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¿Qué harías tú donde Hitler se suicidó?

Este verano, el búnker de Hitler se reconstruirá dentro del proyecto de un parque temático en Alemania

“Yo me retiro ya, que mañana hay que madrugar: nos levantamos temprano que hay que ir al búnker de Hitler”.

A partir de este verano, alguien podría decir esta frase cerca de Oberhausen, en el oeste de Alemania. Será posible visitar una reconstrucción del búnker berlinés donde el Führer del III Reich pasó sus últimos días, una iniciativa del museo interactivo de espionaje Top Secret. Se da la circunstancia de que el búnker de Hitler compartiría ciudad con el museo Legoland.

Hitler por la mañana, Lego por la tarde

¿Habrá selfies en un entorno que evoca la muerte del gran asesino del siglo XX? ¿Se puede sonreír en un lugar así? ¿Se convertirá en un destino de peregrinación neonazi? ¿Qué planes para comer hay después de salir de ahí?

Si piensas que hablar de hacerse un selfie en el búnker de Hitler es cosa de paranoias de señores mayores, no estás al tanto de alguna de las últimas polémicas en los campos de Majdanek, Treblinka o Auschwitz. Solo en este último se estima que murió más de 1 millón de personas, de las 11 millones de vidas que el Holocausto se llevó por delante.

Si Hannah Arendt, la autora del concepto de “banalidad del mal” (que habla acerca de cómo una persona cualquiera puede cometer los crímenes más atroces sin ser necesariamente algo parecido a un demonio) levantara la cabeza, se daría de frente contra una tapia llamada siglo XXI. Y eso sucedería justo en el momento en el que el movimiento de extrema derecha Pegida crece en Alemania al calor de la última ola de islamofobia.

Sonríe. O no

Hannah Arendt, no mires

¿Difusión política para que la historia no se repita o mera atracción turística? La idea de una reconstrucción del lugar en el que Hitler se suicidó hace 70 años plantea interesantes cuestiones.

Quizá alguien pueda tener la tentación de ir a los extremos. Si lo hacemos, es inevitable naufragar un poco en esas coordenadas. Por un lado, si se trata de pedagogía, no parece que una visita con una conversación de Whatsapp pendiente en nuestra mano (no nos engañemos, esto es así en 2015) vaya a arrojarnos demasiada luz sobre el nazismo.

Por otro lado, no podemos pretender vivir en el siglo XX. Visitar el búnker de Hitler no tiene por qué ser un entretenimiento banal. Pensar eso nos convertiría en una especie de profesor de Historia políticamente correcto, amargado y sobre todo muy fuera de este mundo. ¿Cómo se evita que la solemnidad que en ocasiones conlleva el academicismo histórico no acabe suavizando un genocidio?

Se puede entender cierta curiosidad, humana en el sentido más radical de la palabra, por tratar de desentrañar uno de los periodos más oscuros de la Historia reciente. Pisar ese suelo, respirar ese aire. Aunque sea en reconstrucciones. Son sensaciones, pensamientos también, no siempre verbalizadas porque nos repelen. Pero a la vez nos atraen.

Es innegable que el nazismo ejerce una fascinación que no debe entenderse de ninguna manera como parcial connivencia. Simplemente nos recuerda que los demonios no habitan en infierno ninguno, sino mucho más cerca de todos nosotros.

Quizá hacerse un selfie, o simplemente poder sonreír en el lugar en el que el asesino de 11 millones de personas dejó de matar sea también acabar un poco con él.

Pilla esta idea: 11 millones de selfies. Uno por cada asesinado por el nazismo durante el Holocausto

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