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"Cada célula de mi cuerpo preferiría ser llamada 'gorda' antes que 'grande'"

'Gordo' no es una mala palabra y otras lecciones de Lindy West, la escritora que se encaró con los ideales de belleza

Noventa-sesenta-noventa, pelo largo que brille como si estuvieras en un comercial de Revlon, abdominales como una tabla. Sexy como una modelo de  Victoria’s Secret, delicada como Audrey Hepburn. Ese ideal de belleza se mete en la cabeza de las mujeres como un cáncer que las predestina a pasar buena parte de sus vidas persiguiendo una imagen que no admite imperfecciones. Y si no entras en ese parámetro no eres nadie, no eres mujer, eres una cosa que está en el mundo, como una mesa o una silla, asexuado, no deseado.

La escritora feminista norteamericana  Lindy West tenía dos opciones:  vivir sumida en absoluta autocompasión o reivindicar su existencia.  Se hartó de la primera y, con su primer libro, una colección de memorias llamada Shrill: notes from a loud woman, West desafía un ideal de belleza inalcanzable que solo perjudica la autoestima de las personas.

Lo que lees a continuación son fragmentos de ese libro, extraídos de un capítulo estrenado recientemente en las páginas de The Guardian.

“Siempre he sido una persona grande. En los meses después de que nací, el doctor estaba tan preocupado por la circunferencia de mi cabeza que insistió que mis padres me llevaran una y otra vez a ser pesada y medida y comparada con los bebés 'normales'. Mi cabeza era descomunal, dijo el doctor. La ciencia, literalmente, no había producido una tabla lo suficientemente grande para mi cabeza monstruosa. 'Descomunal' se volvió una broma familiar con los años —yo siempre la desviaba, argumentando que era por mi enorme cerebro— pero absorbí el mensaje. Era demasiado grande, desde el nacimiento. Anormalmente grande. Grande como una anomalía médica. Descomunalmente grande”.

“Hay personas con tamaño de persona, y después estoy yo. Así que, ¿qué haces cuando eres demasiado grande, en un mundo donde la grandeza no solo es estéticamente objetable, sino también un error moral? Te doblas como origami, tratas de hacerte más pequeño de otra forma, ocupas menos espacio con tu personalidad, ya que no puedes hacerlo con tu cuerpo. Haces dieta. Pasas hambre, corres hasta que sientes el sabor de la sangre en tu garganta, cuentas tus almendras, tratas de recomprar de nuevo tu humanidad con gramos de carne (...) Me volví buena en ser pequeña; socialmente, si no físicamente”.

“No me gusta el eufemismo 'grande', tal vez porque es el más usado por las personas que tienen buenas intenciones y me quieren y no me quieren lastimar. Pero no quiero que ellos eviten la realidad de mi cuerpo. No quiero que se sientan incómodos con su tamaño y forma, que apoyen implícitamente la idea de que la gordura es vergonzosa, fingir que soy algo que no soy como deferencia a un sistema que me odia. No quiero que dulcifiquen, como si fuera algo salvaje y alarmante. No quiero que crean que necesito un eufemismo en lo absoluto”.

“Grande es una palabra que usamos para engatusar a los niños. Que te lo apliquen a ti como adulto es un recordatorio sutil de lo que la gente piensa, de la forma en que infantilizamos y desexualizamos a las personas gordas. Los gordos son bebés inocentes esclavizados por su propia gula. Los gordos no saben lo que les conviene. Los gordos deben ser guiados como niños (…) Cada célula en mi cuerpo preferiría ser 'gorda' antes que 'grande'”.  

“Mientras que, imperceptiblemente, me convertía en adulta –14, 15, 16, 17 años– vi cómo mis amigas se alongaban y se arqueaban para convertirse en cosas exquisitas. Yo esperé. Seguí siendo un muñón. No estaba celosa, exactamente; las quería, pero me sentía engañada (…)  Solo tenemos un par de años para ser perfectos. Ser joven y suave y decorativa y coleccionable. Eso fue lo que me vendieron. Estaba perdiendo mi ventana de oportunidad, la podía sentir tirando de mi ombligo (el ombligo que odiaba y que escondía obsesivamente) (…) Lo perdí. Fallé. No era una mujer. Solo tienes una vida. Yo la perdí”.

“La fijación monomaniática de la sociedad con respecto a la delgadez de las mujeres no es una abstracción distante, algo que destripan los académicos en las clases de estudios de género o que es usado para generar tráfico en artículos-lista superficiales sobre positividad corporal. Es una mancha constante que distorsiona la vida de las mujeres. Y, por extensión, está en el fluido amniótico de cada cambio cultural significativo”.

 “Las mujeres importan. Son la mitad de la población. Cuando crías a las mujeres para creer que somos insignificantes, que estamos rotas o enfermas, que la única cura es matarse de hambre y restringirse y volverse pequeña; cuando las enfrentas, las mantienes encadenadas por el hambre y la vergüenza, obsesionándonos por nuestros defectos, en vez de por nuestro poder y potencial; cuando utilizas todo eso para sacarnos el dinero y nuestro tiempo - eso mueve el timón del mundo”.

“Vi a mis amigas volverse hermosas (…) pero también las vi matándose de hambre y lastimándose, perdiéndose y hundiéndose (…) La verdadera estafa es que ser flaca tampoco es suficiente. El juego es fraudulento. No existe la perfección”.

 “Si quieres ser una parte de esta comunidad que amas, me di cuenta de que debes participar, con una sonrisa, en tu propia desintegración. Tienes que tragar la idea, cada día, de que tú eres un ser secundario cuyo valor está medido por un estándar arbitrario e imposible, impuesto por hombres”.

“Cuando tenía 22 años y todo lo que quería hacer era encajar, ese rechazo era devastador y desesperanzador y solitario. Años después, cuando finalmente estaba lista para sobresalir, la idea de que el mainstream no me quería era liberadora y emocionante. Me dio una razón para luchar. Me enseñó que las mujeres son un ejército”.

 “El 'cuerpo perfecto' es una mentira. Creí en él por mucho tiempo, y dejé que diera forma a mi vida y la redujera; mi vida, hecha de mi cuerpo real. No dejes que la ficción te diga qué hacer”.

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