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Efectivamente, las Tortugas Ninja son el nuevo Von Trier

¡Cowabunga!

Qué cosa más extraña me sucede últimamente: las Tortugas Ninja me tienen obsesionado desde que anunciaron su reboot. Sin poderlo evitar, como si fuera un pervertido enganchado a la zoofilia, me paso el día buscando noticias sobre la nueva película de las Tortugas Ninja, viendo teasers, previews y artículos sobre ellas, me preocupo por su recaudación, leo las diferentes criticas que aparecen aquí y allá, y naturalmente acabo asqueado, ya que la película parece malísima, pura cacharrería digital para psicópatas ametrallados de centro comercial. Y sin embargo, no puedo parar de sumergirme en todo lo relacionado con ellas, hasta un punto en que no me da vergüenza admitirlo: las Tortugas Ninja me atraen y me repugnan a partes iguales. Ya está, ya lo he dicho. Para colmo, la película ha sido el éxito inesperado del verano en Estados Unidos. Y eso no ha hecho otra cosa que redoblar mi interés por ellas, ese taquillazo súbito ha logrado que me sienta reforzado, que tenga la impresión de que mi intuición era correcta. “Estoy en lo cierto”, me digo. “No estoy chiflado, las Tortugas Ninja esconden algo, un sucio secretillo. Pero, ¿cuál es?”

Pues bien, tras darle muchísimas vueltas, he llegado a varias conclusiones sobre el absurdo resurgir cultural y cinematográfico de las Tortugas Ninjas. Mis teorías sobre su éxito imprevisto son las siguientes y se dividen en tres puntos.

1: En primer lugar, la gente quiere consumir lo que ya ha consumido. Culturalmente somos como bebés , sólo queremos lo que ya hemos consumido. Y el hecho de haber consumido algo en el pasado es lo que le da valor a consumirlo de nuevo.

2: A nivel inconsciente, la gente se siente atraída sexualmente hacia las tortugas asexuadas de apariencia humana. (No tengo pruebas sobre este punto, pero tarde o temprano aparecerán estudios que confirmarán que lo que digo es cierto, o eso espero.)

3: Aun más importante que los dos primeros puntos, las Tortugas Ninja funcionan de una manera muy perversa, como una especie de fábula muy precisa, entre nostálgica y sádica, para treintañeros que siguen varados en su juventud perdida, comportándose como adolescentes, enquistados en el recuerdo de una edad cercana a la pubertad, ávidos de ideas mediocres y grasa cultural sin sentido.

Las Tortugas Ninja aman el peligro y adoran la aventura entre camaradas, comen pizza y escuchan hip hop barato, lo cual constituye en ultimo termino, un canto a la amistad adolescente, previa al sexo, el pago de impuestos y a los compromisos entre adultos. En ese sentido, su unión de elementos ridículos y groseros (la pizza, los nunchakus, los constantes gestos de camaradería vergonzosa, el colorismo estridente, el rap malo, etc.) es sencillamente magistral. Hábilmente, y con toda su mala intención, los responsables de la nueva versión de las Tortugas Ninjas, han cogido a unos personajes de nuestra niñez tardía y primera adolescencia y los han recuperado muchos más feistas, más desagradables (¡hasta les han puesto nariz!), como una imagen metafórica y obscena de toda una generación (la mía) anclada, pausada en su pasado, y deshecha, asfixiada en la nostalgia permanente de la juventud. Y que, para colmo, no tiene futuro profesional. O si lo tiene, se lo debe al apoyo financiero más o menos directo de sus padres, lo cual no hace otra cosa que mantenerte cautivo en tu estado de adolescencia.

Su productor, Michael Bay, es un genio, ya que ha logrado esta metáfora de toda una generación tras construir otra proeza en forma de saga fílmica, la sátira definitiva de la crisis económica a gran escala con Transformers, cuyas películas consisten básicamente en mostrar cantidades ingentes de dinero pegándose, cantidades monstruosas de calderilla chocando entre ellas (fijaos bien, ¡al pegarse los robots hasta hacen el sonido de las monedas al caer!), las películas de Transformers son una buena manera de hacer visible una gran cantidad de dinero vía taquillazo, pero además los Transformers en acción entrechocando todo con todo, a todo trapo, son una buena manera de hacer VISIBLE el dinero en pantalla, lo cual es absolutamente revolucionario en la historia del cine, el dinero ya no está invertido en la película, el dinero está a la vista del espectador, el dinero ES el espectáculo. Han convertido en una película de acción descacharrante uno de esos videos que ponen en las noticias de las fabricas de moneda internacionales, montones enormes de dinero cayendo en cintas transportadoras. Es fascinante.

Michael Bay es indudablemente el creador satírico más en forma del mundo moderno, pero no creo que esto baste para explicar el extraño atractivo de las Tortugas Ninja. Profundicemos un poco más, ¿por qué me atraen y me repugnan de tal modo las Tortugas Ninja? ¿Tendré algún trauma a nivel reprimido que desconozco? ¿Necesitaré quizá cinco años más de psicoanálisis para resolver este conflicto? ¿Puede tener relación con aquel muñeco de Donatello que tuve hasta los 16 años y del que me vi obligado a desprenderme tras perder la virginidad en extrañas circunstancias? Quién sabe. El inconsciente es un océano desconocido e inabarcable. Entretanto, a pocas semanas de su estreno, os invito a hacer este ejercicio cuando vayáis al cine a verla: contemplad toda la película como una sátira turbia de vuestro estado vital presente, si lo haces descubrirás que cada imagen es una parodia de tu lamentable nostalgia adolescente, de tu terror al compromiso, de tu tendencia patológica a aferrarte a una visión distorsionada de una juventud que se escapa de entre tus manos y que a fuerza de retenerla se está degradando y oscureciendo ante tus ojos. Visto así, las Tortugas Ninja te ofrecerá un espectáculo terrible, desolador y grotesco de tu propia psique, una catarsis fílmica más dura que cualquier película de Michael Haneke o de Ingmar Bergman.

Las Tortugas Ninja son ante todo el aquí y ahora más brutal. Representan al momento presente sin mas relación con el porvenir, sólo con el pasado. Las Tortugas Ninja son la prorroga de la adolescencia caducada, el momento presente integro, puro, total, aislado, desconectado. Al verlo proyectado en una pantalla, la primera sensación no es la de evadirte ya, como sucedía cuando tenías catorce años, sino la de revelarte el peor escenario posible, una parodia de épocas anteriores a esta, en las cuales nuestra vida parecía que iba a tener sentido. Y pizza. Ni Richard Linklater, ni Harmony Korine, ni mucho menos Lars von Trier: Sólo las Tortugas Ninja y Michael Bay han logrado encarnar con tal dureza nuestro presente mirando a nuestro pasado íntimo, y probablemente esta sea la verdadera causa de que esas putas tortugas asquerosas y sin carisma ni entidad como personajes de ficción, que deberían haber sido desechadas hace años por su ausencia de relieve icónico, nos atraigan, sigan triunfando (ya se ha anunciado una secuela) y nos sigan fascinando de un modo tan poderoso, pese al evidente rechazo consciente que nos genera reencontranos con ellas.

Las Tortugas Ninja nos seducen porque ponen de manifiesto la enorme estupidez psicológica en la que nos hemos metido tras quince años de malas decisiones, infantilismo tardío y un hedonismo mal entendido. Y ante eso sólo puedo decir: ¡Viva Michael Bay!

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