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Ego, ansiedad y mucha mucha pasta: de eso está hecho el iPhone

Un extenso artículo en el New York Times relata en profundidad el complejo proceso que precedió a la creación del primer iPhone

En el momento en que leas esto, más de 9 millones de personas habrán comprado las últimas versiones, 5c y 5s, del cacharro que revolucionó la manera de entender la telefonía móvil hace unos pocos años. Hoy el iPhone es un fenómeno de masas y una realidad incontestable, como el paro masivo o el cambio climático o Los Soprano, pero en una fecha tan cercana como 2006, no era más que una quimera dando vueltas en la megalómana y vegana mente del Jefe de Todo Esto, el ya fallecido Steve Jobs.

Jobs y su compañía habían transformado nuestra manera de escuchar música (y de paso la industria musical al completo, hoy no sabemos si para bien o para mal) con el lanzamiento en 2001 de su iPod. De cara al Macworld Trade Show de 2007, una importante convención durante la cual la compañía anunciaba sus lanzamientos a bombo y platillo, Apple necesitaba dar la campanada. No valía cualquier cosa. Jobs lo sabía y estaba dispuesto a darlo todo, a cualquier precio. Era uno de esos proyectos de todo o nada, tan del gusto de las narrativas capitalistas. Una apuesta épica que de tan compleja amenazaba con llevarse la empresa por delante si no salía bien, y cuyos entresijos detalla un reciente y extenso artículo de Fred Vogelstein publicado en The New York Times.

Aunque hoy puedan parecer una minucia, los retos tecnológicos que planteaba el iPhone en aquel momento eran enormes. Un móvil que pudiera conectarse a internet de manera fiable, funcionar como teléfono y como reproductor de música, todo ello a través de una interfaz atractiva típicamente Apple, ya hubiera sido complicado per se. Pero además se pretendía hacerlo funcionar mediante un LCD multitouch. Con los dedos, vaya. Y no sólo con uno, sino con varios a la vez. Sólo el desarrollo de la tecnología táctil de la pantalla supuso meses de trabajo, tal como describe Vogelstein..

Meses que además no fueron fáciles. “Fue muy dramático”, dice en el artículo Andy Grignon, ingeniero senior de la empresa. “Todo el mundo tenía grabado en la cabeza que aquello iba a ser el nuevo pelotazo de Apple. Pon a toda esa gente increíblemente lista con egos enormes en un espacio muy pequeño, con tanta presión encima. Empezarán a pasar cosas locas”. Gran parte de la presión que Grignon menciona derivaba no sólo de las exigencias hi-tech del aparato, sino del hecho de tener que trabajar dentro de un marco temporal escaso. Jobs quería anunciar el iPhone en el MacWorld Trade Show, incluso si después su fabricación tardaba todavía unos meses en completarse. Quería alimentar cuanto antes el deseo por su nueva creación. Y para ello necesitaba un prototipo operativo en mucho menos tiempo del que parecía necesario. Los empleados trabajaban hasta 80 horas semanales bajo el control stalinista de Jobs, que había hecho firmar contratos de confidencialidad a todos los implicados.

Al final, tres prototipos, unos cuantos ingenieros de baja, algún matrimonio roto, muchas sales de fruta y tazas de café y 150 millones de dólares después (en un cálculo estimado por parte de la compañía), el iPhone era una realidad en precario. Cuando Jobs salió al escenario del MacWorld Trade Show con el aparato en la mano, los nervios entre los ingenieros responsables podían olerse en el aire. Nadie estaba seguro de que el maldito cacharro que tantos desvelos les había costado fuera a funcionar correctamente. Cientos de cosas podían salir mal, y de hecho toda la presentación estaba diseñada al milímetro para dar la sensación de que se trataba de un producto sólido y testado, cuando la realidad era que los implicados en su desarrollo, empezando por el mismo Jobs, sabían que el producto, en aquel estadio de desarrollo, aún tenía decenas de fallos que afectaban a casi todas sus funciones básicas. Sus esfuerzos dieron resultado. Todo salió a pedir de boca, y el iPhone pasó a la Historia. Los ríos de whisky que corrieron aquel día por Silicon Valley todavía se recuerdan.

Hoy, con tanto bobo haciendo fotos por la calle con sus iPads (el hijo aventajado nacido de todo ese caos que narra el citado artículo, de recomendable lectura), todas estas cuitas parecen cosa del pasado. Ahora las preocupaciones son otras. La muerte de Jobs en 2011 puso a la compañía en una situación complicada. El tipo estaba loco, de acuerdo. Era uno de esos self-made men obsesionados con la autosuperación y completamente ajeno a las preocupaciones de los demás, por supuesto. Además se pensaba a sí mismo como un visionario tecnológico obviando el hecho de que sin los hackers que decidieron empezar a usar Linux o programar el primer GNU su imperio del software no valdría un carajo. Pero era un líder y un tipo capaz de movilizar los mejores intelectos al servicio de una idea. ¿Hacia dónde irá la compañía ahora que él ya no está? ¿Serán capaces de diseñar otro producto revolucionario con Google y su Android pisándoles los talones? Está todavía por ver si su sucesor Tim Cook está a la altura de las circunstancias. Como dice Volgenstein, habrá que ver si alguien, cualquiera, puede estarlo.

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