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El GIF más caro que puedas imaginar

¿Está transformando el nuevo arte digital el mercado artístico?

Si sueles echar horas en el mundo online (y siendo lector de Playground es más que probable que lo hagas) serás seguro consciente de la invasión que el formato GIF lleva tiempo perpetrando en nuestros servidores y retinas. Esas pequeñas animaciones utilizadas muchas veces como herramienta humorística (junto a textos, fotos u otros objetos) pero que también aspiran en ocasiones a la excelencia estética o son utilizados como herramienta de reflexión. Basta con pasar un rato por plataformas como Tumblr o Buzzfeed para darse cuenta de la evidencia: están por todas partes, tanto que la división canadiense del Oxford English Dictionary declaró GIF como “palabra del año 2012”.

El GIF, de todos modos, es sólo la punta de un iceberg, el de las nuevas formas de expresión digital (net art, webvideos, arte generativo, escultura digital y un largo etcétera) que llevan tiempo dando muestras de vigor, llevando una existencia más o menos subterránea, pero que parecen querer salir de su gueto más allá de las fronteras de la pantalla del portátil y reivindicarse como arte con mayúsculas. Están en su derecho, como representación de quien vive y crea hoy, con las herramientas y la lógica de hoy. Al fin y al cabo, las estéticas existen junto a una ética o una cierta manera de percibir lo que es real, no surgen de la nada. Lo que quiere decir es que, donde pixel veas, probablemente habrá fuego. O mejor, para entendernos, que el hecho de que Daniel Lopatin, Huerco S., William Basinski, Tim Hecker y otros artistas de la repetición y el microsampleo estén hoy día tan en boga se debe entre otras cosas a que algo de su hipnosis mántrica (muy similar a la del GIF) y de sus echuras digitales conecta fuerte con nuestra manera (centrípeta, solipsista, intervenida tecnológicamente) de estar en el mundo actual.

Y a pesar de que el camp digital de artistas como Cory Archangel sea más que reconocido o que hoy el MOMA sea casa de 14 videojuegos (expuestos como piezas de museo, no para jugar, se entiende), un escollo se alza, sin embargo, frente a estas aproximaciones artísticas. Mejor dicho, dos, aunque relacionados: uno, su condición de advenedizo, dos, su radical inmaterialidad.

Los organizadores de Paddles ON, exposición y subasta que tuvo lugar recientemente en la prestigiosa casa Phillips de Nueva York, y en la que se dieron cita GIFs, videos de webcam, líneas de código, páginas web y unas cuantas esculturas, pretendían pues despejar dudas en torno a ambos aspectos, no sólo por una cuestión de prestigio, sino también de puro y duro mercado. En palabras de Annie Werner, empleada de Tumblr y co-organizadora del evento: “Hemos oído tantas veces la pregunta ‘¿Podemos vender arte digital?’ que parecía ser un buen momento para averiguarlo”.

La primera de las desventajas que mencionábamos, la de nuevo chico en el barrio, la de ser un arte practicado por jovenes de pelos verdes (también por cualquier otro tipo de joven, se me entienda la hipérbole) es un problema relativo en la medida de que no acaba de casar con las maneras tradicionales del mercado de subastas ni con el habitual perfil de sus protagonistas. Tampoco con las estéticas y herramientas y lógicas, radicalmente actuales, a las que estos artistas (y su audiencia) están acostumbrados. La segunda obedece más a la ostentación que suele acompañar la compra de arte: uno puede colgar un cuadro en su salón y enseñarlo a las visitas, pero ¿qué hace uno con un video de YouTube de 24 segundos? La inmaterialidad de estas nuevas formas suele ser bastante extrema incluso si lo comparamos con el video-arte más común, el cual muchas veces se vende a modo de escultura, es decir, considerando la misma pantalla en la que se proyecta como parte de la obra. ¿Cómo vendes un video de YouTube, una web, o una grabación de tu webcam (como las 8 horas de lectura de inbox que se marca Molly Soda en una de las obras de la exposición)?

La respuesta sin embargo, se demostró relativamente sencilla. Muchas de las obras de la exposición se vendieron, y si bien es cierto que a un precio muy inferior al de, por decir algo, una pintura o una foto de algún autor reconocido (de nuevo objeto físico, de nuevo coordenadas habituales), los nada desdeñables 11.000 dólares que se pagaron por “A loop taken from Americans!”, una pieza de software customizado por Casey Reas (que tiene el aspecto de una parrilla de colores y píxels animados no apta para epilépticos; puedes ver la pieza tras estas líneas) o incluso los 3.500 dólares que alcanzó el “Inbox Full” de Soda pueden ser una muestra de que, efectivamente, hay un lugar o una brecha para que estos formatos vayan consolidando su posición. Y es que, como afirmaba uno de los asistentes a la subasta, el marchante Ezra Chowaiki, quien suele lidiar con Picassos o Monets pero que en esta ocasión compró tres obras de Clement Valla basadas en fotos de Google Maps: “No estoy comprando decoraciones de pared, estoy comprando arte”.

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