocasiones es un coche regular, funcional y poco más (supongo que ya las conoceréis, pero si no, echad un vistazo a algunas de sus entrevistas: habla con la agilidad mental de un legionario comatoso). No obstante, cuando los astros se alineaban, la inteligencia de Wallace era el mejor coche de la galaxia, la mejor pirotecnia de sinapsis, una obra magna de la arquitectura neuronal.

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La leyenda sobre su suicidio habla bastante de esto. La calidad de su escritura había disminuido, era como si ya hubiese dado lo mejor de sí. El coche deportivo súperrápido hacía años que funcionaba como un trasto soviético desguazado. Así que, ¿qué sentido podría tener seguir viviendo si el deterioro de su inteligencia, que era todo lo que él tenía y aquello que le hacía único, era ya irreversible?

A veces hablaba con la agilidad mental de un legionario comatoso. Pero cuando los astros se alineaban, la inteligencia de Wallace era el mejor coche de la galaxia, la mejor pirotecnia de sinapsis, una obra magna de la arquitectura neuronal

Te pasas la vida peleando por ser el número uno y, cuando lo consigues, llega lo verdaderamente duro: luchar contra tu propio declive, contra el deterioro de tu propia inteligencia, o incluso contra la marca que tú mismo has dejado.

Da miedo, ¿no?  

III.

Tras Portnoy, las cosas no se torcieron, pero sí que de alguna forma se pusieron un poco más cuesta arriba. Al fin y al cabo, era Roth, el escritor que había escandalizado a América con aquella divertida sátira; todos querían más de eso. No obstante, aún faltaban varias décadas hasta empezar a alcanzar lo que el periodista David Remnick llamó «un punto de maestría real». Eso llegaría en 1993, cuando Roth publicó Operación Shylock. Aquella fue una época, por lo demás, donde pasaron dos cosas. La primera fue su clímax como escritor; la segunda, una de sus mayores depresiones.

«Estaba increíblemente deprimido y abrumado —le contó  Judith Thurman a Remnick—. Se sentía atrapado y aplastado por una vida que no quería vivir».

 

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Los años ochenta habían sido una etapa especialmente difícil para Roth. Cientos de páginas acabaron en la papelera antes de empezar de veras un libro. «Me sentaba y pensaba: ‘No soporto esto. No me soporto a mí mismo. No soporto estar en esta sala. No soporto la frustración de esta sala’. Eso es lo que era: el continuo goteo de la frustración. Era como una lluvia ácida», decía Roth.

Hasta alcanzar la luz, Roth deambuló durante largos años dentro de su propia cabeza, que entonces era algo así como una cueva lúgubre y húmeda donde solo se oía el siniestro aleteo de cientos de murciélagos rabiosos y paranoicos. Por supuesto, siempre estaba el miedo de no salir nunca de ahí.

Sin embargo, salió.

Roth deambuló durante largos años dentro de su propia cabeza, que entonces era algo así como una cueva lúgubre y húmeda donde solo se oía el siniestro aleteo de cientos de murciélagos rabiosos y paranoicos. Siempre estaba el miedo de no salir nunca de ahí

IV.

Asistir al deterioro de las facultades creativas de un artista puede ser tan deprimente y patético como mirar el crepúsculo de un enfermo de alzhéimer: ahí está el personaje, convertido en una cáscara o estuche de lo que fue su verdadera magia, echado a perder de manera irreversible.

Más o menos, este espectáculo de decadencia senil es lo que este mes hemos visto con Mario Vargas Llosa. A sus 80 años, tras todo ese tiempo tratando de demoler la sociedad del espectáculo, reaparece con un nuevo libro que todo el mundo dice que es malísimo, con el espaldarazo mediático de Isabel Presyler, y resignado a seguir las directrices comerciales de su fallecida agente, Carmen Ballcels.

¿Resultado?

«Una novela del montón» o «da pereza leer» son algunos de los comentarios que el libro ha recibido. Además, el texto ha sido un desastre en ventas. Como adelantaba El Español, Nielsen arroja la peor venta de sus últimas novelas: apenas 13.000 ejemplares vendidos… de una tirada de 200.000.

Sin duda, un mal libro, unas malas ventas y una serie de apariciones públicas en contra de sus propios principios no parece la mejor forma de rematar la carrera de un premio Nobel. Demasiado tiempo malgastado. 

V.

Un final muy distinto para su carrera es el que eligió Philip Roth, que publicó su último libro, Némesis, hace ya seis años, tras serias y graves dificultades para terminarlo. ¿Y luego? Dice Claudia Roth Pierpont que el autor de El lamento de Portnoy hizo una selección de temas para posibles nuevos libros, si bien ninguno le atrajo de verdad:

«Tenía miedo de caer en una depresión —dice la periodista—, de sufrir si no estaba ocupado, de ser incapaz de lidiar con la vida si no se aplicaba diariamente sus energías a la página escrita. Pero no ocurrió nada de eso. Se quedó absolutamente sorprendido al descubrir que se sentía libre».

Hoy Roth sigue escribiendo, aunque sin intención de publicar nada. También recibe a periodistas cuyo propósito es actualizar su obituario («¡Hasta muerto te caen malas críticas!», bromea), y luego se entretiene con los nietos de otra gente, hace ejercicio o habla al teléfono.

Como artista, ha aceptado que está jugando los minutos de descuento de un partido que ya tiene ganado, y en el que todo lo mejor ya pasó, y aún así parece que lo está disfrutando.

Hay algo bastante admirable en esto.

O como le dijo a Remnick en el año 2000:

«Debo decirle que no creo en la muerte, no vivo el tiempo como algo limitado. Sé que lo es, pero yo no lo siento así. Podría vivir tres horas o treinta años, no lo sé […] Lo único que quieres hacer es lo obvio. Hazlo bien, y el resto es la comedia humana: las evaluaciones, las listas, los artículos de mierda, los insultos y las alabanzas».  

«No creo en la muerte, no vivo el tiempo como algo limitado. Lo único que quieres hacer es lo obvio. Hazlo bien, y el resto es la comedia humana: las evaluaciones, las listas, los artículos de mierda, los insultos y las alabanzas» (Philip Roth)

Títulos mencionados:

Roth desencadenado, de Claudia Roth Pierpont. Traducción de Inga Pellisa. Literatura Random House, 2016.

Reportero, de David Remnick. Traducción de Efrén del Valley Juan Manuel Ibeas. Debate, 2015.

The End of The Tour, de James Ponsoldt. 2015

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