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El político liberal al que adora Internet… y el FMI

¿Puede que el primer ministro de Canadá y su gobierno no caigan mal a nadie?

Justin Trudeau es un terremoto. En sus primeros 7 meses como primer ministro de Canadá ha conseguido una cosa nada fácil: caerle bien a todo el mundo, desde al ciudadano de a pie a los grandes organismos internacionales que rigen la economía. Trudeau ha pasado de ser un completo desconocido a ganar las elecciones con un 35% de aprobación ciudadana, hasta el 50% que ostenta en la actualidad.

La inclusión de la diversidad en su gabinete ministerial, sus gestos hacia los refugiados sirios o su posicionamiento sin ambajes en temas como el feminismo o el apoyo a los colectivos LGTB le han convertido en un ídolo de masas. Pero su éxito no se debe solo a una personalidad encantadora y a una maquinaria de relaciones públicas aplastante. También se debe a una buena gestión. O al menos eso es lo que afirma una de las publicaciones de referencia de nuestro tiempo: The Economist.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha expresado su "bienvenida" a las políticas económicas de Trudeau. Aunque parezca un reconocimiento tímido, una manifestación así de una de las instituciones internacionales más grises es toda una conquista. El G-20 ha subrayado en un comunicado reciente su admiración por la estimulación al crecimiento económico en Canadá y ha solicitado al resto de países del club a seguir su buen hacer. Economistas de prestigio mundial como el Nobel Paul Krugman han descrito la política económica de Trudeau como "verdaderamente responsable" y hasta el Banco Mundial se ha desecho en elogios con el mandatario.

Las claves de esta buena acogida en las instutuciones más prosaicas de la comunidad internacional se debe a una política económica que ha priorizado el gasto público. Puede sonar contradictorio en tiempos de austeridad, pero resulta que el mundo aplaude a la economía canadiense por endeudarse.

El descenso de los precios del petróleo ha provocado que las exportaciones de Canadá caigan en picado. Para suplir esta falta de ingresos, Trudeau se ha endeudado más, y ha gastado el dinero prestado en revitalizar la economía del país. La conclusión podría resumirse en que, si no hay gasto público, la economía se queda estancada. De esta manera, aunque el país se endeuda, crece económicamente.

La tendencia en los últimos años en los países desarrollados ha sido la contraria: han querido reducir su deuda al máximo posible minimizando el gasto público, mientras confiaban en los bajos tipos de interés para reactivar la economía. Sin embargo, el crecimiento económico de estos países ha sido mínimo. Se trata de un experimento arriesgado. Pero, por el momento, parece que va encaminado en la buena dirección.

[Vía The Economist]

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