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Esto es un cuerpo caliente, esto es la piel que arde

El fotógrafo Hermann Fösterling juega entre lo erótico y lo doloroso de los cuerpos femeninos

Mirad, esto es un cuerpo. Esto es un amasijo de carne, de piel, de rubísimo vello erizado ante el frío contacto de la bañera llena de leche. Esto es una montaña de poros, y una cascada de sudores que excitan, y puede que una herida abierta en cuyo interior todas las fiestas se celebran silenciosas. Esto, también, es la casa húmeda de nuestros huesos. Porque un cuerpo no es otra cosa que un edificio por el que los ascensores suben y bajan transportando sangre ardiente. 

No importa el dolor. No importa el calor. No importa que la sangre brote porque un cuerpo es capaz de resistirlo todo. Y por eso hay fotógrafos como Hermann Försterling, que deciden empapar y empaparse. Que deciden contorsionar lo erótico y desnutrir cada deseo.

Sus cuerpos, aquí, son como piezas de puzles que laten, a los que él tiene que encontrar un sentido y un lugar en el mundo. Con una suavidad casi apabullante, Försteling consigue que todo el dolor devenga amor.

Porque mirad, esto es un cuerpo. Esto es una mentira. Esto es una obra que nos penetra en la mirada, despacio, contagiándonos su belleza.

Bienvenidos a la delgada línea que se para la dulzura del dolor.

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