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Historia no oficial del trabajador FELIZ

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¿Por qué fracasar nos cuesta tan caro?

eudald espluga

21 Enero 2014 10:20

El mundo laboral se ha transformado brutalmente. Ya no basta con ceder nuestra fuerza de trabajo a cambio de una remuneración económica: ahora nuestra ocupación define lo que somos. La vocación es el altar al que rendimos culto, y la pasión el único lenguaje que el capitalista entiende. En algún momento trabajar dejó de ser un mal necesario para convertirse en una meta vital. Y es que hemos intimado tanto en nuestra relación con el empresariado que la posibilidad de amarnos a nosotros mismos ha pasado a depender del hecho de que podamos amar lo que hacemos. Al hilo de este nuevo panorama, Miya Tokumitsu ha publicado un brillante artículo en la revista Jacobin, donde analiza el doble mantra que ha conquistado el imaginario de los trabajadores del mundo occidental: «haz lo que amas»; «ama lo que haces».

La partida está amañada

Historia no oficial del trabajador FELIZ

Esta visión del mundo que entraña disfraza el elitismo sociocultural con los vistosos ropajes del automejoramiento: ya no trabajamos por una compensación; lo hacemos por amor. Currar hasta el agotamiento es nuestra peculiar forma de escalar en la pirámide de Maslow.

Por eso, la retórica del trabajador feliz es en realidad una ideología invasiva que esconde una realidad muy oscura, pues para que algunos puedan implicarse emocionalmente en su labor, otros muchos tienen que realizar tareas mecánicas, repetitivas y socialmente infravaloradas. El mundo laboral queda dividido entre aquellos que trabajan a despecho, labrando su propia infelicidad, y aquellos que bordan su faena con los hilos del placer.

La percepción final es que la partida esta amañada: la ideología del 'haz lo que amas' no es accesible a todo el mundo. No podré amar mi profesión de publicista creativo si mis padres no pueden pagarme la Universidad. Y por mucho que Freud regalara a la humanidad una vida interior, no todo el mundo puede pagarse un loft de diseño.

Es la vida que TÚ has elegido

Historia no oficial del trabajador FELIZ

Sin embargo, el mito del trabajador feliz no sólo humilla a quienes no pueden apasionarse con su trabajo. Esta "ideología anti-trabajo", como la cualifica Tokomitsu, también tiene efectos terribles en aquellos que sí la profesan.

Si eres un apasionado de la filosofía de Wittgenstein, y te pones palote cada vez que descubres un artículo del tipo "profesor ruso aprovecha el alfabeto cirílico para redimensionar algunos aspectos del punto 5.6 del Tractatus Logico-philosophicus", es normal que no te importe lo poco que te paga la Universidad para ejercer de profesor adjunto. Igualmente te pasarás noches enteras subrayando montones de libros. Esa es tu vida.

La lógica del 'ama lo que haces' eleva este modelo a patrón universal. Ya en los sesenta se hizo célebre un estudio de Elton Mayo por el cual los trabajadores eran más productivos si se encontraban en un ambiente de confort emocional. Desde entonces, los gurús del management no han hecho otra cosa que fomentar un tipo de pensamiento que hace que el trabajador se implique sentimentalmente con su cometido.

Para transformar el trabajo en desarrollo personal, el credo de la flexibilidad ha jugado un papel importante: los pares casa/faena o público/privado ya no tienen sentido. Llevamos el correo electrónico pegado al cuerpo, y cuando procrastinamos en Facebook debemos ser nuestro propio community manager. Somos empresarios de nosotros mismos en todo momento, ya sea para gestionar un paquete de acciones a la baja o nuestras contradictorias emociones.

Es precisamente en el momento en que nuestra vida se convierte en nuestro trabajo, cuando la responsabilidad de todo lo que nos pasa empieza a recaer sobre nuestros hombros. Tu felicidad depende de que realices una buena gestión de los recursos: como nos recuerda constantemente la autoayuda, la Buena Suerte sólo depende de nosotros.

En consecuencia, el trabajador se ve obligado a jugarse su autoestima en cada jornada laboral, y los fracasos profesionales se transforman en derrotas personales. ¿Falta de pasión? ¿No se es lo bastante bueno? ¿No se trabaja lo suficiente?

El resultado final es que si no puedes acceder a la clase de los emocionalmente competentes, o si perteneces a ella pero eres incapaz de cosechar un éxito tras otro, la infelicidad es la respuesta natural a todos tus problemas. Ante ello no hay sindicato que valga, ni esfera íntima en que refugiarnos. No debe extrañarnos entonces que ante tanta presión, los sujetos se vuelvan súperproductivos: no ya por lo mucho que amen lo que hacen, sino porque fracasar siempre cuesta muy caro.

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