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La prodigiosa historia de amor que logró que EEUU reconociera el matrimonio homosexual

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La activista Edith Windsor ha fallecido a los 88 años pero su lucha a favor de la comunidad LGTBI quedará para siempre

silvia laboreo

13 Septiembre 2017 13:49

Edith Windsor era tan bajita como grande de espíritu. Armada con un broche circular de diamantes (que llevaba siempre clavado en la solapa) esta mujer rubia lograba en 2013 que el Tribunal Supremo declara inconstitucional la Ley de Defensa del Matrimonio, una legislación retrógrada que definía el matrimonio como solo la unión entre hombre y mujer.

Se plantó ante su país por defender su historia de amor con Thea Spyer. Y también por el cariño que le tenía a la mujer que durante más de 40 años fue su compañera de vida en Nueva York, los Hamptons y donde hiciera falta.

Edith Windsor, la activista lesbiana icono LGTBI en Norteamérica, fallecía ayer a los 88 años, dejando para siempre su ejemplo de luchadora incansable por la igualdad entre las personas.



Los enamoramientos de instituto, el amor de la Universidad y un matrimonio fallido


Edith Schlain nació en 1929, justo al comienzo de la Gran Depresión, en Philadelphia, EEUU. Allí creció con sus dos hermanos y sus padres,  migrantes judíos que habían llegado a Estados Unidos, como tantos otros, a buscarse la vida.

Lectora insaciable y niña lista, desde muy joven supo que había algo en ella que la hacía diferente a su hermana mayor. Sus crushes de instituto no eran los que se suponía que debía tener. Eran chicas.

Pero Eddie ocultó sus sentimientos durante mucho tiempo. “No me imaginaba una vida siendo lesbiana. Quería ser como los demás. Te casas con un hombre que te apoya y ya. Nunca se me ocurrió pensar que tuviera que ganarme la vida y no estudié para ganarme la vida”, recordaba la misma Edith años más tarde en una entrevista para Buzzfeed.



Las ganas de no salirse de la norma llevaron a Edith a comprometerse con el mejor amigo de su hermano, Saul Windsor, justo al poco de comenzar la universidad. Pero fue precisamente allí donde las cosas se torcieron. Se enamoró de una chica.

A pesar de todo se casó con Saul a principios de los 50, un matrimonio que duró muy poco y que terminó con un divorcio en 1951. “Le dije, cariño, te mereces mucho más. Te mereces a alguien que piense que eres la persona más atractiva del mundo y yo necesito algo más”, contaba Windsor a The New York Times.

Esa necesidad de algo más hace que Edith se mude a Nueva York, ciudad en la que esperaba reconciliarse con su propia sexualidad y ser libre de amar a quien quisiera.

Empezó a trabajar en IBM donde su carrera profesional despegó, no así su vida social. Un día, harta, le pidió a sus compañeras que le llevaran “donde van las lesbianas”. Y ese lugar era el West Village.

Allí, una noche en un pequeño bar llamado Portofino, Edith y Thea se conocieron. Y bailaron hasta hacerse agujeros en las medias.



Dos años más tarde, tras compartir bailes en todos los antros y todas las fiestas de West Village, estas dos mujeres comenzaron a salir. Y como tantas otras parejas homosexuales, iniciaron una lucha constante entre sus deseos de vivir su amor abiertamente y el miedo a la discriminación y la homofobia.



Un broche de diamantes y más de cuarenta años de espera


Viajaron mucho. Se compraron dos casas, una en Nueva York y otra en los Hamptons. Allí se comprometieron en 1967. Thea hincó su rodilla en la tierra y le regaló a Edie un código secreto. Un broche de diamantes y no el anillo tradicional de pedida fue el símbolo de ese compromiso que no podía decirse en voz alta.

En esa época, el tabú a declararse homosexual era aún más fuerte que hoy en día. Ser lesbiana y mujer podía ser un obstáculo para sus carreras profesionales.



Además, ni Edith ni Thea se identificaban plenamente con esas “locas” de West Village.

Pero un día, justo al volver de un viaje a Italia, se enteraron de lo que había pasado en Stonewall. La madrugada del 28 de junio de 1969, el Departamento de Policía de Nueva York realizó una redada en el Stonewall Inn, uno de los bares LGTBI que funcionaban en Greenwich Village.  Y por primera vez las personas allí congregadas plantaron cara al sistema que pretendía criminalizar sus vidas. “Hasta ese día, siempre había tenido el sentimiento -sé que era ignorante e injusto - de no querer ser identificada con las queens, contaba en una entrevista en 2011. “Desde ese día tuve una gratitud increíble hacia ellas. Cambiaron mi vida. Cambiaron mi vida para siempre”, remarcó la activista.



A partir de entonces Edith consagró su vida a la defensa de los derechos LGTBI. Windsor y Spyer marcharon en el Orgullo con sus banderas arcoíris, se unieron a varias organizaciones LGTBI y vivieron su vida abiertamente como lesbianas.




Una boda en Canadá y 300.000 dólares en impuestos


Hasta que a Thea le diagnosticaron en 1977 esclerosis múltiple, una enfermedad degenerativa que poco a poco fue destruyéndola por dentro. En 2007 le dijeron a Thea que le quedaba poco de vida y ambas fueron conscientes de que no viviría lo suficiente para casarse en Estados Unidos. Fueron a Canadá, donde el 22 de mayo de 2007 las casó legalmente el juez Harvey Bronwstone, el primer magistrado abiertamente gay del país.

Tan solo 21 meses después de la boda, Thea murió. Y por si no fuera suficiente con hacer frente al duelo por la muerte de su compañera y esposa, Edith tiene que afrontar algo más: más de 300.000 dólares en impuestos por las dos propiedades que tenían en común.

“Si Thea fuera Theo, no habría tenido que pagar esa cifra. Es una injusticia terrible y un error que es necesario corregir”, declaró Edith en esa época.

Así empieza su batalla legal para derribar la ley que solo consideraba como matrimonio la unión entre un hombre y una mujer. "En un nivel profundamente personal, me angustiaba que a los ojos de mi Gobierno, la mujer a la que había amado, cuidado y compartido mi vida con ella no era mi cónyuge legal", así explicaba su decisión la activista.



En diciembre de 2012, el Tribunal Supremo anunció que escucharía su caso. En 2013, ese mismo tribunal  declaró inconstitucional la Ley de Defensa del Matrimonio.

Su historia de amor ya no era algo íntimo, sino el símbolo de una lucha que exigían miles de personas en Estados Unidos. Una lucha que hoy, justo un día después de su muerte, está más viva que nunca.


 


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