Actualidad

Cuando los marginados desafiaron el Madrid pijo de Esperanza Aguirre

El libro 'Firmas, muros y botes' recoge la historial social del graffiti autóctono

Del nacimiento como expresión cultural urbana y underground al declive de esa llama, hablar de la historia del graffiti en Madrid es hacerlo de Nueva York y The Warriors, del Metro y el abono-transporte, de las guerras culturales contra los pijos o de una Esperanza Aguirre todavía en proceso de convertirse en una caricatura casposa de Margaret Thatcher.

El investigador y doctor en Historia del Arte Fernando Figueroa y el documentalista gráfico Felipe Gálvez se han lanzado en el libro Firmas, muros y botes a una tarea apasionante: la narración de la historia social del graffiti autóctono. La historia no oficial. Es decir: la real. Hablamos con ellos.

Nacimiento y colectividad

¿Cómo y cuándo nacen las primeras firmas en Madrid? ¿Es la primera zona de España en la que comienza a firmarse en la calle? ¿A partir de cuándo se empieza a hablar de graffiti?

Felipe Gálvez: Muelle empezó a firmar en su barrio, Campamento, alrededor de 1982. Las primeras firmas nacen en esa zona por imitación a lo que él hacía. De todas maneras, determinar quién fue el primero en dejar su nombre en una pared es imposible, por no existir documentación gráfica que lo avale. Si fue la primera zona en España donde se inició ese fenómeno, tampoco lo sabemos, ya que nuestro libro trata exclusivamente de Madrid. Seguramente sea Muelle el primero en mover su firma por toda la ciudad. Uno de los primeros artículos que hablaron sobre el graffiti fue uno aparecido en ABC en 1976, ilustrado con un vagón pintado del metro de Nueva York. También se vio en España en la película de The Warriors, estrenada en 1979, o incluso en Fiebre del sábado noche, de 1978. Y performances en el que ya se sabía que existía “algo” llamado graffiti, la primera la realizó el escritor JuanManuel en 1977.

¿Por qué se empieza a hablar de graffiti?

Gálvez: Porque el graffiti molesta al ciudadano, éste no lo entiende y pregunta qué es y por qué se hace. Y, sobre todo, pide una solución para eliminarlo.

Se suele pensar que es en los barrios y ciudades dormitorio del sur de Madrid donde primero se dejan ver las pintadas.

Figueroa: Es cierto que el graffiti que trataba de evocar o reproducir el graffiti neoyorquino tuvo en Móstoles, Alcorcón y otros municipios de la corona metropolitana su primera y principal punta de lanza, pero tanto el getting-up de firmas como la elaboración de grosores y piezas se fue sucediendo paralelamente en diferentes puntos, con más o menos fortuna y calidad. Los barrios del sur de la capital como Campamento o Aluche fueron los que eclosionaron, teniendo cierto empuje la zona norte y otros barrios como Vallecas, pero en cada barrio hubo pioneros. Fue fundamental el desarrollo de la red de transporte público para que el fenómeno tomase la virulencia que tuvo.

El nacimiento y crecimiento del grafiti en España, ¿tiene relación directa con la subcultura punk o rock? Desde luego, es anterior a los primeros pasos del hip hop y, si no me equivoco, el legendario Muelle tocaba la batería en grupos punk…

Figueroa: Sí, como en otros puntos de Europa y América. El Writing de Nueva York tiene en su sustrato la influencia del rock y del punk, en su mensaje de rebeldía juvenil y generacional. Es un proceso en el que cada década va aportando y sumando su peculiar conjunto de influencias, incluido el papel que desempeñan los medios de comunicación. El graffiti y la música comparten un espíritu vitalista que busca expresarse rompiendo cualquier clase de barrera que coarte su libertad. Desde antes de Pink Floyd hasta hoy, los muros son el máximo símbolo de la represión. Si no se derriban, se pintan.

La edad de oro de los escritores callejeros

Bleck La Rata, Muelle, Tifón (el hoy actor Daniel Guzmán), Alien, Glub, Toro, Juan Manuel, Remebe…  ¿Qué firmas comienzan a destacar? ¿Cuáles son los códigos compartidos entre graffiteros?

Gálvez: Esos nombres serían los principales en Madrid capital, pero no hay que olvidar que otras localidades como Parla, Alcorcón, Móstoles o Fuenlabrada, por decir algunas, también tenían sus pioneros que destacaban. Los códigos compartidos entre escritores suelen ser variados, pero si nos ceñimos al graffiti “autóctono” básicamente son los que propugnaba Muelle con sus pintadas. Él creó un código de maneras de hacer graffiti sin molestar. Los que salieron después que él respetaban los mismos lugares y lo hacían de manera que la firma resultase decorativa y no generase un gasto.

Supongo que estamos en algún momento a mediados de los ochenta ahora mismo. ¿Se puede hablar ya de comunidad en torno al graffiti?

Gálvez: Sin duda, sí. Aunque había pocos que lo hacían, sí existían ya contactos entre ellos, sobre todo entre escritores de Madrid con Barcelona y con Alicante. Incluso, entre la gente que pintaba se dejaban mensajes en los carteles de metro para quedar y conocerse.

¿Cuándo y por qué explota definitivamente el grafiti?

Gálvez: Creemos que la explosión sucede a finales de 1989 y principios de 1990, con la publicación de discos como el Rap In Madrid y el Madrid Hip Hop, que tenían graffiti en sus portadas y contribuyeron a que “pintar” se pusiera de moda. Con esos discos el graffiti pasó de ser algo underground a ser expuesto a todo el mundo. Muchos jóvenes descubrieron el graffiti así y se apuntaron al carro de pintar la ciudad. Los medios lo difundieron a través de reportajes. Poco después se puso el rap de moda (quién no se acuerda de MC Hammer o de Vanilla Ice) y la explosión graffiti-rap-baile fue descomunal.

"Los escritores bombardean las paredes, les da igual lo que digan las leyes" 

Criminalización y represión

Al principio las autoridades (policía y vigilantes privados, principalmente) estarían a contrapié. ¿Se pintaba en el metro y en los trenes?

Gálvez: Sí, y mucho. Del 89 al 91 casi todos los carteles tenían firmas a rebosar. La mayoría de los metros iban “bombardeados” por dentro. Muchos circulaban pintados, sobre todo en las líneas 5, 6 y 10. Como no había una normativa bien definida sobre el tema, las actuaciones de la autoridad podían ser variadas: desde pasar del tema y dejar pintar, sancionar con una multa irrisoria, o incluso, hacer borrar in situ las pintadas realizadas. Hoy existe en el código penal el “deslucimiento de bienes públicos” con sanciones que pueden llegar a los 6.000 euros, según se realicen o no en bienes de valor histórico, cultural, monumental, o se consideren no ya no deslucimiento, sino daños.

En cierto momento, las firmas comienzan a llegar progresivamente a las calles más céntricas de Madrid, a barrios más acomodados. ¿Es en este momento en el que las autoridades deciden afrontar el graffiti como un ataque incívico en lugar de como manifestación cultural?

Figueroa: Era evidente que causaría una reacción el ver graffiti por el centro de la ciudad y en el casco histórico. El graffiti se había visto como algo propio de los suburbios, obra de gente de mal vivir o gamberra, y su contemplación pública no dejaba de considerarlo un estigma. Durante la Transición, Madrid sufrió un torbellino de pintadas de todo signo y en todos sus barrios, según su adscripción ideológica. De este modo, se equiparó ausencia de graffiti a retorno a la normalidad y a armonía. Las autoridades se tomaron su control y represión más en serio. Se acaba expulsando el mejor graffiti hacia los extrarradios, salvo aquello que pasa a integrarse como arte público.

La represión hacia el graffiti por parte de las autoridades estuviera influenciada por la que se ejercía en Nueva York desde hacía tiempo. ¿En qué consistía esta y por qué se adoptó?

Figueroa: Básicamente en medios de disuasión y control, además del incremento en el castigo. Todo ha ido en una escala que podría calificarse de desproporcionada, desde los tiempos de la reprimenda y el bórralo hasta la sanción con contundentes multas o prisión. Todo se ha incrementado, desde el ritmo de producción del graffiti hasta los gastos en vigilancia y limpieza.

¿Cómo y cuándo salta la alarma mediática ante el graffiti? Si lo pensamos, que las firmas estuvieran reproducidas en prensa o televisión, tiene la doble vertiente por un lado de mayor represión policial y por otro de escaparate y notoriedad para sus autores, ¿no?

Gálvez: A partir de 1990, debido a la cantidad de firmas que abundaban tanto por la calle como por el metro los medios se hicieron eco del fenómeno. Pintar se puso de moda y muchos se lanzaron a pintar en todas partes, sin respetar nada ni a nadie. Esa masificación transformó la imagen inicial romántica y pueril del graffiti en algo sucio y vandálico que había que erradicar. Todos los escritores de graffiti tiene mucho ego, y el hecho de que alguna de sus acciones aparezca en prensa o televisión siempre es un motivo para su satisfacción y orgullo. Pero de ahí a que salgan dando la cara en televisión o en exhibiciones es distinto; la mayoría se niegan precisamente por no ser reconocidos y localizados. El escritor quiere ser reconocido por su obra, pero no que le reconozcan.

Estamos hablando de un momento en el que Esperanza Aguirre era la concejala de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Madrid, ¿no es así?

Figueroa: Por supuesto. Hizo todo lo posible para demostrar que era digna de esa concejalía. Ella fue la que introdujo los modernos sistemas de limpieza del AntiGraffiti System en Madrid e inició la política represiva en la capital, estableciendo un precedente que irían asumiendo otras localidades de la Comunidad de Madrid. Aquello impulsó la “vandalización” del graffiti y el electoralismo y negocio de su represión.

Hay un momento impagable de la televisión en España. Es precisamente Aguirre debatiendo sobre grafiti en Antena 3 en el año 1990. Bleck La Rata mantiene que es una expresión de “no futuro”. Acto seguido Aguirre deja caer que graffiti y drogadicción pueden ir de la mano…

Figueroa: Claro, y hasta los siete pecados capitales, pero también ascender en la escala social o frecuentar ciertos círculos sociales o de poder pueden generar las mismas lamentables intersecciones. Existe una estigmatización de todo aquello que se asocia a suburbio, se trata de prejuicios clasistas acerca de la vida de los pobres o el lado salvaje de la cultura. Evidentemente, los yonquis de los barrios-bien acababan todos en los barrios pobres y eso hacía creer a las clases altas que todos ellos eran hijos de pobres, cuando la drogadicción fue un hábito que se fue vulgarizando desde arriba. El graffiti no dejaba de ser cosa de hijos de pobres, de pobres descarriados que se movían por las plazas de las tentaciones. Cierto es que el estar en la calle te acerca a ciertos mundos, pero tú puedes decir no, como clamaba una famosa campaña graffitera antidroga de la FAD. El graffiti sirvió a bastantes como una prevención o una escapatoria a esos mundos infames. El escritor de graffiti buscaba salir de las oscuridades de la urbe mediante su creatividad o espíritu de aventura.

En ese debate, cuando hablan de los graffitis “que molestan”, según Aguirre, Bleck dice que son “los marginados de la sociedad, los que no tienen salida y lanzan a autoafirmarse firmando en las paredes”. Parece una definición tan brutal como certera. ¿Estáis de acuerdo con ella?

Figueroa: En parte sí, no olvidemos el enfoque punk del asunto. La marginalidad cultural es un hecho, el fruto inevitable de nuestro modelo de civilización y nuestro sistema de valores, pero hay marginados que no admiten quedarse parados, anulados, muertos socialmente, quieren ser activos, sentirse vivos e influir en su entorno. A menudo es una de las pocas salidas dignas para aquellos que son marginados en contra de su voluntad. El graffiti no sólo es la voz de una cultura marginal, es algo que hace que los individuos o colectivos que se sirven de él para construirse o reafirmarse se vean marginados por la cultura oficial. Se convierte en bandera y plataforma para soñar con otro mundo mejor, otro sistema social más integrador y participativo.

Muerte y legado

En el libro habláis de cuatro factores clave que motivan el declive del graffiti autóctono madrileño. ¿Cuáles son?

Gálvez: Son el borrado sistemático de las pintadas y grosores por parte de los ayuntamientos, el abandono de la actividad por parte del escritor de graffiti debido a causas como la edad, trabajo, familia o nuevas responsabilidades, la irrupción de nuevas tendencias musicales, consumo de ciertas drogas y la no renovación generacional.

En 1995 fallece Muelle. Hoy, solo una de sus firmas resiste en las calles de Madrid, en Montera. Vosotros sois parte de la reivindicación para que sea considerado Bien de Interés Cultural por parte de la Comunidad de Madrid. ¿En qué punto está esa lucha?

Figueroa: Estancada. Esta reivindicación se inició en 2010, recordado ciertos compromisos políticos que se hicieron con motivo de su muerte. El principal escollo es que no hay acuerdo con los propietarios del inmueble, ya que es una propiedad particular y eso choca con una intervención unilateral por parte de la administración. Nos toca esperar, sufriendo el paulatino e irreversible deterioro de este testimonio de la historia popular de Madrid. Esperemos que el 50 aniversario del nacimiento de Muelle y el 20 aniversario de su muerte nos traigan suerte. Muelle pintaba para que sus firmas durasen, lo del arte efímero no iba con él.

Calle Montera, en Madrid. Única firma de Muelle en la actualidad.

Si los muros no se derriban, al menos se pintan

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar