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Hipsters, ¿la demonización de la clase NO trabajadora?

Es un tópico decir que lo hipster aviva inclinaciones sexistas, racistas o conservadoras, aunque paralelamente las tendencias no dejan de mostrar su interés por la política. ¿Quién se equivoca?

01. Recientemente, el escritor español Isaac Rosa animaba a los jóvenes a abandonar los visionados de "cine indepe" y "telecomedias". Se trata de un recurso retórico que en los últimos años ha ido cogiendo cada vez más fuerza: aludir a una presunta juventud completamente alelada y ajena a los problemas del mundo. Por supuesto, hablamos de hipsters. En otro artículo, Begoña Gómez Urzáiz lo resumía así: "a la subcultura de la modernidad y el indie se les culpa de casi todo: del derrumbe de la industria automovilística (ni el hipster ni el millenial aspiran a tener coche), de los #filtros, de los #nofiltros, de que una foto de Instagram tenga más de siete hashtags, de la destrucción del tejido comercial de los barrios céntricos (si busca allí una tote bag de algodón orgánico, está de suerte. Ahora, como quiera copiar una llave o comprar una alcachofa de ducha…), del neosexismo, el neorracismo y unas cuantas plagas bíblicas más". Lo más inquietante es que el paroxismo de las acusaciones recuerda al mismo ejercicio de caricaturización que siempre ha definido a la derecha. Uno no puede evitar recordar la imagen de Intereconomía diciendo que el 15M huele a porro.

2. 'Chavs, la demonización de la clase obrera', tuvo un impacto brutal en nuestra sociedad: Owen Jones, el brillante ensayista británico que firmaba el libro, consiguió que todos nos interrogásemos sobre nuestros prejuicios hacia lo que despectivamente llamábamos chonis. Su lectura consiguió que las bromas a costa de la clase trabajadora fuesen tan políticamente incorrectas como reírse de un negro o de un inválido. El gran acierto de Jones fue acabar con un mito. Y para hacerlo sólo tuvo que poner cara al prejuicio: detrás de los chonis, había personas. No caricaturas. Ciertas acusaciones (sexistas, racistas...) a la caricatura del indie llevan a pensar que detrás de todo asistente al Primavera Sound hay un Charles Manson en potencia, en lugar de otro precario más que busca un poco de distracción.

3. Femen fue uno de los nombres más sonados en 2013. Con una implacable síntesis de política, espectáculo y... ¡tetas!, la agrupación convirtió el feminismo en trending topic: ningún medio parecía dispuesto a dejar escapar las actuaciones del grupo, y sus golpes se convirtieron en temas de conversación junto a la máquina del café. Sin embargo, las críticas por la izquierda no tardaron en aparecer. ¿Era necesario tener un cuerpo modélico para formar parte de la lucha feminista?, ¿dejaban a un lado identidades que también precisaban reivindicaciones, como las musulmanas? En cualquier caso, la polarización del debate entre el feminismo cool de Femen y el feminismo a la izquierda de Femen (donde surgieron interesantísimas iniciativas como #sobaquember o #StopGordofobia) hizo que todo el mundo se pusiera a discutir sobre el papel de la mujer hoy. Y ya se sabe que en la lucha política, los fines pueden justificar los medios.

4. Muy parecido es el caso de las Pussy Riot. De ellas podrá decirse que los medios occidentales y estadounidenses se hicieron un eco instrumental, utilizándolas como escudo con que agredir a la Rusia de Putin. Recientemente lo contemplábamos en Time: como Femen, su imán pop no escapó a nadie. Por supuesto, que las Pussy Riot se desplieguen como ejemplo ético, estético y político no es una opción mala. Incluso a pesar de su fotogenia.

5. Diesel acaba de lanzar una campaña publicitaria protagonizada por Jillian Mercado, la editora de moda afectada por una enfermedad que le obliga a moverse en silla de ruedas. Tras llevar a su portada a la modelo Lupita Nyong'o, Dazed & Confused también ha lanzado el hashtag #GirlsRuleTheWorld. Mientras en España el feminismo discutía la pertinencia o no del vello en las axilas, American Apparel llevó a sus escaparates maniquís con vello púbico que desafiaban las convenciones. En ' Global Gay', el ensayista francés Frédéric Martel comentaba que Abercrombie & Fitch recurrió a una estética gay como caballo de troya con que conquistar todo el mercado masculino. Este mes también veíamos cómo el Islam aparecía reinterpretado bajo una envoltura de modernidad radical. Y frente al mito de la Lolita, Tavi Gevinson, uno de los cerebros más espléndidos de su generación, ha reivindicado un modelo de adolescente intelectual, autónoma y poderosa... Desmentir las consecuencias políticas de todos estos embajadores de la modernidad parece imprudente. ¿Habremos errado entonces al plantear como caminos paralelos la política y las tendencias? Puede que este sea el momento de hacerse la pregunta.

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